El tenista murciano procura proteger su cuerpo con suma cautela. En contraste, está el caso de Rafa Nadal, quien llevó su cuerpo al límite durante toda su carrera, jugando años con un dolor intenso.
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París se despertará este mayo bajo un sol inusual, uno que no alumbrará al gran favorito. La noticia, confirmada tras días de silencio y exámenes médicos, ha sacudido el entorno del circuito: Carlos Alcaraz no defenderá su título en Roland Garros.
El murciano, que en los últimos años ha dominado la tierra batida con una autoridad aplastante, ha tenido que rendirse ante un enemigo invisible pero implacable: su propia muñeca derecha. Aun así, el problema no se limita a la capital francesa. Debido a que el intervalo entre el Grand Slam francés y el Wimbledon es de apenas un mes, nadie se aventura a asegurar la participación del murciano en el All England Club.
Esta ausencia no es una simple baja más. Representa la confirmación de que el tenis total de Alcaraz ha encontrado su primer gran límite físico. La decisión de renunciar a la Copa de los Mosqueteros va más allá de un acto preventivo; es una maniobra clave para su supervivencia deportiva.
En un deporte donde la inmediatez devora a los campeones, Alcaraz ha optado por hacer una pausa para evaluar lo que está en juego: el riesgo de pasar de ser una promesa legendaria a convertirse en una estadística más entre los «juguetes rotos» del tenis.
Dos precedentes alarmantes
Para dimensionar la gravedad del caso, basta con examinar los gráficos que cuelgan como advertencias en cualquier centro de alto rendimiento. El caso de Juan Martín del Potro es probablemente el ejemplo más ilustrativo del siglo XXI.
El argentino, quien en 2009 parecía destinado a romper la hegemonía del Big Three tras ganar el US Open, vio cómo su carrera se convirtió en un constante «quiero y no puedo» debido a los problemas en sus articulaciones.

Los datos resultan demoledores. Tras alcanzar la cima, la temporada 2010 marcó el inicio de su sufrimiento: disputó solo 6 partidos en todo ese año. Como consecuencia, su ranking descendió del Top 5 al puesto 258 en cuestión de meses.
La trayectoria de «La Torre de Tandil» se parece a una montaña rusa de frustraciones: regresos heroicos al Top 5 (como en 2013 y 2018) seguidos por caídas profundas, llegando a situarse en el puesto 590 en 2015.
Juan Martín del Potro, en Wimbledon. Reuters
La muñeca no solo le arrebató títulos; le quitó la continuidad, forzándolo a cambiar su técnica de revés y a convivir con el miedo en cada golpe. Alcaraz, cuyo juego se fundamenta en una aceleración de brazo que desafía las normas físicas, observa ese espejo con temor. Una muñeca mal sanada no implica solo dolor, sino también una pérdida absoluta de confianza en el disparo.
Un caso más reciente y preocupante es el «efecto acantilado» que sufrió Dominic Thiem, un jugador con una fisonomía y estilo de potencia similares a los de Alcaraz. El austríaco, que alcanzó su máximo con el puesto número 3 del mundo en 2020, entró en una espiral negativa a partir de su lesión de muñeca en junio de 2021.

Las estadísticas de Thiem reflejan un naufragio deportivo: pasó del puesto 15 en 2021 a una caída libre que lo situó en el 1074 en 2025, con 0 partidos disputados en la última temporada antes de anunciar su retirada.
La muñeca le arrebató el golpe que dominaba, esa capacidad para desbordar y ganar encuentros. Cuando el «latigazo» desaparece, el campeón queda vulnerable, y Thiem es la evidencia palpable de que, en el tenis actual, no hay término medio entre la gloria y el olvido.
La comparación con Nadal
En medio de estos ejemplos desafortunados, surge la figura imprescindible de Rafael Nadal. A lo largo de los años, el manacorí ha sido el modelo para Alcaraz en cuanto a la gestión del sufrimiento. Nadal ha ganado Grand Slams con un pie «dormido» debido al síndrome de Müller-Weiss y con rodillas que soportaban un dolor constante.
No obstante, existe una diferencia técnica crucial que el equipo de Carlos ha identificado: el tenis de Nadal se basaba en la resistencia; el de Alcaraz es una demostración de explosividad.
Mientras Nadal logró puntos desde una postura defensiva cuando su cuerpo no daba más, el juego de Alcaraz descansa en la máxima agresividad desde el primer golpe. Si la muñeca de Carlos no está óptima, su estilo ofensivo se desploma.
Nadal llevó su cuerpo al extremo porque su dolencia era estructural y crónica; Alcaraz, ante una lesión tendinosa y articular aguda, ha optado por entender que la madurez implica saber decir «no».
La gran incógnita que flota sobre Londres es si esa prudencia será suficiente. La hierba de Wimbledon es el terreno menos favorable para una muñeca en recuperación. Los rebotes bajos y veloces exigen un movimiento constante de muñeca para elevar la pelota, sometiendo a los ligamentos a una tensión considerable.
Forzar en Wimbledon para defender puntos y el prestigio de campeón podría implicar un error similar al de Thiem: regresar prematuramente y «encoger el brazo» por temor al dolor, alterando para siempre la mecánica del golpe.

