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- Autor, Amir Azimi
- Título del autor, Editor del Servicio Persa de la BBC
- 25 abril 2026
- Tiempo de lectura: 6 min
Desde los ataques iniciales en la actual confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán, la inquietante cuestión que ronda Teherán es sencilla: ¿quién ejerce el poder?
En términos oficiales, la respuesta parece definitiva.
Mojtaba Jamenei tomó la posición de líder supremo tras el fallecimiento de su padre, Alí Jamenei, justo el día en que comenzó la guerra, el 28 de febrero.
Dentro del sistema de la República Islámica, dicho cargo está diseñado para ser determinante.
El líder posee la última palabra sobre prácticamente todos los asuntos clave: la guerra, la paz y la orientación estratégica del Estado.
Sin embargo, en la práctica, la situación es mucho más compleja.
El presidente de EE.UU., Donald Trump, ha calificado el liderazgo iraní como “dividido” y ha insinuado que la Casa Blanca espera a que Teherán presente una “propuesta unificada”.
La unidad ciertamente preocupaba a los líderes iraníes, quienes enviaron un mensaje a la ciudadanía vía teléfonos móviles la noche del jueves bajo el lema de que “en Irán no existen radicales ni moderados: solo hay una nación y un rumbo”.
Un líder invisible
Mojtaba Jamenei no ha aparecido en público desde que asumió el cargo.
Más allá de unas pocas declaraciones escritas, entre ellas una donde afirma que el estrecho de Ormuz continúa cerrado, hay escasas señales directas de su control cotidiano.
Funcionarios iraníes han confirmado que resultó lesionado en los ataques iniciales, pero han ofrecido poca información al respecto.
The New York Times, citando fuentes iraníes, informó esta semana que podría haber sufrido múltiples heridas, incluyendo daños faciales que le dificultan hablar.
Dicha ausencia es significativa.
En el sistema político iraní, la autoridad no es solo formal, sino también performativa.
Alí Jamenei expresaba sus intenciones mediante discursos, apariciones medidas y mediación visible entre las facciones.
Hoy, esa función de comunicación está prácticamente desaparecida.
El resultado es un vacío en la interpretación de su liderazgo.
Algunos consideran que, debido al contexto bélico, Mojtaba Jamenei no ha tenido la oportunidad suficiente para consolidar su autoridad como desea.
Otros mencionan las informaciones sobre sus lesiones y dudan sobre su capacidad para dirigir activamente el sistema.
En cualquier caso, la toma de decisiones parece estar menos centralizada que antes del conflicto.
Canales diplomáticos abiertos, pero limitados
Técnicamente, la responsabilidad de la diplomacia recae en el gobierno de Masoud Pezeshkian.
El canciller Abbas Araghchi sigue siendo el representante de Teherán en las negociaciones con EE.UU.
Sin embargo, ambos parecen tener poca influencia en la estrategia general, siendo además cuestionada su autoridad por el hecho de que la delegación iraní la encabeza el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf.
El rol de Araghchi se percibe más operativo que decisorio.
Su rápida rectificación sobre el estado del estrecho de Ormuz —expresando inicialmente que el tráfico se había reanudado para luego contradecirse— reveló lo limitado que es el control del canal diplomático sobre las decisiones militares.
Por su parte, Pezeshkian se ha alineado con la línea general de la República Islámica sin marcarla de manera ostensible.
Considerado una figura moderada dentro del espectro iraní, el presidente hasta ahora evita promover una postura independiente.
Las demoras en la segunda ronda de conversaciones con EE.UU. en Islamabad, capital de Pakistán, refuerzan esta tendencia.
Aunque la diplomacia permanece activa, el sistema parece poco dispuesto o incapaz de ceder en sus posiciones.
Un ámbito militar en crecimiento
El control del estrecho de Ormuz constituye la fuente más tangible de la influencia iraní.
No obstante, la decisión sobre el cierre corresponde al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), liderado por Ahmad Vahidi, y no a los diplomáticos.
Esto sitúa el poder real en manos de actores que operan en la discreción.
A diferencia de crisis previas, no existe una figura única y visible que asuma claramente la estrategia.
En su lugar, se observa un patrón: primero las acciones, después los mensajes, y no siempre en correspondencia.
En la práctica, son las acciones del CGRI —ya sea al imponer el cierre de Ormuz o al atacar objetivos en el Golfo— las que marcan el ritmo de la crisis.
Las respuestas políticas y diplomáticas suelen seguir esas medidas en lugar de anticiparlas o liderarlas.
Esto no implica necesariamente una ruptura entre las ramas administrativas.
Pero sí indica que la autonomía operativa del CGRI se ha incrementado, al menos momentáneamente, ante la ausencia de un arbitraje político claro.
Qalibaf da un paso al frente
En medio de esta incertidumbre emerge Mohammad Baqer Qalibaf.
Excomandante de la Guardia Revolucionaria y actual presidente del Parlamento, Qalibaf se ha convertido en una de las figuras más visibles del momento.
Se ha involucrado en las negociaciones, se ha dirigido a la población y, en ocasiones, ha planteado la guerra desde una perspectiva pragmática más que ideológica.
Dentro del Parlamento y en círculos conservadores, la resistencia a las negociaciones sigue siendo fuerte.
El mensaje de línea dura se ha intensificado, y los medios estatales y campañas públicas tienden a mostrar las negociaciones como una señal de debilidad frente a los adversarios.
La posición de Qalibaf es, pues, frágil: activo, pero sin una autorización clara.
El presidente del Parlamento insiste en que sus acciones están en sintonía con la voluntad de Mojtaba Jamenei, aunque hay escasas evidencias de una coordinación directa.
En un sistema que se basa en señales desde la cúspide, esa ambigüedad resulta muy significativa.

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¿Coherencia declarada o aplicada?
En conjunto, estas dinámicas reflejan un sistema funcional pero carente de una dirección coherente.
La autoridad del líder supremo existe, aunque no se manifiesta de forma pública. La presidencia está alineada, pero no lidera. La diplomacia está activa, aunque sin impacto decisivo.
El ámbito militar posee palancas claves, pero carece de un estratega público definido.
Las figuras políticas avanzan, aunque sin contar con una legitimidad determinante.
No se trata de un colapso institucional. La República Islámica continúa intacta.
Pero sí sugiere algo más sutil: un sistema que tiene dificultades para transformar su influencia —como el control del estrecho de Ormuz— en una estrategia clara en un momento de presión intensa.
Todavía puede actuar en diferentes frentes, pero encuentra complicado establecer un rumbo claro para sus propios centros de poder.
En el modelo político iraní, la coherencia se sostiene a través de señales.
Por ahora, el sistema resiste la presión, mantiene el control y evita cualquier desplome visible a pesar de la escalada de tensiones.
Sin embargo, cada vez surge más la interrogante sobre si la coherencia se está ejerciendo verdaderamente o solo proclamando.

