Su luz, su tranquilidad y su silueta frente al mar lo han convertido en un destino cada vez más codiciado. Hay sitios que no requieren adornos para resaltar, simplemente una identidad propia capaz de seducir a primera vista
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El pueblo más bonito de España para National Geographic no está ubicado ni en el norte ni en el interior, sino frente al Mediterráneo, dentro de un enclave en la Costa Blanca que ha conquistado a viajeros y editores gracias a su luz, su arquitectura blanca y su carácter sereno. En un mapa lleno de localidades con encanto, este rincón alicantino se destaca por la armonía entre paisaje, tradición y cultura, así como por una imagen urbana reconocible al instante. Sus calles empedradas, fachadas encaladas y su atmósfera bohemia forman parte de una postal que, además, encaja perfectamente con la búsqueda de escapadas auténticas y con personalidad propia.
Ese lugar es Altea, en la provincia de Alicante, una localidad señalada por National Geographic como uno de los pueblos más atractivos del país. Gran parte de su fuerza visual proviene de su casco antiguo, especialmente la subida por la calle Major hacia la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, cuyas cúpulas de tejas azules vidriadas se han convertido en el emblema principal del municipio. Desde este punto elevado, la vista abarca tanto el perfil montañoso del interior como diversas zonas de la costa, resaltando una de las características que explican su encanto: la combinación entre mar, relieve y patrimonio urbano en un solo escenario.
Casco antiguo, arte y esencia marinera en una escapada con carácter
Más allá de esa imagen emblemática, Altea conserva rastros de su pasado dedicado a la pesca y la agricultura. En la calle del Sol todavía persistía hasta hace poco el aroma a pescado y salazón, además de elementos propios del histórico barrio marinero. Hoy, ese paseo se adentra en El Fornet, donde las casas blancas, las calles angostas y la presencia de geranios, jazmines y buganvillas refuerzan la estética mediterránea que es fundamental en su identidad. A ello se suma una atmósfera tranquila que, incluso en temporadas de máxima afluencia, continúa siendo uno de sus rasgos distintivos frente a otros destinos costeros.
Además de su valor paisajístico, el municipio sobresale por una marcada orientación cultural. Desde hace décadas, ha estado relacionado con músicos, pintores, escultores, artesanos y pequeños espacios creativos que han configurado su perfil artístico. Caminar por sus calles implica descubrir galerías, talleres y tiendas locales, pero también disfrutar de un paseo marítimo diseñado para recorridos pausados y playas de cantos rodados, como la Roda o Cap Blanch, cuyas aguas limpias se presentan como otro de sus atractivos. La oferta se complementa con una gastronomía ligada a la tradición local, destacando el arroz a banda, los pescados frescos y dulces típicos como los pastissets, en un destino que combina tranquilidad, paisaje y cultura con una identidad muy definida.
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