El centrocampista del Manchester City, además de futbolista, posee una licenciatura en Administración y Dirección de Empresas.
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La vida de Rodri Hernández lejos del césped es, probablemente, una de las más atípicas dentro del mundo del fútbol actual. Mientras muchos de sus colegas de generación exhiben su rutina diaria como un escaparate constante, él ha optado por mantenerse alejado del bullicio.
No utiliza redes sociales, no publica sus entrenamientos ni muestra vestuarios lujosos o vacaciones de ensueño. Lo que para algunos es un espectáculo, para él supone una distracción.
En varias ocasiones, Rodri ha señalado que la fama no le atrae y que prefiere que su juego sea el motivo de conversación antes que su vida personal. Esta postura, casi firme, de mantenerse apartado del espectáculo digital coincide con un perfil definido mejor por la palabra normalidad que por la de estrella.
Esa normalidad tiene claras raíces familiares. Aunque nació en Madrid y se formó futbolísticamente en el Atlético y el Villarreal, buena parte de la historia de Rodri se comprende mirando hacia León.
En La Bañeza, León, su abuelo paterno, Noé Hernández, fue un médico muy reconocido y apreciado en la región. El propio futbolista ha reconocido la influencia de este abuelo en su manera de entender la vida: servicio, discreción y prestigio logrado mediante un trabajo constante y silencioso, sin buscar el protagonismo.
Rodri Hernández, con el título de la Carabao Cup EFE
Cada vez que Rodri celebra un título o un premio individual, en su entorno aparece el vínculo con León y con una familia que le inculcó, incluso antes que la pasión por el fútbol, la importancia de estudiar, formarse y mantenerse con los pies en la tierra.
Este mensaje caló hondo. Mientras su carrera avanzaba, Rodri insistió en finalizar sus estudios universitarios. Obtuvo la licenciatura en Administración y Dirección de Empresas, combinando entrenamientos, desplazamientos y exámenes, incluso tomando vuelos exprés para presentarse a pruebas universitarias ya como jugador del Manchester City.
No lo hizo por imagen pública, sino como un compromiso personal para demostrar que es posible alcanzar la élite sin renunciar a un futuro más allá del deporte.
Esta perspectiva de economista se refleja en su forma de hablar sobre contratos, inversiones y su trayectoria deportiva: con una objetividad analítica que parece más propia de un gestor que de un centrocampista.
En su día a día, Rodri ha creado un refugio basado en hábitos simples, muy lejos de los estereotipos del futbolista millonario. Prefiere la tranquilidad del hogar, el sofá es uno de sus pequeños placeres, y su círculo cercano es reducido.
Comparte su vida con su pareja, Laura, quien está en formación como médico cirujano y tiene horarios y preocupaciones muy diferentes a las del fútbol. Esta combinación —un Balón de Oro y una futura cirujana— refuerza la idea de una pareja que mira más allá del resultado de cada partido.
Dentro de esta vida sencilla destaca un detalle que rompe con el molde y añade personalidad a su perfil: el patinete eléctrico. Se lo regalaron en el contexto de la Eurocopa y terminó siendo su medio de transporte favorito.
En entrevistas ha explicado que lo utiliza para desplazarse con comodidad, sin llamar la atención, casi como si fuera un estudiante más yendo a clase o al trabajo.
Fuera del fútbol, todo en Rodri apunta a un mismo objetivo: entender que la carrera deportiva solo es una parte de su vida, no su única identidad.
Su formación universitaria, la influencia de su abuelo médico en León, la elección de una pareja con vocación sanitaria y su predilección por el patinete en lugar de vehículos ostentosos perfilan a un futbolista que ha tomado la decisión de ser, sobre todo, una persona común.
Y es precisamente en esa normalidad poco habitual dentro de la élite donde radica su singularidad verdadera.

