Natxo González: el surfista que transformó el dolor en su mayor impulso y afirma «No pararé mientras el mar me llame»

Natxo González surfea una ola. Tras atravesar dos conmociones cerebrales, permanecer cinco meses enterrado en la oscuridad y recibir un diagnóstico que lo alejaba del mar, el vizcaíno conversa con EL ESPAÑOL tras conquistar en Mullaghmore la ola más impresionante de su trayectoria.

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Irlanda, diciembre. La temperatura del agua ronda los cuatro grados. Natxo González (1995, Plentzia, Vizcaya) viste un traje de neopreno de pocos milímetros, un gorro, guantes, escarpines, un chaleco de impacto debajo y un chaleco inflable encima.

«Es como si llevaras una armadura», admite a EL ESPAÑOL. «Con el frío te sientes muy pesado, todo resulta oscuro y desagradable. No se parece en nada a España», añade.

Bajo sus pies, a escasa profundidad, se halla un arrecife rocoso. Delante, una ola de entre 10 y 12 metros se erige semejante a un edificio en movimiento y justo antes de romper crea un tubo en su interior donde la luz desaparece, y un fallo de fracción de segundo puede significar la muerte.

Natxo González, tras salir del agua.

Natxo González, tras salir del agua. RED BULL

En ese momento, Natxo, único español clasificado para el WSL Big Wave Tour, creyó que iba a fallecer. «Mantuve la trayectoria, el labio de la ola estalló sobre mi cabeza y, tras unos segundos de ceguera total por el spit, emergí volando hacia el canal. Es la ola de mi vida».

Lo que ocurrió después fue una intensa emoción, un llanto que, según confiesa a EL ESPAÑOL, permanecerá con él para siempre. Pero su historia no comenzó en Irlanda, sino en México.

Una vida bajo tormentas

Natxo González habita en una constante incertidumbre. Lo expresa sin dramatismo, como describiendo el clima. «Seguimos las tormentas por todo el mundo. Una tormenta no se puede predecir con un mes de anticipación».

En el caso de Nazaré, en Portugal, la decisión se toma en dos días. Para Hawaii o Fiji, en tres. En cuestión de horas se compra el billete y se dirige al aeropuerto. Así sucede temporada tras temporada.

Esto implica cancelar planes, llegar tarde a citas, faltar a comidas con amigos sin aviso previo. «Me he metido en líos de locos», reconoce, aunque sin arrepentirse.

Natxo González dentro del agua.

Natxo González dentro del agua. INSTAGRAM

«En cualquier empleo hay tareas que no disfrutas tanto. Pero yo lo hago porque es mi pasión. Mi vida entera está dedicada a ello. Me levanto todas las mañanas consultando partes meteorológicos, y hago lo mismo antes de dormir».

Además, es una existencia muy solitaria. En el agua, esta soledad es literal: cuando una ola de 15 metros se dirige hacia ti, estás solo con tu mente y cuerpo. «Eso fortalece mucho mentalmente», afirma. Sin embargo, esa fortaleza tiene sus límites, como descubriría pronto.

Cuando el cuerpo se rinde

La primera conmoción la sufrió en México, dentro de un tubo en Puerto Escondido. El impacto fue severo: mareos, vértigos, vómitos, cambios en su comportamiento, fatiga. Los síntomas duraron un mes. Pero regresó al agua demasiado pronto.

«Debido al desconocimiento… hoy día se habla más, pero en ese entonces, con las conmociones, se continúa trabajando», admite Natxo. No es excusa, sino un reflejo de una cultura deportiva que durante décadas ha ignorado el problema.

Meses después, llegó Nazaré. Cayó en una ola remolcada por remo con un golpe tan fuerte que pensó que se había roto la espalda. Subió a la moto de agua gritando: «Me he partido la espalda, me he partido la espalda».

Con los ojos cerrados durante todo el trayecto, al llegar a la orilla los abrió y no veía bien. «Era como cuando tienes una pestaña en el ojo y tratas de enfocar correctamente».

Natxo González coge la ola en Mullaghmore.

Natxo González coge la ola en Mullaghmore. RED BULL

Esa visión borrosa persistió durante tres días. La presión en la cabeza y los vómitos, un mes. Luego aparecieron los efectos invisibles: cambios en su carácter, sensibilidad elevada a los sonidos, una sensación constante de malestar. Dos conmociones en menos de un año. Su cerebro había dicho basta.

El periodo siguiente fue probablemente el más duro. Cinco meses en cama, con las persianas bajadas, sin poder salir ni ver a sus amigos, sin siquiera plantearse el surf como un objetivo. «Mi único deseo era poder sentarme algún día con un amigo a tomar un café sin dolor. Esa era la medida de mi ambición».

La búsqueda de diagnósticos en España no arrojó resultados. Los chequeos no mostraron daños. Ninguna lesión visible hasta que una prueba señaló una disfunción en el flujo sanguíneo cerebral.

Con ese informe en mano, inició la búsqueda de segundas opiniones. Una, de un especialista reconocido, fue un duro golpe: le dijo que debía abandonar el surf para siempre y que su carrera había concluido. «Para mí, esa opción no existía», afirma Natxo.

La llamada que lo transformó todo

Lo que hizo a continuación definió tanto su personalidad como el desenlace de esta historia. Llamó a Red Bull, su principal patrocinador. Lo hizo pensando que podría significar la pérdida de su contrato.

Les explicó sin filtros su estado: estaba compitiendo profesionalmente, dispuesto a salir del equipo si era necesario, pero esa era su realidad. La respuesta en el otro lado de la línea fue inesperada: «¿Qué necesitas?».

«Me apoyaron muchísimo», comenta, con voz emocionada al recordarlo. Red Bull le facilitó el acceso a uno de los centros de rehabilitación post-conmoción más avanzados de Suiza.

Natxo González surfea en Mavericks.

Natxo González surfea en Mavericks. RED BULL

Al llegar al centro, le mostraron una tabla con todos los síntomas típicos de lesiones cerebrales. Natxo encajaba en muchos de ellos. «Fue como: ¡guau! Esto existe. No estoy loco». El alivio de tener un nombre para lo que le sucedía fue tan valioso como el propio tratamiento.

El proceso de recuperación combinó ejercicios controlados, suplementación y una paciencia extrema. Al principio, solo caminar elevaba su pulso a 120 latidos por minuto. Los médicos fijaron objetivos mínimos diarios: diez minutos a 90 pulsaciones el primer día, un poco más al siguiente.

Llevaba un pulsómetro constantemente. También recibió terapia con electrochoques cerebrales que le provocaron mucho temor. «He probado tantas cosas que no sabría decir cuál de ellas me ayudó más», confiesa.

Sin embargo, destacó una ayuda no médica: «Pasar tiempo en la naturaleza, subir montañas, pescar, estar cerca del mar aunque fuera desde la orilla… creo que eso me benefició mucho. Al final, estamos muy conectados», reconoce.

Su regreso

Dos años después de las caídas, Natxo González retornó al agua. El vídeo Reset, grabado en Irlanda por su amigo y cineasta Jon Aspuru, documentó ese regreso. Llegó a Mullaghmore con miedo, solo en una casa frente al Atlántico, en días oscuros y con mal tiempo. Pero también tuvo algo nuevo: tiempo para reflexionar, proyectar y soñar.

«Puse la canción de Rosalía y lloraba imaginando la ola de mi vida». Lo hizo durante días, solo en casa, visualizando algo que aún no había pasado pero que sentía que sucedería. «Creo que proyectar genera una energía que no es real, pero que para mí fue muy poderosa».

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Cuatro de las cinco mejores olas de su vida ocurrieron en Irlanda durante ese mismo invierno.

La quinta llegó el último día de la temporada, en una tormenta que nadie esperaba. Diez días antes hubo otra marejada histórica — uno de sus compañeros tomó una ola enorme remolcado por una moto de agua — y todo el mundo había puesto su atención ahí.

Esta soprendió a todos. El día anterior, Natxo dijo al fotógrafo con quien se alojaba: «Siento que puedo atrapar la ola de mi vida». Y así fue.

La vida como apuesta

¿Cómo se regresa al agua tras vivir algo así? ¿Cómo alguien entra en una ola de diez metros sabiendo los riesgos? Natxo González ofrece una respuesta clara, aunque no sencilla.

«Si piensas en el fracaso, en lo que puede suceder con un porcentaje de vida en juego, nunca entrarías al agua. Pero el surf y las olas grandes me hacen sentir vivo. Creo que la vida es para eso». No es imprudencia; es una decisión tomada con toda la información disponible y con cicatrices visibles.

Natxo González fuera del agua.

Natxo González fuera del agua. RED BULL

Al preguntarle si continuará, responde sin vacilar: «Sí, claro. Hasta que la muerte me separe del agua». Luego añade, en su estilo que mezcla valentía con sensatez: «Estar con la energía que tengo ahora es fundamental. Para las tormentas que enfrente en estos años, quiero estar al 200% y darlo todo.»

Natxo González se considera afortunado. Él mismo lo afirma. Y tras todo lo que ha vivido, resulta difícil no darle la razón.

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