Las razones detrás del cambio de postura de los JJOO sobre atletas transgénero y el impacto en la categoría femenina

Montaje de Kirsty Coventry, presidenta del COI, y la boxeadora Imane Khelif. En las últimas dos décadas, el Comité Olímpico Internacional ha modificado sus criterios en varias ocasiones y ahora se reabre la discusión respecto a las medidas que cada disciplina adopte en sus competiciones.

Más información: El COI prohíbe la participación de las atletas transgénero en todas las pruebas femeninas de los Juegos Olímpicos

El jueves 26 de marzo, el Comité Olímpico Internacional oficializó lo que había estado preparando en silencio durante meses: la categoría femenina de los Juegos Olímpicos quedará restringida exclusivamente a mujeres biológicas.

«La elegibilidad para cualquier evento femenino en los Juegos Olímpicos se limita ahora a mujeres biológicas», comunicó el organismo en un documento de 10 páginas que pone fin a más de veinte años de políticas inclusivas.

Kirsty Coventry, la primera mujer en presidir el COI en 132 años, resumió la resolución con una declaración clara e inequívoca: «Está absolutamente claro que no sería justo que hombres biológicos compitan en la categoría femenina. Y en ciertas disciplinas, simplemente, no resultaría seguro».

Esta determinación no es un capricho ni una reacción impulsiva en el contexto político actual. Surge tras 18 meses de revisión científica interna iniciada en septiembre de 2024, y llega en medio de un ambiente lleno de controversias.

Las elecciones olímpicas, los Juegos de Los Ángeles 2028, la presión ejercida por Donald Trump, y las imágenes del verano en París aún presentes en la memoria colectiva del ámbito deportivo, son solo algunas de las aristas que conforman este debate.

22 años de cambios y retrocesos

Para comprender la magnitud de esta decisión, es necesario repasar la historia completa. El COI no ha mantenido siempre el mismo criterio que hoy defiende.

En 2003 aprobó el llamado Consenso de Estocolmo, que abrió la posibilidad por primera vez para competir a atletas transgénero, aunque imponía requisitos como cirugía de reasignación, cambio legal de sexo y dos años de tratamiento hormonal postquirúrgico.

En 2015, esos requisitos quirúrgicos fueron eliminados: bastaba con mantener niveles de testosterona por debajo de 10 nmol/L durante un año.

Las deportistas trans en el atletismo

Las deportistas trans en el atletismo Diseño: Deportes EE

En 2021, en un cambio que muchos vieron como la mayor apertura posible, el COI lanzó su Marco sobre Equidad, Inclusión y No Discriminación, que eliminaba los límites basados en testosterona y delegaba a cada federación la responsabilidad de establecer sus propias normativas.

Lo que parecía un avance inclusivo terminó generando un mosaico normativo fragmentado y difícil de aplicar.

Hoy, el COI retrocede y presenta una herramienta concreta: el test genético SRY. Esta secuencia de ADN, ubicada normalmente en el cromosoma Y, provoca el desarrollo testicular en el útero y es considerado «el indicador más exacto y menos invasivo disponible actualmente», según el propio organismo.

Este examen —mediante hisopado bucal, muestra de saliva o sangre— se realizará una única vez durante la carrera deportiva de cada atleta. Un resultado negativo implica elegibilidad de por vida; uno positivo, exclusión de la categoría femenina. La norma comenzará a aplicarse en los Juegos de Los Ángeles 2028 y no tendrá carácter retroactivo.

El fundamento científico detrás de esta resolución señala un hecho que los datos han apoyado desde hace años: los hombres experimentan tres picos clave de testosterona durante su vida —en el útero, en la minipubertad infantil y durante la adolescencia y adultez.

Esa exposición conlleva ventajas en densidad ósea, capacidad pulmonar, masa muscular y estatura, ventajas que no se revierten con los tratamientos hormonales disponibles en la actualidad.

No obstante, el test ha recibido críticas. Andrew Sinclair, el científico que descubrió el gen SRY en 1990, advirtió que la prueba «no es tan simple».

Una contaminación accidental puede ocasionar falsos positivos, y existen mujeres con resultado positivo en SRY que padecen síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos, sin obtener ventajas deportivas por la testosterona.

La postura española

En España, el debate no es reciente. Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español, ya había expresado su posición antes de la acción del COI.

En junio de 2025 manifestó que el debate sobre atletas trans «requiere estudios, no política», y que la elección de Coventry como presidenta del COI abría «un nuevo camino» para su resolución.

El 26 de marzo, el COE publicó inmediatamente en su sitio web el comunicado oficial del COI, mostrando un respaldo explícito dentro del ámbito olímpico.

Las deportistas españolas llevan tiempo expresando opiniones similares, aunque a menudo enfrentando un coste personal relevante.

Alejandro Blanco, durante la Asamblea General Extraordinaria del Comité Olímpico Español.

Alejandro Blanco, durante la Asamblea General Extraordinaria del Comité Olímpico Español. Europa Press

Ana Peleteiro fue una de las primeras en expresarse con contundencia en 2023: «Si has madurado como hombre, aunque disminuyas tus niveles de testosterona, la densidad ósea y el desarrollo muscular difieren del resto de mujeres. En atletismo, la mujer que más salta alcanza algo más de 15 metros, mientras que el hombre supera los 18 metros».

Las consecuencias fueron inmediatas: insultos, amenazas de muerte y deseos de lesión que llevaron a la atleta a emitir un comunicado denunciando el acoso.

El COE y la Federación Española de Atletismo respaldaron públicamente a Peleteiro con un comunicado conjunto firmado por Alejandro Blanco, recordando que «la posición de Peleteiro coincide con la política del COI y World Athletics».

Lydia Valentín, triple medallista olímpica en halterofilia, también fue clara en 2025: «Existe una ventaja biológica. Aunque se haya completado una transición, no se parte del mismo punto. No todo vale».

Uno de los casos más significativos en España es el de Melani Bergés, atleta paralímpica catalana que perdió por ocho milésimas una plaza para París 2024 en los 200 metros T12 del Mundial de atletismo adaptado, superada por la italiana Valentina Petrillo, que compitió en categoría masculina hasta 2019.

Bergés escogió cuidadosamente sus palabras: «La palabra injusticia es amplia y compleja. Valentina Petrillo no cometió ninguna ilegalidad, ella no hizo nada y se le permitió competir. Pero contenta no estoy».

Sin embargo, tras la orden ejecutiva de Trump en 2025, fue más directa: «Es totalmente injusto que las mujeres tengamos que competir ahora con hombres biológicos cuando nos costó un siglo tener categorías femeninas».

El punto de inflexión: París 2024

Este debate tiene un antes y un después marcado claramente por París 2024. Las boxeadoras Imane Khelif y Lin Yu-ting habían sido descalificadas del Mundial de 2023 por la Asociación Internacional de Boxeo, que alegó la presencia de cromosomas XY en sus análisis.

El COI las aceptó en los Juegos argumentando que «nacieron mujeres, crecieron como mujeres y compitieron durante años en categoría femenina». Khelif obtuvo el oro en 66 kilos; Lin Yu-ting hizo lo mismo en 57 kilos.

Esto desató una tormenta política global que superó el ámbito deportivo: Trump las atacó en redes sociales, la primera ministra italiana Giorgia Meloni se unió a las críticas y la boxeadora búlgara Valentina Staneva hizo el signo de la «X» con los brazos tras su derrota frente a Lin, imagen que recorrió el mundo.

Para muchos en el deporte, esos Juegos fueron el límite. De hecho, uno de los temas clave en la carrera presidencial del COI fue quién prometía una política más estricta para proteger la categoría femenina. Coventry resultó ganadora y cumplió su promesa.

Los derechos humanos en juego

La decisión del COI cuenta, sin embargo, con una cara que no puede ignorarse. Antes de la publicación de la nueva política, más de 80 organizaciones de derechos humanos y deportivas firmaron una carta urgente pidiendo al COI que no adoptara el test genético. Sus argumentos van más allá de defender a las atletas trans.

Advierten que la medida, presentada como protección de las mujeres, afectará en gran medida a mujeres cisgénero con variaciones hormonales naturales.

El ejemplo más conocido es el de Caster Semenya, doble campeona olímpica en 800 metros, que sufre hiperandrogenismo y lleva más de una década lidiando con batallas legales para poder competir.

Caster Semenya, durante una prueba.

Caster Semenya, durante una prueba. EFE

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos determinó que Semenya no había recibido «un juicio justo» en Suiza, aunque mantuvo las restricciones impuestas por World Athletics.

Además, las organizaciones críticas recuerdan que el propio COI decidió en 1996, tras los Juegos de Atlanta, abandonar los test universales de sexo por considerarlos «sin justificación científica ni ética». Treinta años después, esa práctica vuelve a imponerse.

«Exigir que mujeres y niñas se sometan a pruebas genéticas obligatorias para competir viola su privacidad, las expone a un escrutinio público extremo y abre la puerta a intervenciones médicas innecesarias», alertó Payoshni Mitra, directora ejecutiva de Humans of Sport.

Las organizaciones también señalan que este sistema afecta desproporcionadamente a mujeres de color del Sur Global, quienes históricamente han sufrido una vigilancia corporal aún mayor en el deporte.

Un panorama fragmentado

La nueva política del COI es obligatoria para eventos olímpicos y sus clasificatorias, pero no se extiende automáticamente a todas las federaciones ni contextos. Esto genera un escenario fragmentado donde cada entidad aplica sus propias reglas:

World Athletics prohibió desde 2023 a atletas trans que hayan pasado la pubertad masculina. World Aquatics y World Rugby adoptaron reglas similares incluso antes del COI.

World Boxing ya aplica el test SRY —fue el organismo que certificó que Lin Yu-ting lo superó—. Sin embargo, el movimiento paralímpico, bajo la tutela del IPC, sigue normas propias, lo que permitió a Valentina Petrillo competir en París 2024 mientras que las reglas olímpicas ya eran distintas.

El caso más visible de esta divergencia es la World Flying Disc Federation —la federación mundial de frisbee y ultimate—, que el mismo día del anuncio del COI lanzó un comunicado titulado: «IOC introduces New Transgender Policy – WFDF Policy Not to be Changed». No piensa modificar sus normas.

Su argumento es que, como el frisbee no es un deporte olímpico oficialmente, la nueva política del COI no les obliga. Mantienen su reglamento anterior, que permite competir a mujeres trans bajo ciertas condiciones hormonales.

A esto se suma la variable política en los Juegos de Los Ángeles 2028. En febrero de 2025, Trump firmó la orden ejecutiva Keeping Men Out of Women’s Sports y amenazó con negar visados a atletas que compitan en categoría femenina sin cumplir sus requisitos.

El COI desarrolló su nueva política en parte como respuesta a esta presión, aunque ningún comunicado oficial lo reconoce de forma explícita.

Lo que queda tras esta decisión no es un panorama ordenado, sino un tablero en el que el olimpismo ha elegido priorizar la equidad competitiva frente a una inclusión sin límites, mientras que el resto de los deportes intenta determinar si seguirá el mismo camino.

Las preguntas que quedan abiertas son numerosas: qué sucederá con las atletas DSD que no son trans pero puedan dar positivo en SRY; de qué modo se garantizará la privacidad de las deportistas sometidas al test en países sin garantías fiables; y si el movimiento paralímpico acabará alineando sus normas con las olímpicas.

El COI ha cerrado una puerta. Cuántas otras ha abierto, eso está por ver.

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