Familiares y sobrevivientes rememoran el golpe de Estado en Argentina que marcó el país hace 50 años

Tres hombres con uniformes militares posan firmes.

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Aurora despertó el 24 de marzo de 1976 tras una llamada de una compañera de estudio que le dijo cuatro palabras: "Por fin somos gobierno". La joven al otro lado del teléfono tenía información reciente, pues trabajaba en el Ministerio de Defensa argentino. Aurora respondió "ah, bueno" y colgó.

"El golpe ocurrió alrededor de las 03:20 de la madrugada. Yo no estaba escuchando la radio", relata, justificando que "así eran las comunicaciones" hace cinco décadas.

Los periódicos de esa mañana tampoco informaron sobre lo que sería el sexto golpe de Estado en Argentina en menos de cincuenta años. Aunque coincidían en la pérdida de libertades y la represión a la disidencia, el que comenzó el 24 de marzo fue claramente más violento.

Entre 1976 y 1983 las Juntas Militares implementaron lo que la Justicia argentina describió después como un "plan sistemático de desaparición, tortura y exterminio", llevado a cabo "en el marco de un genocidio". Organismos defensores de derechos humanos estiman que alrededor de 30.000 personas desaparecieron en esos siete años, cifra que aún genera controversias.

Desde León, España, donde está una misión de su congregación, la monja Aurora Álvarez relata a BBC Mundo que meses antes se presagiaba la caída del gobierno de Isabel Perón, viuda de Juan Domingo Perón, quien asumió tras la muerte de su esposo en 1974.

"Yo trabajaba como preceptora en un secundario y ese 24 de marzo noté que la naturalidad en nuestras relaciones se tornó un poco extraña, aunque en ese primer instante no parecía muy distinta a la vida cotidiana", rememora.

"Percibí cierta inquietud en mi hermana, que militaba políticamente, pero era la misma inquietud que yo tenía al dar catequesis en una villa miseria".

La preocupación apareció en la casa de los Álvarez, en la provincia de Buenos Aires, cuando Teresa, la hermana, sugirió a los padres, por seguridad, que se fuera a vivir con una amiga.

"Luego desapareció la hermana de un compañero de mi hermano menor, de 18 años. Esa fue una señal de alerta. Más tarde, una catequista cercana a la parroquia donde yo enseñaba apareció muerta, junto a su marido. Después, una vecina…".

Personas posan a la cámara con la foto de una mujer desaparecida en la última dictadura argentina

Fuente de la imagen, Gentileza Gabriela Poletti

El 17 de noviembre de 1976 Teresa regresó por una noche al apartamento familiar. Esa misma noche, un comando de tareas —como se conocía a los grupos militares que secuestraban y hacían desaparecer personas— allanó la vivienda y se la llevó. Tenía 21 años.

Aurora no tuvo noticias de su hermana hasta años después.

"Ahí empezó la separación en nuestras vidas: antes y después de la desaparición de mi hermana. Y percibimos el aislamiento de los vecinos; reinaba el silencio. La gente no hablaba, no preguntaba, nadie quería acercarse a una familia que pasaba a ser tratada como si tuviera lepra".

La violencia política en los años previos

"Con mi edad ya había vivido golpes anteriores y, con ingenuidad, pensé que este sería uno más, que pondría fin a la violencia para después permitir elecciones. ¡Qué equivocados estábamos!".

Desde Córdoba, Argentina, la periodista y exlegisladora Norma Morandini relata a BBC Mundo cómo recibió la noticia del alzamiento militar.

La violencia a la que se refiere Norma incluye el enfrentamiento dentro del peronismo entre grupos armados de izquierda (Montoneros) y grupos paramilitares de derecha denominados Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), así como la acción de otras guerrillas como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

En febrero de 1975, el gobierno de Isabel Perón autorizó a las fuerzas militares a actuar para lograr la "aniquilación de la subversión", lo que —según la historiadora Gabriela Águila— incrementó la presencia militar en un contexto político extremadamente tenso.

"El término ‘subversión’ abarcaba organizaciones político-militares y grupos guerrilleros, pero en aquella época se amplió para incluir activistas sindicales, estudiantes universitarios, jóvenes, intelectuales y artistas", explica Águila a BBC Mundo desde Rosario.

Mujer hablando ante un micrófono

Fuente de la imagen, Archivo del Senado de la Nación

El golpe de Estado llegó a la prensa al día siguiente, con reportes que repetían que la jornada del 24 de marzo se desarrolló "con total normalidad", según describe la autora del libro "Historia de la última dictadura militar: Argentina, 1976-1983".

"Ese no fue un día común: la presidenta fue arrestada, el Congreso fue ocupado por tropas fuertemente armadas, se destituyeron cargos políticos en todo el país. Sin embargo, se percibía una cierta normalidad debido a la acostumbrada aceptación en Argentina de que los militares, ocasionalmente, tomaran el poder".

"Reconocer que este golpe no era como los anteriores tomó tiempo. Quienes lo vivieron con mayor crudeza y dramatismo fueron las víctimas de la represión", añade Águila.

Para Norma Morandini, la diferencia quedó clara año y medio tras el golpe.

"En septiembre de 1977 secuestraron a mis dos hermanos menores, Néstor y Cristina, quienes desaparecieron. Ahí empezó nuestro calvario. Ellos simpatizaban con la Juventud Peronista y creo que mi hermano formó parte de Montoneros".

La figura del desaparecido

La principal diferencia entre la dictadura de 1976 y las cinco anteriores fueron las desapariciones sistemáticas dentro de un plan represivo ejecutado al margen de la ley.

Denominados desaparecidos, son personas secuestradas, torturadas y asesinadas cuyos cuerpos nunca han sido entregados a sus familiares, muchos de los cuales aún desconocen el destino de sus seres queridos.

Cristina Aldini, miembro de la Juventud Peronista, recuerda para BBC Mundo desde Buenos Aires cómo comenzaron a producirse las desapariciones.

"Sabíamos que un compañero podía ser detenido, pero entendíamos que esa detención era legal, por lo que se actuaba: se reclamaba con abogados y se esperaba la liberación o, si existía algún motivo, se iniciaba una causa penal", detalla.

"Pero que los compañeros que se llevaban no volvieran fue algo nuevo para nosotros".

Según las cifras de 1984 de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), el desglose de desaparecidos por ocupación fue: 30,2% obreros, 21% estudiantes, 17,9% empleados, 10,7% profesionales, 5,7% docentes y 1,3% artistas.

El hecho de que los obreros fueran uno de los grupos más movilizados en la década del 70 y también los más afectados por la represión se relaciona con la crisis económica previa al golpe.

"Argentina atravesaba una crisis profunda, con un gran movimiento huelguístico motivado por el plan de ajuste de los primeros meses de 1975, que redujo salarios, empleo y aumentó el costo de vida; además la inflación alcanzó niveles muy altos", comenta Águila.

Por ello, el movimiento sindical fue uno de los pocos que intentaron una resistencia el 24 de marzo de 1976, anunciando un paro general que no se concretó.

Ese mismo día, los militares prohibieron el derecho a huelga.

Una mujer da una entrevista mientras atrás hay una pancarta con rostros de personas desaparecidas

Fuente de la imagen, Gentileza Eugenia Ponce de León

Esta represión militar contra sectores sindicales y obreros marca la historia de Iris Pereyra de Avellaneda.

Días después del golpe, su cuñada, Margarita Avellaneda, recibió una advertencia.

"En nuestro terreno habitaban tres familias, pero Margarita era la única con teléfono. La llamaron unos compañeros para decirle: ‘Se viene una gorda. Mejor que vos y Floreal se vayan de ahí’".

Floreal Avellaneda, esposo de Iris, militaba en el Partido Comunista, sin participar en grupos armados sino en el sindicalismo. Fue delegado gremial en General Motors en los años 60 y en Talleres Electrometalúrgicos Norte (TENSA) en los 70.

Al contarle la llamada, Floreal respondió: "¿Por qué nos vamos si no hemos cometido delito?".

"Nunca imaginamos lo que podría pasar, no pensábamos que este golpe sería tan terrible", indica Iris a BBC Mundo desde Munro.

"En el golpe de 1955, cuando Floreal estuvo preso, solo recibió golpes. Pero lo que hicieron estos genocidas fue mucho peor".

El 15 de abril, menos de un mes después del golpe, un comando irrumpió disparando en el terreno donde vivían las tres familias. Floreal escapó por los techos, pero se llevaron a Iris y a su hijo, también llamado Floreal Avellaneda y apodado "El Negrito", de 15 años.

"Fuimos el tercer secuestro de los compañeros de TENSA. De 27 integrantes de la comisión interna, 24 desaparecieron", recuerda la presidenta de la Liga Argentina de los Derechos Humanos y de la Asociación de Sobrevivientes de Campo de Mayo.

Madre e hijo fueron torturados en una comisaría provincial, donde Iris vio por última vez a su hijo. Luego, sin saberlo, ambos fueron trasladados a Campo de Mayo, centro clandestino denominado "El Campito".

"Los militares me golpearon brutalmente, me torturaron y hasta simularon un fusilamiento", recuerda Iris.

No conocería el destino de su hijo hasta su liberación en junio de 1978.

El golpe desde la cárcel

El 24 de marzo de 1976, Adriana Chein estaba detenida en la cárcel de Villa Devoto. Supo del golpe al mirar por las rejas y ver ametralladoras apuntando hacia su pabellón.

Había sido arrestada en octubre de 1975 por la Policía Federal junto a su hermana. Tenía 18 años, militaba desde la adolescencia en el PRT/ERP y estaba en la clandestinidad con su pareja, ambos buscados por la Triple A.

"En ese momento ya existía represión, aunque no al nivel que se desató luego", relata Adriana a BBC Mundo desde La Rioja, Argentina, durante el 50º aniversario del golpe.

"Estuvimos desaparecidas 20 días mientras nos torturaban, hasta que nos legalizaron".

Una diferencia importante entre ser un preso legal y estar en un centro clandestino era que las familias sabían dónde estaban. Sin embargo, no había garantía de trato digno.

Devoto albergó a todas las presas políticas del país durante la dictadura. "Nosotras la llamábamos ‘cárcel vidriera’ porque era mostrada a organismos internacionales de derechos humanos para negar la existencia de campos de concentración".

Adriana permaneció presa siete años y medio. Salió el 10 de septiembre de 1982 y estuvo bajo libertad vigilada hasta la recuperación democrática en diciembre de 1983.

"No era un campo de concentración, pero había políticas internas de destrucción dentro de un marco legal. Un jefe de seguridad nos gritaba: ‘Saldrán de aquí locas o muertas’".

Se realizaban interrogatorios y se aplicaban regímenes para clasificar a las prisioneras: "las irrecuperables, las susceptibles de recuperación o las ya recuperadas, aunque esto era subjetivo".

Esta categorización se aplicaba de forma aún más cruel en un centro clandestino, la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

Mujer bordando sobre una mesa

Fuente de la imagen, Gentileza María Claro

De los tres comandantes que asumieron el poder el 24 de marzo de 1976 —Jorge Rafael Videla (Ejército), Orlando Ramón Agosti (Fuerza Aérea) y Emilio Eduardo Massera (Armada)— solo Massera intentó llevar adelante un proyecto político propio.

En uno de los episodios más oscuros del régimen, Massera contó con militantes alojados en la ESMA para llevar su plan. Cristina Aldini fue detenida en 1978 y trasladada a ese centro de torturas.

"Se vivían situaciones perversas; estábamos en un proceso de ‘recuperación’ tan frágil que era como caminar en una cornisa", relató a BBC Mundo.

Parte de esa recuperación implicaba que Cristina era a veces llevada a casa de sus padres, para luego ser recapturada y devuelta a la ESMA, repitiendo el trauma continuamente.

"Nuestras familias eran rehenes y nos amenazaban constantemente con llevarse a mi hermana, que también había militado", explicó la autora, junto a otras exdetenidas, del libro "Ese Infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA".

En un episodio casi surrealista, los militares obligaron a su hermana a casarse.

"Imagínese, unos genocidas que pisotearon toda norma humana consideraron indebido que ella conviviera con su pareja y la obligaron a casarse civilmente. Incluso asistieron a la boda", relata.

"Fue una experiencia desesperante, pero los dueños de la vida y la muerte así lo imponían".

En 1979, Cristina consiguió permiso para estudiar en el interior del país, aunque la vigilancia persistió y, ya en democracia, en 1985, antes del juicio a las Juntas Militares, recibió amenazas de exterminio para toda su familia.

"La noche de los lápices"

La Junta Militar extendió su política represiva al mundo sindical y obrero con apoyo de sectores económicos conservadores, y puso especial atención en el sistema educativo.

No solo eliminaron las actividades políticas en escuelas y universidades, sino que controlaron el contenido educativo, desapareciendo a docentes y alumnos.

En su informe de 2015, el Registro Único de Víctimas del Terrorismo de Estado (RUVTE) reveló que la franja etaria con más víctimas fatales fue la de 20 a 24 años, con 2.749 asesinatos o desapariciones, mientras que 617 tenían entre 13 y 19 años.

Desde Buenos Aires, Emilce Moler relata a BBC Mundo su juventud en La Plata. Hija de un policía retirado y antiperonista, militó desde adolescente en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), agrupación peronista y de izquierda.

"En diciembre de 1975, aún en democracia, un compañero nuestro de 18 años apareció colgado en un puente. Eso me mostró que la edad no detenía la brutalidad que venía".

"Estudiaba en una escuela de arte con ambiente de libertad y política activa. No esperaba democracia como horizonte sino una revolución social".

En ese contexto, Emilce y sus compañeros debatían sobre el golpe que anticipaban: "Algunos decían que sería bueno porque agudizaría las contradicciones; nosotros pensábamos que con uno militar perderíamos más libertades".

El 24 de marzo escuchó la noticia del alzamiento militar por radio. Ese día no hubo clases. Al siguiente, muchos docentes ya no estaban y a los estudiantes les pedían el carnet para entrar.

Mujeres con pañuelos blancos y carteles con fotos de personas desaparecidas

Fuente de la imagen, Getty Images

El 16 de septiembre de 1976 se enteró que habían secuestrado a dos compañeras militantes, Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. En la madrugada del 17 de septiembre fueron por ella.

"Hombres con capuchas entraron a mi casa buscando a una alumna de Bellas Artes, sin saber mi nombre. Yo aparecí, pequeña y de 17 años. Los militares dijeron: ‘Esta es muy chica’. Despertaron a mi hermana y preguntaron ‘¿Qué estudias?’; ‘Filosofía’, respondió. Me preguntaron a mí: ‘Bellas Artes’. ‘Llevemos a las dos’, dijo uno. ‘No, el auto está ocupado’, replicó otro. ‘Bueno, vestite, sos vos, piba’".

Recuerda que su madre la cubrió con un abrigo mientras se la llevaban esposada. Su padre presenció todo con un arma apuntándole a la cabeza, sin poder moverse.

"Y desde ahí comenzó el infierno".

Emilce fue torturada en tres centros clandestinos junto a compañeros, luego estuvo bajo disposición del Poder Ejecutivo Nacional y fue encarcelada en Devoto hasta su liberación en 1978.

Su secuestro y el de otros nueve estudiantes secundarios es recordado en Argentina como "La noche de los lápices". Seis siguen desaparecidos.

Cuándo, cómo y dónde

"El concepto de desaparecido no existía para nosotros, solo surgió durante la democracia, cuando buscamos en todos los posibles lugares y no encontramos nada", comenta Emilce.

Tras la dictadura, familiares de desaparecidos comenzaron a conocer más gracias al trabajo de la CONADEP en 1984, el juicio a las Juntas Militares en 1985 y posteriores procesos judiciales.

Aurora Álvarez no supo nada de Teresa hasta 1986, cuando ya religiosa, conoció a la amiga con quien Teresa vivió tras dejar la familia. Era Cristina Aldini.

Así supo de la militancia peronista de Teresa, quien nunca contó a su familia con quién militaba, pero nadie pudo precisar con certeza dónde estuvo detenida ni cómo murió.

Cristina, por su parte, escuchó de sus torturadores sobre el destino de su compañero, asesinado horas después de su captura en 1978. Le permitieron verlo una vez con heridas de bala, pero nunca le dijeron qué hicieron con su cuerpo.

Baldoza con inscripción

Fuente de la imagen, Gentileza Adriana Chein

Poco después de restablecerse las visitas en la cárcel de Villa Devoto tras el golpe, Adriana Chein recibió la visita de su madre en abril de 1976. Ahí supo que su compañero había desaparecido cinco días después del alzamiento. Continúa buscando información sobre lo sucedido.

"Siempre surge un nuevo dato para tirar del hilo, la esperanza se mantiene hasta obtener más información", explica.

"Sabemos que fueron asesinados, torturados y fusilados, pero queremos saber cuándo, cómo, dónde. Y a veces me acerco a algún dato más sobre él".

Norma Morandini tardó años en saber que sus hermanos estuvieron detenidos en la ESMA.

"Siempre afirmé que si mis hermanos cometieron un delito, debían ser juzgados y no habría estado aquí hablando, sino visitándolos en la cárcel".

Y agrega: "Esta es la perversión del concepto de desaparecido: alguien a quien no se ha visto morir y que carece de cruces o rezos".

El hijo de Iris Pereyra de Avellaneda desapareció dos veces.

Tres días tras salir de Villa Devoto en junio de 1978, su familia le informó que Floreal fue llevado a Campo de Mayo, donde fue torturado brutalmente.

Su cuerpo apareció el 14 de mayo en la costa uruguaya, día en que cumpliría 16 años, producto de uno de los primeros "vuelos de la muerte", método que consistía en arrojar presos en helicópteros o aviones al mar, a veces sedados o ya muertos.

Iris intentó repatriar el cuerpo desde Uruguay, pero se perdió nuevamente.

Nunca volvió a aparecer.

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