En pleno crecimiento de Bildu entre la juventud, su conocimiento resulta «superficial», con «lagunas en los libros de texto» y «incomodidad» entre los profesores

Han transcurrido dos décadas desde que la presión ejercida por las Fuerzas de Seguridad, la Ley de Partidos, la cooperación de las autoridades judiciales y policiales francesas, junto con un rechazo masivo de la sociedad, marcaron el inicio del final de ETA. El 22 de marzo de 2006, la organización terrorista declaró un alto el fuego supuestamente «permanente» que, meses más tarde, el 30 de diciembre de ese mismo año, fue quebrantado con el atentado en la T-4. La banda se fue debilitando hasta que, el 20 de octubre de 2011, anunció el «cese definitivo» de su actividad criminal y, el 3 de mayo de 2018, oficializó su disolución tras más de cincuenta años de crímenes y cerca de mil asesinatos.
«A los jóvenes esto les resulta incomprensible, es como si les hablaran de Atapuerca», relatan sus profesores. Los alumnos que este curso abordan por primera vez el terrorismo vasco nacieron entre 2008 y 2010. Por tanto, constituyen la última generación que vivió la existencia de ETA o, dicho de otro modo, la generación nacida durante el cierre de la mayor amenaza que ha vivido España en democracia.
Sin embargo, su conocimiento sobre el tema es «superficial» y «fuera de contexto», según los docentes. «La presencia del terrorismo en los libros de texto es mínima. Se aborda en 4º de la ESO y en 2º de Bachillerato, pero casi de manera superficial y sin profundizar, especialmente en la ESO, donde su importancia en el currículo es reducida. Algunos han visto alguna película y les suena, pero la mayoría no. Muchos terminan la educación obligatoria sin saber qué fue ETA», lamenta Ianire Lanchas, profesora de Historia en los Corazonistas de Vitoria, un centro ubicado a pocos metros del lugar donde fue asesinado el político socialista Fernando Buesa. Un monolito rodeado de flores lo recuerda, pero ningún estudiante ha preguntado el motivo. Según Lanchas, el terrorismo vasco sigue siendo «un tema tabú, incómodo y sobre el que aún hay mucha gente que no quiere hablar».

Sus declaraciones confirman las conclusiones del estudio Un tema clave, todavía pendiente. La opinión del profesorado sobre terrorismo y educación, que señala que el abordaje de esta materia en las aulas es «insuficiente y desigual», realizándose «de forma indirecta y ocasional, a pesar de su relevancia en la historia reciente española».
Este trabajo, publicado en la Revista Internacional de Estudios sobre el Terrorismo, identifica entre las causas «las carencias curriculares», «las lagunas en los libros de texto» y «la falta de tiempo», pero también destaca «la incomodidad» que genera «en algunos miembros del profesorado». ¿A qué se debe?
«Algunos docentes temen que sus compañeros los califiquen de fachas o los sitúen en la derecha del espectro ideológico, algo que, en cambio, los estudiantes no perciben, ya que suelen mostrarse más receptivos a conocer las historias de sus padres y abuelos», explica el historiador Raúl López Romo, responsable de Educación del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y autor del estudio.
«Con el paso de los años, conforme el suceso se aleja, se va olvidando. Entre los adultos hay un deseo de dejar atrás el tema, porque resulta doloroso, pero aún existen localidades donde, aunque ya no se mata, no se logra la normalidad», considera Eduardo Ortiz, profesor de Historia en el colegio Claret Larraona de Pamplona.
Dos décadas después del inicio del desmantelamiento de ETA, Bildu se ha consolidado como el partido preferido por la juventud vasca. Paradójicamente, «los alumnos desconocen quién es Otegi», comenta Pedro Barruso, profesor de Historia del instituto Antonio Machado de Alcalá de Henares (Madrid).

«Tampoco les suenan nombres como Miguel Ángel Blanco, Ortega Lara o Irene Villa», añade Enrique Giménez, profesor de Historia en el instituto Hort de Feliu, en Alginet (Valencia). «El currículo es muy limitado, se hace una referencia pero no se aborda en profundidad el terrorismo ni su relación con el nacionalismo. Depende principalmente de la disposición del profesorado dedicarle más tiempo».
Lanchas, Barruso, Giménez y Ortiz luchan contra el paso del tiempo y el olvido. Integran un colectivo de más de 1.500 docentes que, con iniciativa propia y a pesar de las carencias curriculares y el temor a incomodar, organizan encuentros entre víctimas y alumnos.
Lanchas ha llevado al aula a Koldo San Martín, hijo del guardia civil José San Martín, asesinado en 1992 en Getxo, así como a Antonio Utrera, superviviente de los atentados del 11-M. «Los estudiantes realizan un proyecto de investigación que dura mes y medio y en el que deben entrevistar también a sus abuelos», detalla.
Esta iniciativa también se extiende a otras comunidades, como Madrid, donde el Proyecto de Víctimas Educadoras organiza un encuentro anual para estudiantes de 2º de Bachillerato. «Han participado víctimas de ETA y del 11-M, y me gustaría incorporar a una víctima de la extrema derecha, porque cada vez más jóvenes manifiestan que con Franco se vivía mejor. Después de las sesiones, los alumnos quedan muy impactados. ‘¿Por qué no nos habéis contado esto antes?’, nos preguntan. Muestran gran interés», relata Barruso, donostiarra exiliado en Madrid y amigo del político socialista Fernando Múgica, con quien había quedado a comer el 6 de febrero de 1996, día en que fue asesinado en San Sebastián.

En la Comunidad Valenciana también se emplean unidades didácticas diseñadas por el Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, en colaboración con los ministerios de Interior y Educación. «El momento en que los alumnos escuchan a una víctima es impresionante: quedan profundamente conmovidos. Les cuesta comprender el clima en el que se culpaba a los familiares de las víctimas y les sorprende que haya personas que justifiquen la violencia. Luego, es necesario un seguimiento para que no quede en algo puntual. Dedico entre dos y tres semanas, con tertulias dialógicas», explica Giménez.
Ortiz coordina en Pamplona el proyecto El final de ETA, ¿y ahora qué?, la primera Aula Permanente de la Memoria en España. «Surgió hace cinco años tras preguntar a los alumnos y constatar su desconocimiento sobre la banda terrorista. Les damos la tarea de preguntar en casa para despertar su interés y descubrimos que lo que más les atrae es el aspecto vivido», comenta.
Cada semana, los estudiantes de 4º de la ESO dedican media hora a esta temática y durante el curso entrevistan a un promedio de 15 personas con experiencias directas sobre el terrorismo.
«En esa misma silla han participado 90 protagonistas de la historia española, procedentes de ámbitos políticos, judiciales, policiales o empresariales. Han asistido 35 víctimas, además de Jaime Mayor Oreja, Patxi López, empresarios que tuvieron que abandonar el País Vasco, el responsable de Información de la Guardia Civil en esa región, agentes involucrados en la liberación de Ortega Lara, una decena de personas relacionadas con la izquierda abertzale y un preso de la vía Nanclares. Tengo claro quién actuó bien y quién mal, pero aquí nadie ha venido a hablar de sus ideas políticas, sólo a contar sus vivencias», aclara.
Asegura que los alumnos «conocen poco al principio», pero «acaban convirtiéndose en expertos». «No existen materiales educativos más poderosos que estos: son las vivencias de personas reales. Cuando hablan las víctimas, el silencio se apodera del aula. Eso les transforma».
«¿Qué os ocurrió para que se llegara a esto?», preguntan los estudiantes. También dicen: «Los demás chicos deben conocer lo que pasó», «Nunca imaginamos que hubieran sufrido tanto» o «Este proyecto nos ha hecho salir de nosotros mismos».
«Si todos los jóvenes tuvieran esta experiencia en sus colegios, cambiarían», reflexiona Ortiz. «No habría tantos jóvenes radicalizados».
«Me hacían ‘bullying’ por ser el hijo de Isaías»
El Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo ha formado a 1.500 profesores en la forma de abordar el terrorismo en las aulas, en coordinación con las CCAA –excepto País Vasco y Cataluña– y los ministerios de Interior y Educación. Su informe refleja cómo el acoso no finalizaba con el asesinato, ya que la familia sufría una «doble victimización» por la «hostilidad del entorno». Un ejemplo de ello es el testimonio de Adei Carrasco, hijo de Isaías Carrasco, ex concejal socialista en Mondragón asesinado por ETA en 2008, respecto a su colegio: «Me hacían bullying por ser hijo de Isaías. Me quedé aislado». Tras justificar el atentado, compusieron una canción contra su madre. «La cantaban en clase y el profesor no intervenía».

