Giuliano, hijo de Simeone, afirma que en el Atlético todos deben rendir al máximo y que su padre no le dará privilegios especiales.

Giuliano Simeone, junto a su padre. El extremo del Atlético ha conquistado su lugar en el once rojiblanco pese a las críticas que le atribuyen su presencia al hecho de ser hijo del entrenador.

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Giuliano Simeone ha surgido como una de las revelaciones del Atlético de Madrid, al mismo tiempo que representa el mejor termómetro para medir la presión que rodea al equipo dirigido por su propio padre.

El extremo argentino, hijo de Diego Pablo Simeone, ha demostrado que no recibe privilegios por su apellido, y que la única forma de mantenerse en la élite rojiblanca es estar siempre al máximo nivel.

«Lo conozco muy bien, sé la exigencia que exige a sus jugadores y estoy seguro de que no me va a regalar nada», confesó Giuliano en una entrevista con Cadena SER al ser consultado sobre cómo es tener como entrenador al Cholo.

En lugar de buscar facilidades, el delantero reconoce que su circunstancia le obliga, incluso más, a dar lo máximo: «Sé que todos los futbolistas del Atlético deben esforzarse más del 100%».

En sus palabras existe una clara delimitación entre el vestuario y la familia. «Cuando llegamos a los entrenamientos, en el Cerro del Espino, al cruzar esas puertas él es el técnico y yo un jugador. Y el jugador siempre cumple lo que indica el entrenador», explicó, remarcando que en el trabajo no hay lugar para el hijo, sino solo para el profesional.

Giuliano SImeone celebra el gol ante el Eintracht.

Giuliano SImeone celebra el gol ante el Eintracht. REUTERS

Fuera del campo, la historia cambia: «Fuera de allí es mi padre y me quiere», relató, destacando que la relación personal no disminuye ni un poco la exigencia diaria en el Atlético.

El propio Giuliano admite que lleva desde pequeño conviviendo con la etiqueta de «hijo de». «Cuando jugábamos partidos con 12 años, decían ‘juegas porque eres hijo de tu padre’. Al principio, uno le da muchas vueltas, pero luego se convierte en algo habitual», recordó.

Ahora, ya dentro de la élite, asegura que procura mantenerse al margen del ruido externo: «Te juro que intento alejarme mucho de lo que se dice, me enfoco en mí, en progresar y en mejorar aspectos». Su respuesta se basa en otra vía: trabajo, esfuerzo físico y la convicción de que cada minuto en el campo está merecido.

En ese sentido, su descripción del Cholo como entrenador coincide con la percepción externa: «Es un técnico que demanda mucho, que saca el máximo provecho de sus jugadores y se entrega para mejorarlos. La exigencia en los entrenamientos y en cada partido es difícil de explicar».

En casa, sin embargo, permite momentos más cotidianos, como los que contó entre risas: desayunos donde su padre organiza formaciones con el vaso, los cubiertos y el zumo de naranja mientras repasa vídeos en el iPad.

El vestuario, según Giuliano, también ha contribuido a disipar prejuicios. «El grupo me recibió muy bien. Nunca me trataron diferente como ‘el hijo de’, sino como alguien que podía aportar al equipo», agradeció.

Entre la presión paterna y el respaldo del grupo, el argentino ha hallado su lugar: «Vivo para el Atlético de Madrid y me gusta», llegó a decir, vinculando su espíritu competitivo con la cultura que su padre ha instaurado en el club.

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