Cada cierto tiempo, el INE ajusta la cesta con la que calcula la inflación para reflejar las modificaciones en los patrones de consumo. En las últimas dos décadas, se ha pasado de depender principalmente de lo analógico a vivir casi completamente en el ámbito digital

En el pasado, la medición de la inflación en España se basaba en variables como el coste del alquiler de películas o los ya obsoletos CDs. Sin embargo, en la actualidad, dicho indicador toma en cuenta otros gastos, tales como la suscripción a plataformas digitales como Netflix o HBO, o el dinero destinado a la comida a domicilio. Esto refleja que, durante los últimos 20 años, no solo han cambiado los productos, sino también la manera en que consumimos, nos entretenemos y vivimos cada día.
El Índice de Precios de Consumo (IPC), desarrollado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), se actualiza frecuentemente para representar los hábitos reales de gasto de los hogares. A partir de estas modificaciones, es posible contar otra historia: la de cómo ha evolucionado la sociedad española.
En 2026 vivimos a golpe de clic
Con la última actualización llevada a cabo este año, el INE ha dado un avance considerable hacia la era digital. El IPC ahora incluye categorías que hasta hace poco eran marginales o inexistentes.
Por ejemplo, el streaming ha dejado de ser un concepto implícito para establecerse como una categoría definida. Se han agregado además el envío a domicilio y la comida preparada. Nuevas bebidas como las radler y las alternativas vegetales también aparecen, junto con productos relacionados con hábitos sociales y de salud recientes.
En contraparte, han desaparecido actividades tradicionales como la mercería. Artículos emblemáticos como corbatas o bufandas pierden relevancia en una sociedad donde el consumo textil ha cambiado, impulsado por el comercio en línea y las nuevas tendencias.
La pandemia aceleró el cambio
Previo a esta modificación, el INE renovó la cesta en 2022 para adaptarla a las repercusiones de la pandemia del Covid-19, reflejando con precisión la situación de entonces. En ese año, ingresaron productos impensables años antes, tales como las mascarillas, y se consolidó el consumo digital con la inclusión de suscripciones a la prensa online. Simultáneamente, se eliminaron totalmente los soportes físicos. CD, DVD y reproductores portátiles dejaron de formar parte del índice.
Pero la transformación superó lo tecnológico. Asimismo, se eliminaron servicios tradicionales como zapateros o tintorerías, así como productos vinculados a hogares más clásicos o tradicionales, como la cubertería.
Cuando los ingresos no aumentan al mismo ritmo que los precios: los españoles pierden hasta 1.200 euros de poder de compra por la inflación.
2017, el gran salto al consumo online
Otra etapa decisiva tuvo lugar cinco años antes. Con la base de 2016, aplicada a partir de 2017, el IPC incorporó definitivamente el ámbito digital. Por primera vez, se añadieron servicios de vídeo y música online, junto a los juegos de azar en línea. También se incluyó el café en cápsulas.
Paralelamente, se retiraron productos que hasta entonces eran habituales, como el DVD grabable, las cámaras de vídeo o incluso bebidas como el brandy. De este modo, el ocio y la cultura ganaron presencia, mientras que sectores como el transporte o el vestuario vieron su peso reducido.
Cuando el IPC dejó atrás lo analógico
Sin embargo, mucho antes, a comienzos de la década de 2010, la cesta del IPC aún contenía numerosos elementos de una economía analógica, aunque ya se notaban indicios de los cambios que estaban por venir. Con la actualización de 2011, ingresaron productos considerados en aquel momento como tecnológicos, como discos duros, ordenadores portátiles y tablets. También servicios vinculados al cuidado personal, por ejemplo, la depilación láser o la cirugía estética.
Al mismo tiempo, desaparecieron artículos que durante años dominaron el mercado: los CD grabables y el alquiler de películas. El videoclub, establecimiento que marcó una generación, perdió relevancia estadística, mientras que el consumo digital comenzó a hacerse visible.
De hecho, aunque el IPC se utilice para medir la variación de precios, su composición revela los cambios en el modo de vida. Cada producto que entra en la cesta lo hace porque ha adquirido peso en el gasto de los hogares, y cada artículo que sale lo hace por haber perdido importancia. Detrás de estas modificaciones está el comportamiento de millones de consumidores.

