Pese a que ciertas dinámicas buscan enseñar cortesía, respeto y gestión emocional, pueden provocar el efecto contrario

En la crianza diaria, muchas decisiones que adoptan los adultos se basan en hábitos transmitidos o métodos educativos repetidos generación tras generación. Padres, madres y cuidadores suelen usar expresiones o normas aprendidas en su niñez, convencidos de que constituyen conocimientos fundamentales para desenvolverse socialmente.
Sin embargo, en los últimos años la psicología infantil ha enfocado su atención en cómo ciertas prácticas pedagógicas, aparentemente inofensivas, pueden generar resultados menos favorables de lo esperado. Algunas están tan arraigadas que rara vez se ponen en duda: gestos cotidianos, demandas conductuales o modos de corregir a los niños considerados esenciales para formar respeto, convivencia o disciplina.
Lo que muchos profesionales señalan es que la intención de los adultos, usualmente positiva, no siempre coincide con el impacto real sobre el desarrollo emocional de los pequeños. La forma en que se establecen límites, se gestionan emociones o se manejan relaciones sociales durante la infancia puede repercutir en la autoestima, en la manera de interactuar con otros o en la habilidad para manifestar sus sentimientos.
En este sentido, el psicólogo Javier de Haro (@psicologo_teayudoaeducar en Instagram) detalla en uno de sus videos cinco conductas frecuentes en la crianza que, según indica, es aconsejable reconsiderar. “Cinco cosas muy importantes que no se recomiendan hacer con los hijos. Y la última, tanto para mí como para muchos, será la más difícil”, afirma.

De imponer un saludo con beso al “deja de llorar”
La primera se refiere a una situación muy común en reuniones familiares y sociales. “Primero, obligar a dar besos. Eso no forma respeto, sino complacencia”, sostiene. Para el psicólogo, el problema no radica en enseñar normas básicas de cortesía, sino en imponer una manera específica de expresarlas.
“Saludar es importante, es educación y también les brinda seguridad. Pero no siempre debe ser con un beso si no quieren”, explica. “Muéstrales distintas formas de saludar y respetemos la que elijan, pues así se les comunica que pueden ser educados sin necesidad de sentirse incómodos para agradar a otros”.
Otro caso frecuente ocurre cuando un niño causa molestia o daño a otra persona. Muchos adultos exigen una disculpa inmediata. Sin embargo, De Haro considera que este proceder puede vaciar la sinceridad del acto. “Segundo, forzar a pedir perdón. No fomenta la empatía. El ‘¿qué se dice?’ enseña un perdón que no se siente realmente. Es un ‘perdón automático’. ”
Según su perspectiva, el aprendizaje emocional necesita tiempo. “Antes hay que ayudarlos a entender qué ocurrió y conectar con la emoción, y eso suele requerir esperar a que disminuya la frustración. Desde allí, es más sencillo que se conecten y que su disculpa sirva para reparar daños en lugar de evitar consecuencias”.

La tercera recomendación apunta a otro clásico infantil: compartir juguetes. Aunque se presenta como una enseñanza de generosidad, el psicólogo opina que la imposición puede resultar contraproducente. “No fomenta la generosidad. Esta surge cuando el niño siente que puede elegir. Nadie comparte sinceramente si se siente invadido”.
En lugar de forzar la acción, sugiere cambiar el enfoque comunicativo. “No le hables de lo que el otro quiere, ni le impongas, háblale sobre lo que el otro necesita y pregúntale qué puede hacer para ayudar. Seguro que así te sorprende”.
El manejo del llanto es otro punto donde, según el especialista, los adultos suelen actuar con prisa. “Cuarto, forzar a dejar de llorar. Esto no tranquiliza emociones, sino que las suprime”. Frente a frases comunes como “no llores” o “deja de llorar”, De Haro sostiene una postura diferente: “No se trata de que aprenda a reprimir sus sentimientos, sino a expresarlos contigo. Un buen ‘te entiendo’ o un ‘cómo te sientes’ calma y ayuda más que un ‘deja de llorar’”.
La última recomendación aborda una regla muy extendida en numerosas familias: que los niños no deben responder a los adultos. “Quinto, exigir que no respondan porque a los mayores no se contesta. Esto no enseña respeto, sino silencio o enojo reprimido”.
Para el psicólogo, la clave está en enseñar cómo manifestar desacuerdos. “Claro que pueden responder, pero hay que enseñarles a hacerlo adecuadamente, porque poner límites, ser asertivo y hacerse respetar se aprende desde casa”.
En conjunto, De Haro propone reemplazar la imposición por un acompañamiento consciente del desarrollo emocional. “Validar, comprender, enseñar a detectar necesidades en lugar de posturas, valorando los avances y dando buen ejemplo, son siempre opciones más educativas y recomendables que obligar”.

