El internista José Abellán advierte sobre un perfil de pacientes con múltiples factores de riesgo cardiovascular situados «en el límite» que, aunque no aparentan estar enfermos, pueden terminar sufriendo infartos o ictus
José Abellán Alemán, experto en medicina interna, ha identificado durante años un patrón recurrente: pacientes que «no están enfermos», que no encajan en diagnósticos claros, pero que al final engrosan las cifras de infartos e ictus.
Como director de la Cátedra de Riesgo Cardiovascular en la Universidad Católica de Murcia, lo describe a El Confidencial como una situación frecuente: “El paciente regresa reiteradamente a consulta, pero nadie le prescribe tratamiento porque ‘no reúne criterios para medicación’”. Estos casos, con una clara “inercia terapéutica en consulta”, no reciben atención hasta que el riesgo “realmente” se manifiesta.
De esta experiencia surge un término con base literaria y clínica seria: el síndrome de Gulliver, que sirve para identificar a personas que suman varios “hilos” de riesgo cardiovascular, aparentemente leves, pero capaces de inmovilizar el corazón como en el relato de Jonathan Swift.
Este concepto, desarrollado junto a otros profesionales, ha sido ya establecido en la literatura científica como un marco clínico que describe la coexistencia de múltiples factores de riesgo ligeramente elevados, que en conjunto aumentan significativamente el riesgo total, aunque individualmente no alcancen el umbral definido como “enfermedad”.
Durante su reciente participación en el Congreso de los Diputados en el evento Estilo de vida saludable para la salud en España, el especialista subrayó que buscan transformar el paradigma actual, promoviendo intervenciones tempranas, antes de que surja un diagnóstico definitivo y cuando aún hay margen para prevenir.
¿Quién tiene mayor riesgo de padecerlo?
Según los datos preliminares disponibles, estiman una prevalencia aproximada del 2% en la población española. Sin embargo, Abellán aclara que este porcentaje podría ser el inicio, ya que su equipo impulsa un estudio de detección “oportunista” en consultas de atención primaria y hospitalaria, con un seguimiento longitudinal.
Por esta razón, amplia el rango: “En ciertas condiciones, la prevalencia podría alcanzar el 4-5%”. Aunque sea un porcentaje bajo, representa una cifra preocupante porque se trata de personas que circulan por el sistema sanitario sin signos clínicos evidentes, pese a acumular un riesgo cardiovascular significativo.
Este síndrome no se manifiesta en pacientes típicos de “alto riesgo” con diagnósticos claros, sino en perfiles más sutiles, ubicados en la edad media, etapa en la que la prevención resulta más rentable.
“Nos enfocamos en edades comprendidas entre los 40 y 65 años”, comenta Abellán. Se trata de individuos que suelen sentirse razonablemente sanos, sin diagnósticos formales como hipertensión, diabetes u obesidad, pero que empiezan a acumular desviaciones pequeñas.
Aquí destaca otro punto clave del médico: la naturaleza silenciosa de estas alteraciones. Muchas no causan dolor ni síntomas evidentes. La hipertensión es considerada el “asesino silencioso”. Su recomendación práctica es que, a partir de los 40 años, se debe medir la tensión arterial y realizar análisis básicos de glucosa y lípidos, “porque lo que no se mide, no se detecta”.
Los cuatro «hilos» que atan con fuerza y sus síntomas
“El síndrome se manifiesta cuando coinciden cuatro condiciones limítrofes que, individualmente, suelen ser minimizadas”, expone Abellán. Estas son:
- Tensión arterial en rango limítrofe (hipertensión borderline).
- Glucosa en sangre en valores limítrofes (no normal, pero tampoco “patológica”).
- Sobrepeso y/o acumulación abdominal también en margen alto (perímetro de cintura elevado sin obesidad clara).
- Alteración lipídica igualmente limítrofe (colesterol y triglicéridos en el borde del rango normal).
La definición científica establece que el síndrome se caracteriza por la presencia simultánea de al menos cuatro factores en rangos borderline y enfatiza el carácter continuo (ausencia de límites rígidos) del riesgo aterosclerótico, señala.
Respecto a los síntomas, reside la dificultad, ya que generalmente no existen o no son reconocidos por el paciente como relacionados al corazón. Por eso, el principal peligro radica en que el primer “síntoma” pueda ser un evento cardiovascular. “Individuos aparentemente sanos pueden sufrir infartos sin que hubiera señales clínicas previas evidentes”, ilustra.
Lo que sí es posible monitorear antes de que ocurra un evento son los marcadores (tensión, glucosa, perímetro abdominal, lípidos) y, en algunos casos, los hábitos acompañantes que incrementan el riesgo (sedentarismo, tabaquismo, malos patrones de descanso, estrés).
El riesgo cardiovascular funciona de manera integrada: presión arterial, glucosa, grasa abdominal y lípidos no actúan aisladamente. Se potencian mutuamente sobre sustratos biológicos (inflamación, disfunción endotelial, progresión aterosclerótica). Por eso, el artículo subraya que estas pequeñas desviaciones, cuando coexisten, pueden tener un efecto sinérgico que evade los umbrales clásicos de las guías. La clave es que varias cifras “ligeramente elevadas” simultáneamente dejan de ser insignificantes. Abellán lo sintetiza con una metáfora apropiada para el público: hilos finos que, sumados, pueden inmovilizar.

