Razones detrás de sabotear la estabilidad justo al alcanzarla

Un libro reciente analiza las crisis de los 30, 40 y 50 años y ofrece un mapa emocional para comprender nuestra montaña rusa cotidiana

Por Adrián Torres

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La crisis de los 30 surge porque “no alcanzo a todo”. La de los 40 aparece al pensar “esta vida no es la que esperaba”. La de los 50 asoma con el cuestionamiento “si no cambio ahora, ¿cuándo?”. En una época en la que se habla más que nunca sobre salud mental, muchas personas aún sienten que, una vez alcanzada cierta estabilidad, algo interno activa el botón de autodestrucción. Se busca la calma… pero cuando llega, se sabotea.

De esta paradoja nace El arte de complicarnos la vida, de Estefanía Fernández Martínez y Eduardo Lazcano de Rojas, un libro que invita a enfrentar esa “estabilidad inestable” que caracteriza nuestra existencia. Los autores plantean una perspectiva incómoda pero liberadora: no complicamos la vida por torpeza, sino porque detrás de cada giro inesperado hay una lógica emocional, biológica y narrativa.

La lógica detrás del autosabotaje

En lugar de prometer una felicidad permanente, el libro describe un ciclo entre Paz y Pasión que se repite en todas las áreas que nos importan: trabajo, amor, familia, salud y proyectos personales. Cuatro fases —evasión, efusión, inhibición y estabilización— se alternan constantemente en forma de “estaciones emocionales”: se busca intensidad para superar el aburrimiento, se frena cuando nos excedemos, se reconstruye tras las caídas y, al alcanzar la calma, surge de nuevo la necesidad de movimiento.

La obra vincula esta montaña rusa diaria con conceptos de neurociencia, filosofía y psicología: la dopamina que impulsa a la novedad, el cortisol vinculado a la incertidumbre, la búsqueda de sentido en nuestras acciones y un cerebro diseñado para conservar energía y, a la vez, perseguir contrastes. Esto explica por qué la felicidad no es un estado constante, sino la conjunción de momentos buenos y malos que, vistos en conjunto, forman un relato con sentido.

El “bien-estar” como proceso, no como destino

Otro punto central del libro es la noción de “bien-estar”, escrita con guion para resaltar que no es un estado perpetuo, sino pasajero: estar bien… durante un tiempo. Luego, cambiar.

El bien-estar no es un ideal abstracto ni una meta definitiva que se alcanza para mantenerse. Es la suma de múltiples ciclos que ocurren simultáneamente en la vida. Puede que en el trabajo todo funcione mientras la relación de pareja enfrenta dificultades. O que la salud se mantenga fuerte mientras la autoestima flaquea.

Estar bien no implica que todo esté bien. Significa que, dentro de un equilibrio dinámico, unas áreas sostienen a otras. Que el bienestar es una conversación constante entre las distintas partes que conforman la vida.

El libro describe perfiles reconocibles —el apasionado que vive de la intensidad, el burnout marcado por la apatía, el aburrido que se refugia en la calma, el perdido que no sabe quién es— para que el lector se identifique sin etiquetas clínicas ni juicios morales.

También cuestiona el mito de la normalidad. Según Fernández y Lazcano, “lo normal” suele ser el patrón de otros: la vida se ha ido definiendo, muchas veces sin tener conciencia, por los modelos de padres, amigos, series o redes sociales. En un mundo hecho de parches y soluciones temporales, pretender una trayectoria perfectamente coherente resulta casi antinatural. La verdadera riqueza, afirman, radica en el patchwork: en esa combinación de decisiones inusuales, fracasos y aciertos que, con el paso del tiempo, conforman la identidad.

Más que ofrecer respuestas definitivas, El arte de complicarnos la vida funciona como una brújula: un mapa para descubrir en qué fase del ciclo se encuentra cada persona, entender por qué sabotea la estabilidad al alcanzarla, qué historias se repite, dónde se engaña y a qué nuevas montañas rusas desea —o no— subirse.

Tal vez el problema no sea complicarse la vida, sino hacerlo sin comprender las razones.

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