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Información del artículo
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- Autor, Michelle Spear
- Título del autor, The Conversation*
- 24 febrero 2026
- Tiempo de lectura: 5 min
No recuerdo haberme reído tanto en un acto religioso como aquella vez en la que algo sutilmente absurdo llamó mi atención. Mi amiga lo percibió también y, al comenzar a reírse, ya no pudo detenerse. Años después, intenté describir qué era tan divertido, pero parece que solo se entiende estando allí. ¿Qué tenía esa mezcla entre la situación —conocida a veces como “risas de iglesia”— y la risa compartida que la hacía tan cómica?
La mayoría de personas reconocen esta experiencia. Un entorno solemne. Silencio absoluto. Un detalle visual breve que, en otro contexto, apenas provocaría una ligera sonrisa. Sin embargo, mientras más se intenta contener la risa, más fuera de control se vuelve. Y cuando alguien más también la nota, resistirse a ella se vuelve casi imposible.
Esta forma de risa, que emerge cuando se hace el esfuerzo de no reír, no es exclusiva de espacios religiosos. Sucede en ambientes donde el silencio, la seriedad y el autocontrol son estrictamente exigidos y las carcajadas desbordadas se consideran inapropiadas.
Más que una prueba de falta de educación o inmadurez emocional, revela cómo reacciona el cerebro bajo presión. La base científica detrás de este fenómeno es bastante compleja.
En contextos formales (iglesias, tribunales, funerales), el cerebro opera en un modo de inhibición activa. Este proceso implica que el cerebro reprime deliberadamente ciertas actividades neuronales.
La estructura principal implicada es la corteza prefrontal, localizada en la parte frontal del cerebro, especialmente en sus zonas medial y lateral. Estas áreas regulan el juicio social, controlan el comportamiento y modulan las emociones.
Esta zona cerebral no bloquea la aparición de emociones, sino que se encarga de limitar su expresión externa.
El origen de la risa
La risa no nace de una única área en el cerebro, sino de una red que se extiende por varias regiones. La señal inicial surge en las zonas corticales externas, mientras que el componente emocional proviene de estructuras profundas del sistema límbico, el centro de procesamiento emocional del cerebro.
El sistema límbico incluye la amígdala, una estructura con forma de almendra encargada de procesar las emociones y asignarles relevancia, así como el hipotálamo, que regula funciones automáticas como la frecuencia cardíaca y la respiración.
Al liberarse la risa, los circuitos del tronco encefálico —situado en la base del cerebro y conectado con la médula espinal— asumen el control y coordinan la expresión facial, la respiración y los sonidos vocales.

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Este mecanismo impide que la risa se detenga voluntariamente con facilidad. Normalmente, la corteza prefrontal controla esta reacción suprimiendo la risa en situaciones donde socialmente no es apropiada.
Cuando ese control disminuye debido a una excitación elevada o a señales sociales compartidas, la risa emerge como un comportamiento automático, casi reflejo, perdiendo su carácter consciente.
Es decir, el impulso a reír y el intento de contenerse provienen de áreas cerebrales distintas que entran en conflicto.
Al percibir algo inesperado o extraño, la reacción emocional se activa de forma rápida y automática. Mantener ese control exige esfuerzo, consume energía y suele ser infructuoso, sobre todo si debe sostenerse por largos períodos.
Cuanto más firme sea el intento por reprimirla, más activa permanece la causa en tu atención. Reprimir la risa no elimina el pensamiento; al contrario, lo mantiene vivo.
Liberar tensiones
La risa no solo es una respuesta al humor, sino también un reflejo neurobiológico regulador: una vía para liberar tensión emocional y física.
En ambientes restrictivos, el sistema nervioso dispone de pocas formas para liberar esa tensión. No es posible moverse libremente, hablar, cambiar la postura ni manifestar incomodidad.
Al mismo tiempo, el sistema nervioso autónomo se activa levemente. El ritmo cardíaco se acelera, la respiración se vuelve más superficial y aumenta el tono muscular.
Esta combinación reduce el umbral para liberar emociones. El cuerpo se prepara para expulsar esa tensión.
Cuando la risa activa los circuitos motores automáticos del tronco encefálico, resulta difícil detenerla. Por ello, una vez desencadenada, la risa suele sentirse como incontrolable desde el plano físico.
En ese momento, ya no se está “decidiendo” reír; el sistema ha tomado el mando y la persona queda sin capacidad para detenerse.
Para muchas personas, el punto crítico no es el estímulo original sino cuando alguien más lo detecta.
Aquí entra en juego la neurobiología social. Los humanos somos muy receptivos a señales sociales sutiles: expresiones faciales tensas, cambios en la respiración, sonrisas contenidas.
Estas señales se procesan con rapidez a través de redes que incluyen el surco temporal superior, una ranura a lo largo del lateral cerebral fundamental para interpretar a otras personas.
Las neuronas espejo, células cerebrales que se activan tanto cuando se actúa como al observar el comportamiento ajeno, también facilitan la percepción de estas señales.

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Reír en grupo representa un alineamiento emocional común. Esta percepción compartida cumple dos funciones simultáneas. Valida la propia respuesta (no es producto de la imaginación) y reduce la sensación de infringir normas en soledad (ya no se reprime individualmente).
El sistema prefrontal encargado del control se ve aún más debilitado, permitiendo que la risa se propague por contagio emocional.
En ese momento, el estímulo original pierde relevancia. Se ríe de la otra persona y de lo absurdo que es el intento de conservar el control.
Estas situaciones suelen arrancar por un estímulo visual, aunque también puede ser una palabra pronunciada erróneamente o una frase inesperada la que provoque la reacción.
No obstante, los impulsos visuales tienen un efecto especialmente potente en entornos silenciosos, porque no se pueden interrumpir ni disimular, y el cerebro tiende a reproducirlos mientras la inhibición se mantenga.
En contraste, los estímulos verbales suelen compartirse al instante. La aparición de la risa dependerá de lo rápido que se restablezca la inhibición social.
La risa “inapropiada” frecuentemente se interpreta como una falta de respeto o inmadurez. Sin embargo, desde la neurociencia, es una reacción esperable ante un periodo prolongado de inhibición emocional en una especie social.
El cerebro no está preparado para una represión continua sin ningún tipo de liberación. Cuando la inhibición alcanza su límite y hay otros presentes, la risa emerge como una válvula de escape. Por eso resulta tan difícil detenerla.
*Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia creative commons. Haz clic aquí para leer la versión original (en inglés).
*Michelle Spear es profesora de Anatomía, Universidad de Bristol, Reino Unido.

