Resulta frustrante que en otros países no comprendan por qué muchos venezolanos se fueron, a pesar de que los extrañamos y deseamos regresar.

Arianna de Souza-García mira a la cámara. Es una mujer de cabello rizado y oscuro, con camiseta negra, situada frente a un fondo azul oscuro.

Fuente de la imagen, Andrés Galeano

    • Autor, Diana Massis
    • Título del autor, BBC News Mundo @HayFestivalCartagena
  • 6 febrero 2026
  • Tiempo de lectura: 12 min

Forma parte de los casi 9 millones de venezolanos establecidos fuera de su territorio. Hace una década que la dejó, el mismo tiempo que tiene su hijo, quien comenzó su exilio siendo apenas un bebé.

Arianna de Sousa-García renunció a su puesto como periodista en el diario El Tiempo y se despidió de Puerto La Cruz, su ciudad natal. Abandonó a colegas, amigos, abuelos y familiares; su trayectoria profesional y el Caribe. Partió hacia Chile con sentimientos encontrados de tristeza y esperanza.

Convertida en inmigrante, sintió la necesidad de preservar la memoria y explicarle a su hijo lo ocurrido, narrarle su historia, que también representa la de muchos más.

De esa forma, De Sousa-García inició la escritura de "Atrás queda la tierra".

Compartimos aquí un fragmento de ese libro:

"Las estadísticas más aceptadas indican que hay 2.477.588 venezolanos en Colombia, 1.506.368 en Perú, 545.200 en Estados Unidos, 502.214 en Ecuador y 444.423 en Chile. Sin embargo, hoy sabemos que esos números suelen quedarse cortos. Los destinos siguientes en popularidad incluyen España, Brasil, Argentina, Panamá y República Dominicana. La evidencia muestra claramente que emigramos hacia donde nos fue posible, donde los pies nos llevaron, donde hubo contactos o alcanzó el dinero.

No obstante, tienen la osadía de calificarnos de fascistas con sorprendente facilidad, ofreciendo discursos ideológicos desde sus barrios con agua y electricidad, con refrigeradores llenos, y, por supuesto, diciéndoles a estos jóvenes pobres bananeros lo que deberíamos haber hecho.

Pero tú no bajes la cabeza, no apartes la mirada, no te rindas frente a la ignorancia ni al horror."

La autora, narradora, poeta y cronista, quien participó en la programación del Hay Festival de Cartagena, ofrece una visión cruda sobre la diáspora venezolana, pero también nos introduce en la intimidad de contarle a su hijo qué es Venezuela, el país donde nació pero que él no llegó a conocer.

Peaje fronterizo iluminado de noche con el letrero “Venezuela”, mientras varios autos avanzan hacia los puestos de control.

Fuente de la imagen, NurPhoto vía Getty Images

En 2016 existía una crisis en el suministro energético y alimentario en Venezuela. A pesar de trabajar como periodista en el lugar que amaba, fue tu hijo quien te impulsó a irte. ¿Cómo enfrentaste ese paso?

Nos encontrábamos en un momento histórico de crisis severa. Cada día era más complicado alimentarlo. Él se beneficiaba de la lactancia materna, pero cuando yo tenía problemas para alimentarlo, yo comía aún peor, lo que provocaba que la producción de leche disminuyera. Fue, en realidad, un acto de amor.

En relación a mi trabajo, también sucedieron cosas; por esos meses publiqué un reportaje sobre la cadena de distribución de alimentos conocida como CLAP: una caja con alimentos que proveía el gobierno, pero con varias condiciones, empezando porque no debías ser opositor para recibir estos productos escasos en el mercado, pues estaban regulados.

Esto generó una amenaza implícita; al día siguiente, había patrullas frente al diario. Entré casi corriendo y mi editor me tranquilizó, asegurándome que todo estaría bien. Sin embargo, al llegar a casa encontré otra patrulla, y mi hijo estaba allí.

Comprendí que era también una amenaza directa hacia él y entendí que debía sacarlo. Mi labor interfería con su vida y desarrollo.

Mi hermana ya había emigrado y mi madre estaba a punto de hacerlo, pero me dijo: ¿quieres irte tú? Con gusto les compraré el boleto y luego veré cómo me organizo; el dinero provenía de la venta de nuestras pertenencias, el refrigerador, la cocina, nuestras camas.

Lo tomé con pesar, pensando solo en él, sin dejar de sentir el fuerte dolor de interrumpir mi vida para preservar el futuro de mis hijos, porque sabía que no guardaría silencio y continuaría trabajando, aunque eso también me ha dado un poco de serenidad.

Definiste «Atrás queda la tierra» con tres palabras: desarraigo, empeño y enojo. ¿Podrías explicarlas?

El libro intenta no soltar el país ni la vocación; sentía intensamente la distancia, esa separación entre Venezuela y yo, por eso el desarraigo, por el esfuerzo extremo de estar presente donde en realidad no estás; por lo imposible que fue asistir al funeral de mi abuelo.

Escribirlo fue el medio para estar en esos lugares y con esas personas con quienes deseaba compartir ese momento, ahí está el empeño. Es un ejercicio desafiante que exige persistencia; ser vulnerable y a la vez resistente, ceder para no quebrarse.

El dolor y la ira están estrechamente ligados: me enojo y lloro. No solo hay resentimiento hacia quienes gobernaron, sino también rabia por abandonar lo construido, a mi familia y venir a un lugar desconocido.

Refugiados venezolanos caminan tras cruzar la frontera entre Venezuela y Brasil en la ciudad de Pacaraima, estado de Roraima, Brasil, el 13 de septiembre de 2024.

Fuente de la imagen, AFP vía Getty Images

El enojo se debe a todo lo que hemos vivido en el mundo; al fuerte estigma que arrastramos, los malentendidos, la comunicación deficiente, además de los prejuicios que existen hacia los migrantes venezolanos. Desde la percepción física hasta casos delicados como la existencia de bandas como el Tren de Aragua.

Está cargado de ira y propone que sea compartido; aquí nos enojaremos todos. Mi necesidad era que los otros comprendieran, acompañaran y para ello tenía que formar parte del “nosotros”.

¿Por qué decidiste escribirlo en forma de carta dirigida a tu hijo?

El mensaje es para él, pero también fue escrito para todos los niños que crecen lejos, en países nuevos, y eso permitía dirigirme a cualquier lector sin conocimientos del contexto venezolano.

Mediante esta carta, pude finalmente dialogar con el otro; fue una gran alegría, porque es difícil hablar cuando la primera pregunta es: "¿De verdad pasaron hambre?". Es complicado responder de inmediato porque duele profundamente.

Este proyecto que comenzó con la intención de explicarle a mi hijo, de meses, por qué creció lejos de sus abuelos resultó ser una llave esencial que justificó absolutamente todo el esfuerzo, empeño y enojo.

Portada del libro “Atrás queda la tierra” de Arianna de Sousa‑García, sobre una fotografía en blanco y negro de dos personas sosteniendo una larga tela frente a un paisaje abierto.

Fuente de la imagen, Seix Barral

Además de tu historia personal, incluyes relatos de migración: madres, "que son casas, canguros, escudos, fuentes, mantas, madres camas, madres termómetro, madres búho" que cargan con sus hijos; niños que murieron en el trayecto, padres deportados, viajes interrumpidos. ¿Por qué las documentas?

La tragedia fue tan vasta que las cifras empezaron a reemplazar la identidad de las personas. Para conocer los nombres, debía revisar cuatro o cinco medios.

En lo que respecta a la vida y la muerte, lo mínimo que podemos darle a alguien es su identidad; para quien emigra forzado es tal vez el derecho más vulnerado, por eso era esencial tener ese gesto.

Además, en la experiencia venezolana las noticias desaparecen: los archivos en portales web se borran, se queman, se inundan o se pierden; hemos quedado sin historia, por lo que un libro resulta un soporte ideal, más duradero y acogedor.

Mencionas que tu padre era militante y que muchas personas que salieron entre 2014 y 2016 eran descendientes de chavistas; las familias se fragmentan, ¿cómo explicas esto a tu hijo?

No lo explico directamente, pero él lo percibe. Solo hablamos en Navidad y en su cumpleaños con mi padre. No se lo digo porque espero que en algún momento nuestra situación y relación cambien.

También presencia los esfuerzos por hacer videollamadas con sus abuelos, para mantener esa conexión. Eso siempre ha formado parte de su vida, es su realidad y quizás me pesa más a mí que a él.

Sin embargo, le hablo mucho sobre nuestro pasado, quiénes éramos, y sus pocas oportunidades de reunirse con familiares le han generado una gran alegría.

Es conmovedor, pues León es íntegro y sólido, y cuando ve a una persona a la que no ha visto desde que tenía siete meses, se emociona hasta llorar.

Niños jugando con una pelota en un área de arena junto a carpas, con un letrero fronterizo de Chile al fondo.

Fuente de la imagen, AFP vía Getty Images

Le dices en el libro: "Temo que el Caribe te deje a medida que tú vayas olvidándolo, que se te apaguen los colores, que te me quedes gris en este mundo feroz". ¿Es un temor a que pierda sus raíces?

Esa frase dura que escribí hace años se relaciona con el concreto de las grandes ciudades, con el concreto de Santiago, con las instituciones y la lentitud. Pienso en la frialdad más que en las personas.

Actualmente resido en el norte; Iquique es un lugar maravilloso y multicolor. También el sur ha sido amable y cálido. Cada vez que visito Valdivia, siento que estoy con familia.

Ha sido hermoso descubrir que eso fue una generalización, un prejuicio, un dolor personal. Pudimos viajar, visitamos el Caribe colombiano, San Andrés, y me percaté de que, sin importar los años que pasen, él no perderá nada.

Éramos como peces, él también. Fue muy grato verlo tan libre, extrovertido, alegre y juguetón.

En Iquique, su comportamiento espontáneo también se ha manifestado, lo que me tomó por sorpresa, dado que en el libro se relatan episodios duros sobre esta ciudad.

Claro, porque es la entrada de múltiples inmigrantes, lugar donde han ocurrido protestas, maltrato y discriminación. ¿Cómo lo has experimentado?

Aunque estamos en la frontera, no es un espacio conflictivo. Recuerdo que el primer día llegué llorando de alegría porque la gente me trataba como vecina, preguntaba por mi familia, cuándo había llegado, en el supermercado, en el ascensor.

Llevo seis meses acá y siento un cariño enorme; me recordó aquella calidez y fraternidad, el conversar sin importar el origen. La pregunta inicial nunca ha sido: ¿de dónde eres?

Creo que eso se debe a la historia y multiculturalidad del lugar.

Un pasaporte venezolano delante de un panel que indica destinos de viaje en una terminal de pasajeros.

Fuente de la imagen, Getty Images

Al referirte a los prejuicios contra los inmigrantes venezolanos, comentas: "… tienen la desfachatez de llamarnos fascistas con una facilidad deslumbrante y darnos discursos ideológicos desde sus barrios con agua y luz..". ¿Cómo es el trato en los países que los reciben?

Esto tiene una vigencia enorme, pues luego del Premio Nobel a María Corina, ahora todos somos tachados de fascistas por celebrar.

Nos dimos cuenta de que la raíz es la comodidad; es muy sencillo juzgar cuando uno tiene sus necesidades satisfechas y vive seguro, pero es difícil ponerse en los zapatos del otro.

Aun hoy somos interpretados de esa manera, y parece que esa idea ha aumentado.

Es desmoralizador que otros no puedan entender por qué tanta gente se fue de su país aunque lo extrañen y quieran regresar.

Cuando Latinoamérica nos reconozca no sólo como individuos que huyeron de un modelo, sino como personas que merecen vivir, se podrá avanzar en resolver este gran problema regional.

¿Cómo has vivido la noticia de la captura de Maduro?

Ha sido una vivencia muy corporal, y es lo que trato de defender, no solo para mí, sino para todos. Es imposible que un venezolano no sienta alivio o incluso alegría al ver que Maduro recibe algo de lo que hemos tenido nosotros todos estos años, pues al menos él recibe comida, lo sacan al sol y le informan sus derechos.

Las condiciones no son óptimas ni tranquilizadoras; es un proceso agridulce, como todo en nuestra historia reciente, acompañado de ansiedad y incertidumbre sobre el futuro.

No es la primera vez que alguien se beneficia de nuestros recursos y por eso varios de mis compatriotas la han dejado en un segundo plano, pero es parte de sentir que finalmente algo podría cambiar.

Las reacciones han sido intensas y duele que no se comprenda el contexto para sentirse aliviado o incluso celebrar algo así.

Arianna de Souza-García vistiendo una chaqueta holgada de color gris; está de pie bajo un techo moderno con paneles oscuros y luces tenues, frente a un fondo interior con un rectángulo iluminado.

Fuente de la imagen, Andrés Galeano

Los defiendo; me he dedicado estos días a explicar los antecedentes necesarios para entenderlo. La gente sale a celebrar la captura de un dictador, no una intervención o injerencia, aunque lamentablemente en nuestro caso estos hechos estén vinculados.

Nos levantamos a las seis ese día con una llamada familiar, y solo pude abrazarlos y hacer tres saltos en silencio, nada más.

Muchos continúan con familiares en Venezuela; para ellos esta emoción es intensa y les acerca. Mi familia está dispersa por el mundo, lo que nos permite vivirlo de forma diferente y con tranquilidad, sabiendo que nuestros seres queridos están afuera; no todos gozan de esta ventaja.

Quizás celebraré de verdad cuando todos seamos libres, pero antes me cuesta mucho experimentar esa alegría por completo.

Estados Unidos ha asumido el control y Trump afirma que la transición será un proceso largo…

Nunca pensé que sería rápido; con o sin Trump, nos llevará mucho tiempo. Claro que duele que alguien tan descarado, manipulador y evidentemente fascista tenga la voz predominante sobre nuestro país. Es una tristeza inmensa.

Nuestra historia ha sido atravesada por individuos poderosos intentando apropiarse de recursos y territorio. Esto ocurrió antes con el petróleo, y previamente con el caucho.

Lo veo como una continuidad de la lucha histórica de Venezuela que no ha cesado. Mi mayor esperanza es que se respete la vida de los civiles, es lo que pienso constantemente y lo que más me preocupa.

Grupo de personas caminando por una carretera desértica en una zona árida, avanzando en dirección a una larga pendiente asfaltada.

Fuente de la imagen, AFP vía Getty Images

Tu hijo dice que se siente "multipaíses, con muchos acentos y muchas experiencias por vivir". ¿Qué esperas para su futuro?

Solo deseo que viva tranquilo y feliz con sus decisiones.

Cuando trabajaba de librera, conocí gente exiliada de la dictadura chilena en Venezuela; personas que se radicaron en el oriente, mi lugar de origen. Me parecía una coincidencia significativa y me revelaban algo que ahora veo en León: prefieren quedarse en los países donde crecieron, ya que para ellos es su hogar. Y me parece algo válido.

Los padres vuelven, los hijos permanecen; es una vida de idas y venidas. Es algo que uno nunca supera del todo, pero al recordar por qué partimos, finalmente vale la pena. Se trata de la felicidad y plenitud de sus vidas en un lugar donde se sientan seguros.

¿Y tú tienes intención de regresar y vivir esa vida de ir y venir?

Mucho, deseo volver, pero aún no he regresado ni de visita. Me pesa mucho, aunque no lo he hecho porque ¿qué ocurriría con él si yo me iba y lo dejaban acá?

Tengo un gran deseo de contribuir a la reconstrucción de Venezuela, siento mucha necesidad en eso. Levantar el país y su gente. No hablo de ánimo, porque tenemos un carácter profundamente festivo que nos ha sostenido estos años, sino de lectura, escritura y educación.

Planeo ir y volver, lo pienso a diario, hablo con mi pareja, quien es chileno, y con mis otros hijos, quienes también son chilenos, porque debemos ir adaptándonos a la idea de esa vida de ida y vuelta.

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