Herenciocracia: влияние родительского капитала на ваш финансовый успех сегодня

Los menores de 45 tienen más posibilidades de adquirir casa a través de sus padres que de sus trabajos, según la autora del libro "Herienciocracia".

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    • Autor, Lewis Vickers, Anna Budd
    • Título del autor, Productores, Radical*
    • Autor, Amol Rajan
    • Título del autor, Presentador, Radical*

    • Autor,
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 10 febrero 2026
  • Tiempo de lectura: 9 min

La historiadora británica Eliza Filby relata que, cada vez que es invitada a dar una charla en alguna empresa, comienza explicando a los empleadores un aspecto que considera fundamental para comprender la dinámica de los entornos laborales actuales.

«¿Eres consciente de que los empleados hoy en día, menores de 45 años, tienen mayores probabilidades de comprar una vivienda gracias a la lealtad a sus padres que a su jefe?».

Filby es autora del libro Inheritocracy: It’s Time to Talk About the Bank of Mum and Dad («Herenciocracia: es hora de hablar del banco de papá y mamá»), un bestseller en Reino Unido donde examina cómo las fortunas acumuladas por una generación específica —la del Baby Boom, nacidos entre 1946 y 1964— han condicionado el sistema económico en que las generaciones posteriores han debido desenvolverse.

“Herenciocracia es un título escogido para provocar de manera deliberada”, comentó la autora a Amol Rajan, presentador del pódcast de la BBC Radical.

“Es el reverso de la meritocracia, la creencia en que el esfuerzo personal conduce a logros y oportunidades”.

Agregó: “La herenciocracia se basa en una sociedad donde no importa lo que ganes o aprendas, sino si tienes acceso al banco de mamá y papá, que define tus oportunidades, tu red de seguridad y tu plataforma para la adultez”.

Filby sostiene que este fenómeno tiene un impacto considerable en las vidas de las generaciones X —nacidos entre 1965 y 1980— y millennial —1981 a 1996—, y que probablemente seguirá extendiéndose a las generaciones Z —1997 a 2012— y alfa —2013 a 2024— en el futuro.

Meritocracia

Un hombre, posiblemente un baby boomer, sentado en su oficina con gafas de marco negro, un cuello tortuga negro, una chaqueta gris. Tiene las manos sobre las piernas.

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Filby recordó que el término meritocracia fue concebido inicialmente como una advertencia.

El sociólogo británico Michael Young lo acuñó en 1958, no como una aspiración, sino en tono satírico.

En su obra The Rise of the Meritocracy («El auge de la meritocracia»), Young describía una sociedad donde el éxito se legitimaba moralmente por talento y esfuerzo, mientras que el fracaso recaía exclusivamente en la responsabilidad individual.

Con el paso del tiempo, la ironía se perdió y el término se empezó a usar como elogio.

Para Filby, esta confusión es esencial para entender la frustración generacional actual.

“La creencia de que el trabajo arduo debería ser recompensado es clave para cualquier democracia”, expresó en el pódcast.

“El problema es que hemos reducido el mérito a aprobar exámenes, obtener títulos y seguir un único camino educativo”.

En parte, explicó, la idea de mérito se difundió entre los boomers porque les favoreció a muchos.

Fue una época en que era frecuente encontrar historias de personas que se independizaban jóvenes y, mediante estudios superiores, podían construir un futuro propio.

No obstante, Filby señala que las verdaderas causas por las que este camino funcionó tan bien para los baby boomers tienen menos que ver con el mérito y más con las particularidades singulares del mundo de la posguerra: un crecimiento económico sostenido impulsado por la delicada pero duradera “paz” originada en la Guerra Fría.

Con mayores ingresos, los gobiernos buscaron mecanismos para democratizar las oportunidades para jóvenes rurales o de clase trabajadora, encontrando un recorrido en la educación superior.

Filby reconoce que la intención fue positiva y que, cultural y socialmente, la expansión universitaria tuvo impactos reales.

Sin embargo, sostiene que a partir de los años 90 esta dinámica promovió una narrativa única sobre el éxito —estudiar, graduarse y obtener una carrera estable— sin que existiera un sistema que asegurara ese éxito a todos los universitarios.

“El problema”, explicó la autora, “es que armamos un sistema en el que el 50% de las personas carecía de una ruta alternativa clara hacia una vida segura”.

Para muchos jóvenes, no ingresar a la universidad dejó de ser una opción válida.

Y para quienes sí accedieron, el valor económico del título comenzó a disminuir mientras aumentaba el costo para obtenerlo.

Una gran graduación del Morgan State College, en Baltimore en 1949.

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El resultado fue una generación endeudada para acceder a una promesa que ya no ofrecía estabilidad.

En muchos casos, los más perjudicados fueron jóvenes de entornos modestos, motivados por la aspiración de ganar más dinero para ayudar a sus familias.

Filby afirma que el sistema no colapsó solo por causas económicas, sino por su rigidez.

Fue construido en torno a una visión limitada de lo que constituye inteligencia y éxito, heredada del siglo XIX, cuando la economía y la tecnología atravesaban transformaciones radicales.

La autora indica que esta rigidez se vuelve aún más preocupante en una etapa en la que la inteligencia artificial amenaza incluso trabajos administrativos.

“La educación no puede terminar a los 21 años”, manifestó. “Y no puede depender exclusivamente de los individuos”.

“Durante décadas, las empresas externalizaron la formación a las universidades. Antes se aprendía en el trabajo; ahora las compañías esperan empleados ‘listos’ y destinan muy poco a su capacitación”.

El banco de mamá y papá

Um padre y un hijo miran un computador juntos, sentados en la cocina.

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Frente a la realidad actual, Filby afirma que el “banco de mamá y papá” se ha convertido en una fuente más confiable de estabilidad que el trabajo mismo, y esto está alterando las dinámicas en diversos ámbitos sociales.

No obstante, la autora aclara que en la mayoría de los casos no se trata de actos de egoísmo ni de irresponsabilidad juvenil, sino de mecanismos de adaptación.

“La familia interviene porque el Estado ha disminuido su rol y el mercado se volvió disfuncional en sectores clave”, explicó. “En muchos aspectos, es una historia de amor parental”.

Relata que el término “banco de mamá y papá” comenzó a usarse en Reino Unido alrededor de 2013 para identificar el fenómeno creciente de padres y abuelos que emplean su patrimonio para apoyar a hijos y nietos con estudios, alquileres, hipotecas, guarderías o simplemente para cubrir gastos básicos.

Tras la crisis financiera de 2008, el panorama económico para quienes ingresaban a la adultez cambió abruptamente.

Algunos bienes y servicios, como la tecnología, los viajes y ciertos lujos cotidianos, se abarataron, pero otros, como la vivienda, educación, cuidado infantil y, en ciertos países, la salud, comenzaron a aumentar de precio.

Bajo estas circunstancias, muchos jóvenes priorizaron gastos pequeños y visibles —café, viajes, teléfonos— mientras que los grandes hitos de la vida adulta se volvieron inalcanzables sin apoyo familiar.

De aquí proviene, según la autora, el estereotipo del millennial gastando en “tostadas de aguacate”, una imagen que ignora el contexto estructural detrás.

Una pareja millenial comiendo tostadas de aguacate en una cafetería moderna.

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Filby también señala que el banco de mamá y papá no es una realidad exclusiva de las clases medias acomodadas.

De hecho, según ella, la mayoría de los jóvenes que viven con sus padres hacia los 30 años provienen de hogares de clase trabajadora.

En esos casos, el respaldo no se traduce en depósitos para una hipoteca, sino en techo, alimentación y cuidado mutuo.

“La solidaridad familiar ha crecido en todos los niveles económicos”, afirma Filby.

Abuelos que cuidan nietos para que sus hijos puedan trabajar. Padres que alojan a hijos adultos para que puedan ahorrar. Familias que actúan como red de protección ante un sistema cada vez más vulnerable.

El problema es que no todas las familias están en condiciones de proporcionar ese apoyo, advierte Filby.

La autora destaca que en una sociedad donde la estabilidad depende de la familia, el azar del nacimiento cobra un peso decisivo.

Divorcios, familias ensambladas, conflictos familiares o la pobreza estructural se transforman en obstáculos significativos.

Como resultado, describe una economía en la cual la lealtad a la familia supera la fidelidad al empleador y donde la riqueza se acumula más por activos que por salario.

Y en la que, incluso un empleo bien remunerado, no asegura el acceso a las bases esenciales de la vida adulta.

Una sociedad que se hereda

Una pareja joven y exitosa con unas copas de vino en la mano brindando

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Cuando un fenómeno es tan profundo como la herenciocracia, sus efectos van más allá del dinero.

Filby comenta que este fenómeno está transformando la manera en que las personas eligen pareja, planean su vida y entienden la seguridad.

Como ejemplo, menciona el emparejamiento selectivo, o la tendencia a formar parejas con personas de orígenes y recursos similares.

Durante el siglo XX, parte significativa de la movilidad social femenina se produjo a través del matrimonio. Hoy, este patrón ha cambiado.

Filby señala que al principio el emparejamiento ocurría entre graduados universitarios, pero tras la crisis de 2008, la variable determinante empezó a ser otra: el acceso a patrimonio familiar.

“No es que las personas se casen por el ingreso del otro”, explicó. “Sino que dos quienes cuentan con banco de mamá y papá tienden a encontrarse y unirse”.

Según encuestas mencionadas por la autora, más de la mitad de jóvenes de la Generación Z consideran la compatibilidad financiera un elemento central en una relación, proporción que supera ampliamente a la de generaciones anteriores.

Este escenario se suma a las presiones sobre la clase media.

Filby explica que si bien la riqueza extrema ha crecido, la mayoría del patrimonio privado permanece concentrada en sectores amplios de la población mayor.

Simultáneamente, describe una “clase media exprimida”, especialmente en la Generación X, atrapada entre apoyar a hijos adultos y cuidar a padres ancianos.

Tres generaciones de mujeres de una misma familia sentadas en un sofá, mirando una foto en un celular

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Para Filby, esta realidad está provocando que las generaciones actuales pierdan confianza en que el Estado moderno pueda brindar un sistema que les permita a ellos y a sus hijos vivir mejor, rompiendo así la promesa básica que recibieron de sus padres.

Esto coloca al mundo en una situación similar a la vivida en los años 70, un momento de desencanto que obliga a replantear los cimientos del contrato social.

“Escribí este libro porque es necesario hablar de este tema”, afirmó. “No se trata de ‘nepo babies’. Se trata de cómo se distribuyen las oportunidades en la actualidad”.

Y aunque Filby reconoce que comprender el funcionamiento de la herenciocracia no asegura liberarse de ella, sí ayuda a tomar decisiones más conscientes, tanto personales como colectivas.

El peligro, advierte, es no hacerlo. Porque cuando una sociedad deja de creer en el valor del esfuerzo, algo más profundo que la economía comienza a resquebrajarse.

*Esta es una adaptación al español y a texto de un episodio del pódcast Radical de BBC News. Si quieres escuchar el episodio original, en inglés, puedes hacer clic aquí.

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