“Sinceramente, estoy decepcionada con el sistema, indignada con el Estado y muy preocupada”

Una madre divorciada de 37 años, con una hija de siete años, compartió su situación en la radio catalana RAC1: tras más de 16 años cotizando de forma intermitente y sin haber solicitado ayudas anteriormente, declaró que se encontró sorpresivamente sin derecho a paro, subsidio o renta mínima tras perder su último empleo durante el periodo de prueba.
“He estado trabajando desde los 16 años, combinando mis estudios superiores con empleos durante los veranos, y mi historial laboral refleja más de 16 años de actividad sin haber pedido jamás el subsidio de desempleo. Al parecer, eso no basta en este país y cuando intentas avanzar profesionalmente, tienes que ser muy precavida”, explicó con frustración a RAC1. Según detalló, su currículum incluye 14 años en una empresa y ocho meses en otra. Cuando llevaba cuatro meses en una conocida multinacional, una pequeña compañía le ofreció sumarse a un proyecto “muy atractivo” cerca de su domicilio. La promesa de mejorar su situación personal y familiar fue decisiva.
“De manera ingenua, dejé mi trabajo (que estaba lejano, implicando largas horas en coche, ya que fuera de Barcelona el transporte público es limitado) y me incorporé, ilusionada y con expectativas de futuro”, recordó respecto a su decisión. El desenlace fue brusco: poco tiempo después, la empresa le comunicó que no superaba el periodo de prueba por necesidades internas, desvinculándola pese a que “no se le podía reprochar nada, ni actitud, ni dedicación, ni ideas”.
En el paro pese a aprobar una oposición: 50.000 sanitarios valencianos esperan desde 2021 la resolución de plazas públicas.
La razón legal de su situación
La normativa del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) es tajante: el despido durante el periodo de prueba solo se considera situación legal de desempleo si la baja anterior también lo fue o si han pasado más de tres meses desde una renuncia voluntaria. Para esta madre, la consecuencia fue inmediata: “No solo carezco de derecho a la prestación, sino también a la subvención y a la renta mínima garantizada”.
El estado emocional que experimentó fue intenso. “Sinceramente, estoy decepcionada con el sistema, indignada con el Estado y sumamente preocupada porque no sabía cómo afrontar el pago de las facturas ni la hipoteca”, confesó. El apoyo de su círculo cercano fue clave para superar esa crisis económica. “Sin la ayuda familiar, hoy estaría viviendo debajo de un puente”, reconoció, y alertó que muchas personas pueden verse en una situación semejante, aunque no lo crean posible: “La mayoría piensa que eso no les pasará, pero puede ocurrirles”.
La mujer recalca la contradicción de un sistema que, según denuncia, castiga la iniciativa de quienes intentan progresar. “No resulta justo que, después de tantos años cotizando, no haya ninguna seguridad para recibir apoyo, mientras que otras personas, con toda la astucia posible, consiguen prestaciones. Nunca antes necesité ninguna ayuda, y ahora que la requiero, no puedo acceder a ella”.
Finalmente, la protagonista concluye que el sistema “excluye y discrimina, y no precisamente basándose en criterios objetivos o críticos”, y advierte a quienes piensen en un cambio profesional sobre los riesgos reales de quedarse sin protección después de años de esfuerzo y contribuciones.

