En un tono irónico, cuestiona el tipo de reconocimiento que se obtiene por una entrega extrema al trabajo y plantea una crítica a una cultura laboral que glorifica el exceso de trabajo como valor moral

La conexión entre las personas y el trabajo ha experimentado un cambio profundo en los últimos años, destacándose una mayor atención a la salud mental, el equilibrio en la vida y el verdadero valor del tiempo personal. En este marco, el abogado Ignacio de la Calzada propone una reflexión acerca de las únicas formas reales en que, según su perspectiva, una persona puede dejar un empleo.
En lugar de centrarse en aspectos legales específicos, dirige la atención hacia la dimensión humana del trabajo, el desgaste emocional y el costo personal que muchas veces se acepta como normal en nombre del compromiso profesional. “Solo hay cuatro maneras de abandonar un trabajo”, asegura: la jubilación, la muerte, el despido o la renuncia para cambiar de empleo.
Según expone, la experiencia muestra que, tras la salida de un empleado, su recuerdo en la empresa se desvanece rápidamente. “Después de un despido, o tras irse de una compañía, normalmente, como máximo te recuerdan un par de semanas, luego todo se olvida”, comenta. Para De la Calzada, esta situación contrasta con la entrega personal que muchos realizan durante años en sus puestos.
Para el abogado, la dificultad no radica en el esfuerzo en sí mismo, sino en el sacrificio desproporcionado de la vida personal. “El trabajo es eso, un trabajo. Hay que esforzarse mucho, muchísimo. Se debe dar el 100%”, reconoce, pero añade un matiz importante: “Sin embargo, no se deben exigir sacrificios que comprometan la vida personal, porque eso nadie lo va a recompensar”.
Una crítica a la cultura laboral
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Con un tono irónico, cuestiona el tipo de reconocimiento que se recibe por una entrega extrema al trabajo. “El día de tu muerte te pondrán en la tumba: ‘Trabajó muchísimas horas’. Si eso buscas como reconocimiento, te lo doy”, señala. Con esta afirmación, lanza una crítica directa a una cultura laboral que ensalza el exceso de trabajo como un valor moral, incluso cuando ese exceso tiene un alto costo personal y familiar.
El abogado también aporta una reflexión práctica sobre las condiciones laborales: recomienda encontrar entornos donde exista una valoración genuina del trabajador, respeto por los derechos y un reconocimiento justo al esfuerzo. Habla de exigir lo que corresponde, que las horas extra sean compensadas o remuneradas, y de no aceptar como normal dinámicas abusivas que se presentan como inevitables.
La salud mental se destaca como un elemento central en su discurso: si un empleo se convierte en una fuente constante de carga mental y desgaste emocional, lo razonable no es sacrificar la vida personal para mantenerlo, sino reconsiderar la relación con ese trabajo. “Si eso sucede, renuncia a ese empleo, pero no sacrifiques tu vida”, sostiene.
En su mensaje no hay una invitación a la confrontación, sino a la reflexión. De la Calzada no propone romper con el trabajo como valor, sino redefinir su lugar en la vida de las personas. El trabajo aparece como una parte importante de la identidad adulta, pero no debe ser el eje central que controle toda la existencia. La familia, la salud, el tiempo personal y las experiencias vitales se presentan como aspectos que no pueden quedar subordinados sistemáticamente a la lógica laboral.

