La vigorexia oculta tras la apariencia de triunfo: afecta a cerca del 10% de los adolescentes

La vigorexia no está reconocida como un trastorno mental en el DSM-5, aunque podría clasificarse dentro de los trastornos dismórficos. Las implicaciones abarcan tanto el diagnóstico como los tratamientos posibles

Foto: Foto de archivo. (EFE/Ali Ali) EC EXCLUSIVO

Si una persona acude a un gimnasio en una tarde cualquiera para ejercitarse, probablemente tendrá que esperar para usar la máquina deseada o compartirla con alguien más, especialmente en enero. No se trata únicamente de un interés por el deporte, aunque también influye, sino que se ha convertido en una moda. De hecho, la imagen típica de esforzarse para superarse, practicar deporte y cuidar meticulosamente la alimentación es vista como un comportamiento exitoso. Sin embargo, detrás de ello, y con la influencia de las redes sociales, puede ocultarse en ocasiones un trastorno mental que afecta mayormente a jóvenes y hombres menores de 35 años.

Nos referimos a la vigorexia, que, según la psiquiatra Belén Unzeta, se manifiesta como una distorsión de la imagen corporal con una preocupación excesiva por parecer pequeño o con musculatura insuficiente.

“Se presenta principalmente en personas que desarrollan una adicción al ejercicio físico, con entrenamientos compulsivos y prolongados, pasando horas en el gimnasio… Además, estas personas suelen seguir dietas extremas, hiperproteicas o hipercalóricas; rigurosas, estrictas y poco flexibles. En casos severos, consumen sustancias como suplementos nutricionales o, en situaciones más graves, esteroides anabolizantes”, explica esta especialista que forma parte de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital Universitario Santa Cristina (PIATCA, Hospital Universitario Santa Cristina-General Universitario Gregorio Marañón).

Esta dismorfia muscular afecta principalmente a hombres entre 15 y 35 años. “Se calcula que hasta un 10% de adolescentes en España ya podría presentar síntomas asociados a la vigorexia”, señala.

Aunque puede impactar a una parte considerable de la población, comenta que no está reconocida como un trastorno mental en el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales). No obstante, podría integrarse dentro de los trastornos dismórficos, que se caracterizan por una obsesión con uno o varios defectos físicos que podrían ser leves o incluso imperceptibles para otros, pero que el paciente experimenta de forma intensa. “Finalmente, genera conductas repetitivas, como mirarse excesivamente al espejo, compararse continuamente con otros y adoptar comportamientos de evitación y aislamiento social”, añade.

El hecho de no estar categorizado genera múltiples consecuencias: “Esto implica que, en el fondo, existe una minimización y una normalización de conductas patológicas que la sociedad interpreta como símbolos de éxito. El deseo de superación personal, la dedicación al cuerpo y el autocuidado alimenticio rígido parecen más bien conductas orientadas a demostrar control y éxito en la vida”.

No obstante, la realidad es que esta forma tan rígida de vivir, mantenida durante tiempo prolongado, hace que el enfoque principal de la persona se reduzca a tener un cuerpo, musculatura y figura específicos. Esto termina por restringir otras áreas personales, provocando un aislamiento social mayor, una dieta cada vez más limitada, dificultades en el rendimiento y problemas cognitivos que afectan el ámbito laboral o académico.

Las secuelas también se reflejan en el diagnóstico, ya que al no estar definida como tal y no ser vista como un problema, la demanda de ayuda al reconocerlo como trastorno mental es baja. “Es cierto que muchos adolescentes están quedando cada vez más atrapados en estas situaciones”, lamenta.

La vigorexia no es un TCA

La vigorexia no constituye un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), pero en su práctica clínica, Unzeta ha detectado casos donde un trastorno deriva en otro. “Lo más común es que terminen desarrollando el subtipo de bulimia nerviosa y, en ocasiones, el trastorno por atracón”, enfatiza.

Esto sucede porque, mientras alguien busca aumentar su musculatura, suele acompañarlo con dietas extremadamente estrictas que, de alguna forma, provocan que el cuerpo «exija» lo que no recibe voluntariamente, según indica. Por eso, aparecen atracones de comida; si estos son seguidos por vómitos o uso de laxantes, corresponde a bulimia nerviosa.

La comorbilidad con otros trastornos mentales es alta y no se limita solo a los TCA. Por ejemplo, el uso de anabolizantes puede conducir al consumo de otras sustancias. También se asocia con trastornos de ansiedad o depresión existentes: “De algún modo, canalizan todo ese malestar a través del ejercicio excesivo, buscando un cuerpo que les proporcione bienestar, aunque el conflicto emocional sea interno, no externo”.

El aumento de la vigorexia desde la pandemia

La vigorexia no es un fenómeno reciente. Existía antes de la pandemia, pero su relevancia ha ido creciendo. Gran parte de la responsabilidad recae en las redes sociales, que promueven un ideal estético y de belleza poco realista, generando en adolescentes y adultos jóvenes una gran insatisfacción corporal.

Además, muchos están atravesando una etapa de cambios físicos junto al desarrollo de la identidad y personalidad. “Trabajar la corporalidad mediante la musculación proporciona una falsa sensación de control y bienestar, motivo por el cual la incidencia en la juventud va en aumento”, confirma.

Por ello, esta experta recomienda fomentar una conciencia crítica en la población joven respecto a las redes sociales, ya que muchas imágenes están distorsionadas o son filtradas y no reflejan la realidad de los cuerpos que nos rodean. Desde ese punto, nada será suficiente y siempre buscarán algo más para sentirse bien consigo mismos. “En esencia, el bienestar debe surgir desde el interior mediante un trabajo más personal”, concluye.

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