En pleno Madrid de los Austrias, una calle estrecha y poco transitada guarda algunos de los secretos más insólitos de la capital: desde rollos de justicia medieval hasta un huerto escondido y anécdotas que rozan lo fantástico
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Entre callejones empedrados y fachadas antiguas, una pequeña vía del Madrid de los Austrias resguarda relatos de justicia, superstición y personalidades destacadas que pocos madrileños conocen. En apenas unos metros, se mezclan antiguas ejecuciones públicas, misteriosos gatos y un jovencísimo Cervantes sorprendido robando uvas.
Su aspecto es discreto, pero quienes recorren esta calle experimentan una sensación inquietante, como si algo invisible les vigilara desde los balcones. Aunque corta, ha sido testigo de episodios entre los más extraños y macabros del casco histórico. Allí no solo se aplicaba la ley con rigor; además, nacieron leyendas urbanas que, con el paso del tiempo, han aumentado su fama como una de las vías más peculiares de la ciudad, ubicada entre la calle del Sacramento y la calle Segovia.
Un rollo para impartir justicia en pleno corazón de la villa
El nombre de esta calle no se debe a su trazado serpenteante, como se creía, sino a un antiguo «rollo jurisdiccional» que se situaba en la altura de la actual calle Segovia. Desde la época de los Reyes Católicos, estos rollos simbolizaban el derecho que ciertos municipios tenían para administrar justicia, resolver pleitos y dictar castigos públicos. Estas construcciones —también llamadas picotas en algunos casos— funcionaban como lugares de escarmiento, donde se exhibían restos humanos para intimidar a futuros criminales.
La presencia simultánea de diferentes tipos de rollos causó confusión con el tiempo. Finalmente, las Cortes de Cádiz ordenaron su demolición, aunque la calle mantuvo su denominación. Hoy en día, se pueden ver rollos de justicia en las plazas mayores de varios pueblos, vestigios de aquella tradición medieval que en Madrid perduró solo en la toponimia.
Cervantes, gatos siniestros y casas que engañaban al rey
El pasado de esta calle también está ligado a la literatura. Según la tradición, un joven Miguel de Cervantes fue sorprendido robando uvas en una huerta propiedad de Juan López de Hoyos, su maestro y figura relevante en los antiguos Estudios de la Villa. En aquella época, parte de la vía era conocida como la calle de la Parra, debido a las viñas que crecían en el patio de esa residencia.
Otro de los relatos más populares se relaciona con la llamada Casa de los Gatos. Se decía que dos ancianas solteras habitaban allí, rodeadas de gatos y dedicadas a tocar el piano. Un día, el silencio inundó la casa. Cuando los vecinos alertaron a las autoridades, hallaron los cuerpos sin vida de las mujeres. La leyenda sostiene que los propios gatos las devoraron, fortaleciendo así el aura perturbadora que aún rodea esta calle.
Un rincón donde la picardía también hizo historia
La travesía culmina en otro episodio intrigante: una de las casas a la malicia mejor conservadas de Madrid se halla justo en el trecho final. Estas viviendas fueron concebidas para evitar la Regalía de Aposento, una regulación impuesta por Felipe II que obligaba a los propietarios a alojar funcionarios reales en sus casas. La solución fue ingeniosa: techos inclinados, aberturas desiguales y plantas ocultas para impedir el reconocimiento de nuevas plantas desde el exterior.
Como cierre, aún es posible acceder al Huerto de las Monjas, un jardín oculto que perteneció al antiguo Convento del Sacramento. En su interior reposa una fuente histórica proveniente del desaparecido Palacio de Montellano. Así, esta calle logra concentrar en pocos metros un compendio de leyes, arquitectura popular, leyendas inquietantes y la eterna tensión entre poder y vecindad en el Madrid más antiguo.
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