El atacante del Rayo Vallecano lleva un estilo de vida sencillo, muy alejado del lujo, similar al que tienen sus padres y su hermano.
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Sergio Camello, delantero del Rayo Vallecano y medallista olímpico el pasado verano con la selección española sub 21, ha trascendido como algo más que el héroe de una final: representa una forma distinta de entender el éxito dentro del fútbol profesional.
Su declaración «No me verás con una camiseta de 600 euros cuando mi madre gana 700 al mes» en una entrevista para ABC causó impacto más allá de los estadios, ya que cuestiona directamente la ostentación habitual en la élite del fútbol.
Camello se describe como «un chico de barrio», criado en San Blas dentro de una familia trabajadora que aprendió a valorar cada euro. «No fuimos pobres, pero sí muy humildes. Mi hermano mellizo y yo siempre hemos apreciado cada cosa que nos ofrecían nuestros padres», relató al rememorar su infancia en Madrid.
De niño, una simple salida familiar era considerada un lujo: «Para nosotros era una celebración cuando de pequeños íbamos una vez al mes al chino de abajo de casa. Era algo espectacular porque entendíamos el valor de esa comida». Ese entorno, admite, definió para siempre su relación con el dinero y el éxito.
El delantero no oculta que otorga «muchísima» importancia al dinero, pero siempre desde un punto de vista responsable y con memoria. «Valoro mucho el dinero que gano. Aunque mi familia no era pobre, mantuvimos una gran humildad», ha señalado al hablar de su nueva realidad como futbolista de Primera División.
Sergio Camello agradece el apoyo a la afición del Rayo Vallecano tras el partido ante Osasuna. Europa Press
Desde esa formación, surge la frase que ha dado la vuelta al planeta: «Por supuesto que me doy algunos caprichos, pero no derrocho. Por ejemplo, no me verás luciendo ropa de marca ni comprándome una camiseta de 600 euros, cuando mi madre gana 700 euros al mes».
«Prefiero coger esos 600 euros y dárselos a mi madre», concluye, estableciendo una escala de prioridades muy distinta al estereotipo del futbolista millonario.
Una existencia sencilla
En el centro de su discurso siempre figura la familia. Camello detalla que su madre ha trabajado toda su vida «en una tienda de ropa del centro comercial Plenilunio», mientras que su padre está «en el departamento de marketing de una empresa de etiquetas adhesivas», dos ocupaciones que reflejan décadas de silencioso esfuerzo.
«Mi madre comenzó a trabajar a los 16 años y aún sigue en la misma tienda a los 54», recuerda el delantero, consciente del origen de cada oportunidad que ahora disfruta.
Tampoco se permite extravagancias que rompan esa sensación de igualdad en casa: «Tampoco poseo reloj. Mire. No puedo tener un reloj caro y ver que mi hermano no tiene uno«.
En un fútbol dominado por coches deportivos y matrículas personalizadas, Camello guarda como un tesoro un viejo Volkswagen Escarabajo, adquirido en 2016. «Tiene casi 300.000 kilómetros. Pienso comprar otro coche, pero sin desprenderme de este. El Escarabajo forma parte de mi vida», comenta, casi como si hablara de un álbum de recuerdos en movimiento.
Ese vehículo, desgastado pero insustituible, funciona como símbolo de su trayectoria: un recorrido largo, sin atajos, en el que la medalla de oro olímpica y los goles con el Rayo mantienen intactas sus raíces.
«Me han educado muy bien en todo lo relacionado con el dinero», concluye Camello, quien se ha convertido, casi sin proponérselo, en un referente para una generación que busca otro tipo de ídolos.

