Análisis de la situación en Caracas tras la ofensiva estadounidense y la detención de Maduro

Las calles de Caracas este lunes.

Fuente de la imagen, Reuters

    • Autor,
    • Título del autor, BBC Mundo
  • 6 enero 2026
  • Tiempo de lectura: 6 min

Nicolás Maduro fue derrocado, pero los venezolanos —en Venezuela— no celebraron.

El mandatario fue capturado por Estados Unidos, sin embargo dentro de Venezuela poco ocurrió: la población retomó sus actividades habituales, las calles se mantuvieron desiertas, no hubo manifestaciones de alegría, aunque se observaron largas colas en tiendas para adquirir productos esenciales.

En cambio, en otros países, miles de migrantes venezolanos se reunieron en plazas y bares, ondeando banderas y tocando trompetas para celebrar la caída del líder al que culpan de la crisis que los obligó a salir de su nación.

El 2 de enero, el ejército estadounidense llevó a cabo, para muchos ilegalmente, bombardeos en varios sectores de Venezuela y logró la detención de Maduro tras enfrentamientos que provocaron decenas de muertos.

Al día siguiente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comunicó que colaboraría con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, en la búsqueda de soluciones para Venezuela y para la empobrecida pero poderosa industria petrolera del país. Además, descartó a la oposición venezolana.

Rodríguez, quien hasta ahora había sido una aliada incondicional de Maduro, asumió la presidencia respaldada por las instituciones judiciales, políticas y, sobre todo, militares, que son justamente las que los venezolanos responsabilizan por el empeoramiento de su calidad de vida, la fragilidad de los servicios fundamentales y la precariedad laboral.

Pero al menos Maduro estaba esposado, vencido. El presidente que se burló de los migrantes, reprimió a los opositores y lideró la destrucción de una de las economías más dinámicas de América Latina, al menos había recibido un castigo.

Y en las calles de Venezuela, donde durante años la población protestó hasta el cansancio o hasta ser detenida en busca de cambios, todo continuó habitualmente.

Pero ¿qué significa normal en Venezuela? ¿Cómo se explica que una cultura tan inclinada a la celebración y la alegría no festejara la caída del presidente que muchos buscaban destituir?

Vladimir Padrino, Diosdado Cabello, Delcy Rodriguez y Jorge Rodriguez

Fuente de la imagen, Getty Images

La cautela frente a la represión

Según expertos en sociología y activistas venezolanos, esta actitud está muy relacionada con las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, donde Maduro fue declarado ganador, a pesar de que la oposición —liderada por María Corina Machado— presentó pruebas de que Edmundo González ganó con un margen amplio.

A partir de ese momento, el aparato represivo estatal mostró su forma más dura, deteniendo a miles que actuaron como testigos y persiguiendo a cualquiera que expresara descontento, no solo en la vía pública, sino también en la vida privada y redes sociales.

La población optó, como medida de autoprotección, por abstenerse de manifestarse tanto en público como en privacidad.

Una experimentada líder comunitaria caraqueña, que pidió proteger su identidad por razones de seguridad, comentó: «Desde ese día se consolidó el aparato represivo más brutal, fuerte y despiadado, y eso explica por qué no estamos en la calle».

Al conversar con BBC Mundo mientras caminaba por un barrio popular emblemático de Caracas, la activista reportó la presencia de «hombres encapuchados armados con rifles que patrullan y revisan los estados de WhatsApp de la gente».

En Caracas se multiplicaron los retenes militares; los periodistas extranjeros son bloqueados. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa informó sobre la detención de 14 periodistas la mañana del lunes, aunque posteriormente fueron liberados.

En Venezuela existe una certeza: la represión no terminó con la captura de Maduro. Por el contrario, se intensificó y ya llevaba tiempo en aumento.

Caracas, lunes 5 de enero

Fuente de la imagen, EPA

Memoria histórica

Rafael Uzcátegui, sociólogo venezolano y activista en derechos humanos, dirige Laboratorios de Paz, un centro de análisis. Pocas personas comprenden tanto la mentalidad del venezolano actual.

«El autoritarismo consiguió instaurar un miedo estructural —asegura—. La cautela no implica apatía: es un aprendizaje social bajo condiciones de represión. La sociedad ha desarrollado un nivel considerable de conciencia y madurez política basándose en experiencias previas en las cuales el cambio también parecía realizable».

Durante estos 25 años de chavismo, hubo varios momentos —cada uno distinto— que insinuaron una posible transición: el golpe de estado contra Chávez en 2002; el paro petrolero de 2003; el referéndum que Chávez perdió en 2007; la enfermedad y muerte de Chávez en 2013; las protestas contra Maduro en 2014 y 2017; las elecciones parlamentarias que ganó la oposición en 2015; el intento opositor para destituir a Maduro en 2019 y las elecciones presidenciales de 2024.

Todos estos escenarios generaron esperanzas de cambio tangibles que luego fueron frustradas.

La captura de Maduro es, sin duda, distinta: representa la caída del líder, el que no era Chávez, el inexperto que debió recurrir a la represión y el aislamiento para sostener su poder. Su detención es la prueba más clara en 25 años de que una transición en Venezuela es viable.

Trump y su cúpula, en la rueda de prensa en Mar-a-Lago

Fuente de la imagen, Getty Images

No obstante, al observar las detenciones del lunes, la presencia de patrullas en las calles y las declaraciones de Trump, Rodríguez y sus colaboradores, se puede hablar de una «transición sin transición», como la denominó la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), un centro de análisis.

Otra posible transición interrumpida, pero con una diferencia: esta vez el venezolano parece estar preparado. Ha aprendido a moderar sus expectativas y evitar la euforia triunfalista de episodios anteriores. Sin expectativas, probablemente tampoco habrá decepción, coinciden los expertos.

«Aunque persiste la esperanza, como mecanismo de defensa predomina un escepticismo racional extremo», afirma Uzcátegui.

Por su parte, Mariana Vahlis, antropóloga venezolana e investigadora doctoral en la Universidad de Salamanca, agrega: «La cantidad de intentos para lograr una apertura democrática han generado una memoria histórica de fracaso. Esas fuerzas que buscaban el cambio fueron anuladas, por eso hoy se maneja una expectativa más cauta».

Además, comenta que la crisis ha sido tan profunda que se ha desarrollado una cultura de supervivencia que enfoca la atención en lo esencial.

«El apego a la rutina diaria hace que la gente invierta su energía en sobrellevar lo básico del día a día. La necesidad de subsistir prevalece sobre cualquier otra cosa», señala.

En estos 25 años, Venezuela se transformó en un país marcado por el rebusque, la informalidad, las distorsiones económicas y el clientelismo. Quienes permanecieron se adaptaron, «echando pichón» como se dice.

Se creó, así, un país, economía y sociedad al margen de la política, porque esta última fracasó.

Y ahora que Maduro cayó, el venezolano no está en las calles ni en la playa. No celebra.

Caracas este lunes.

Fuente de la imagen, Reuters

Scroll al inicio