El portero del Barça, actualmente en un segundo plano debido a sus graves lesiones, rememora sus comienzos en el fútbol alemán.
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Marc-André ter Stegen atraviesa uno de los periodos más difíciles de su trayectoria en el FC Barcelona, donde ha quedado relegado tras sus problemas físicos.
No obstante, su posición como uno de los porteros destacados de la última década sigue intacta, forjada con títulos como la Champions League y más de 100 apariciones internacionales con Alemania.
Para comprender al hombre tras el guardameta, es fundamental remontarse a sus inicios, a un tiempo lejano de los focos y los altos salarios, cuando jugar al fútbol era un sueño con apenas remuneración.
En una reflexión reciente sobre sus comienzos, el portero alemán ha recordado aquella etapa donde ganar dinero apenas permitía sobrevivir, y donde el pago, aunque modesto, significaba la entrada a una ilusión.
En sus primeros contratos como futbolista semiprofesional en Alemania, Ter Stegen percibía 200 euros mensuales. Esa cifra, cercana al umbral de pobreza en cualquier país europeo, representaba para él una gran fortuna. «Me pagaban 200 euros al mes y me sentía el tipo más feliz del mundo», rememora con nostalgia.
Ter Stegen, en un entrenamiento del Barça Europa Press
No era desconocimiento del valor real de su labor, sino la simple felicidad de poder ganarse la vida con el fútbol, ese deporte que le apasionaba desde pequeño. En Alemania, donde el fútbol se considera casi una religión, obtener un contrato profesional —aunque modesto— implicaba haber logrado algo que millones anhelan.
El ascenso fue rápido. Su etapa en el Borussia Mönchengladbach fue impresionante, y desde allí dio el salto al FC Barcelona. De pronto, sus ingresos mensuales aumentaron de 200 euros a sumas millonarias. El cambio económico fue tan marcado que, en un momento dado, llegó a ganar más en un mes de lo que su madre percibía en un año.
Esa etapa fue determinante para Ter Stegen, no solo en el aspecto económico, sino también en el psicológico. Cuando los ingresos superan los de los padres de manera tan significativa y rápida, la percepción de la realidad se altera.
El portero alemán tuvo que asimilar que ya no era un joven con un sueldo simbólico, sino un adulto responsable en lo económico para su familia, si decidía asumir esta responsabilidad. Muchos futbolistas enfrentan dificultades en esta transición; Ter Stegen, sin embargo, parece haberla gestionado con sensatez.
La nostalgia que ahora expresa —»me sentía el tipo más feliz del mundo»— resulta muy reveladora. Porque, aunque hoy gana millones y reside en una de las ciudades más caras del planeta, aquella humildad inicial aún lo define.

