Suspenso en un risco a 1.040 metros de altura y rodeado por el susurro del Pirineo, este pequeño enclave medieval preserva la esencia de tiempos pasados
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La Roca de Pelancà, un tesoro oculto en los Pirineos catalanes, conserva la estructura de un antiguo núcleo fortificado con historia registrada desde 1061. Localizado en el municipio de Vilallonga de Ter, fue declarado Bien Cultural de Interés Nacional (BCIN) debido a su valor patrimonial y paisaje.
Este pequeño conjunto de casas de piedra unidas a un peñasco parece detenido en el tiempo. A más de mil metros de altura, con vistas hacia el río Ter y el barranco de Abella, la localidad mantiene inalterada la atmósfera medieval. Desde el acceso por la ribera de Pelancà hasta la cima, el visitante recorre callejuelas que llevan a la antigua capilla románica de la Pietat, reformada con el paso de los siglos pero que aún conserva su origen del siglo XII.
Historia, conflictos y una leyenda trágica
Del castillo del siglo XIII, apenas quedan rastros visibles, aunque su silueta continúa dominando el risco. Durante la guerra de los remensas, el rey Juan II usó esta fortaleza como sede de la capitanía militar por sus cualidades defensivas, reforzando el dominio sobre la región junto con el castillo de Camprodon. En los siglos posteriores, el señorío pasó por manos de familias como los Milany, los Desbac, los So o los Descatllar, hasta su expropiación definitiva en 1854.
La Roca de Pelancà también conserva una leyenda de amor y tragedia. Dos jóvenes enamorados —él, señor del castillo; ella, hija del noble de Rocabruna— terminaron arrojándose juntos al vacío desde lo alto del risco, abrazados, al verse acorralados. Una historia que aún susurra el viento entre las piedras de este lugar olvidado.
Cómo llegar y qué degustar en La Roca de Pelancà
Ubicado a algo más de 40 kilómetros de Camprodon y a unas dos horas por carretera desde Girona, el acceso a La Roca de Pelancà se realiza a través de la carretera GIV-5264, tomando luego un desvío hacia la ribera de Pelancà. El último tramo se recorre a pie, transitando entre naturaleza y silencio hasta alcanzar el conjunto habitacional encaramado al peñasco.
Quienes visitan este lugar pueden complementar la experiencia con platos tradicionales de la comarca del Ripollès, como la escudella, las carnes a la brasa o los embutidos artesanales. En sus alrededores, Camprodon y Vilallonga de Ter ofrecen restaurantes y alojamientos con encanto que permiten alargar la estancia en un ambiente que invita a la desconexión total.
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