
Fuente de la imagen, Getty Images
Información del artículo
-
- Autor,
- Título del autor, BBC News Mundo
- 1 hora
"El 1 de enero de 1837, mientras superábamos las dificultades que las plantas del río Berbice representaban para nuestro avance, observé en un pequeño arroyo una hoja gigante cuyo borde sobresalía algunos centímetros sobre el agua; al acercarme, me impresionó la visión de una flor que, por su esplendor, excedía todo lo que había contemplado hasta ese momento".
De este modo narró Sir Robert H. Schomburgk, explorador y botánico alemán al servicio del Imperio británico, su primer encuentro con esta magnífica planta acuática que pronto conquistaría a sus contemporáneos, en el Journal de la Real Sociedad Geográfica.
Schomburgk no fue el único que quedó maravillado por este fenómeno natural.
Décadas atrás, el naturalista checo-alemán Thaddäus Haenke ya había registrado las enormes hojas cerca de la frontera entre Bolivia y Paraguay, y poco tiempo después, durante sus expediciones por Sudamérica, el francés Alcide d’Orbigny también hizo su descripción.
A pesar de ello, la impresión que produce ver por primera vez esta extraordinaria obra de la naturaleza sigue siendo tan intensa ahora como entonces.
Al Museo Nacional de Historia Natural de París arribaron hojas, flores y semillas, pero no les dieron mucha importancia.
En contraste, en Reino Unido sucedió lo contrario.
El país estaba inmerso en una fuerte pasión por la botánica, con plantas nuevas llegando a diario, a medida que se exploraban territorios que impulsarían lo que sería el Imperio más extenso del mundo.
La Guyana, conocida entonces como British Guiana, había sido transferida por los neerlandeses a los británicos unas dos décadas atrás, pero hasta la expedición de Schomburgk permanecía prácticamente desconocida para los europeos.
El descubrimiento de un ejemplar tan imponente en ese lugar coincidió con la ascensión al trono de la joven Victoria, por lo que no resulta extraño que recibiera su nombre: Victoria regia (posteriormente Victoria amazonica).
Fue rápidamente reconocida como una de las joyas de la era victoriana, provocando no solo fascinación entre sus súbditos, sino también una intensa rivalidad entre aristócratas que buscaban cultivar esta joya tropical lejos de su hábitat natural.
Sus hojas además sirvieron de inspiración para el diseño del Crystal Palace (Palacio de Cristal) de Londres, un símbolo de audacia y ligereza, que con su pionero uso de hierro y vidrio a gran escala y su nueva concepción del espacio interior, marcó el inicio de la arquitectura moderna.

Fuente de la imagen, Getty Images
Hoy en día, su legado permanece vigente.
Su influencia, tanto en lo técnico como en lo conceptual, persiste en la mayoría de las construcciones modernas que priorizan ligereza, transparencia, funcionalidad y el uso industrial de materiales.
La obsesión
Cuando las semillas de Victoria regia arribaron a Inglaterra, cultivarlas se convirtió en todo un desafío que atrajo a figuras destacadas y emprendedoras del momento.
No fue la expectativa de que aportara remedios medicinales inéditos o riquezas ocultas, explica Tatiana Holway en su obra «La flor del Imperio».
La motivación era la pasión por las flores.
Desde las más comunes hasta las más raras, cualquier flor prendía la fiebre entre la sociedad británica de esa época, donde quienes tenían recursos no dudaban en pagar sumas superiores a US$10,000 por un ejemplar novedoso.
En el caso de este nenúfar amazónico, se sumaban elementos como la aventura de su descubrimiento, su traslado a Inglaterra y el reto de su cultivo, lo cual implicaba una mezcla de ambición hortícola, ciencia innovadora y fascinación por lo exótico.
A pesar de los esfuerzos, su cultivo resultó sumamente complejo.
Aunque en el renombrado jardín botánico londinense Kew Gardens las semillas germinaron, las plantas no sobrevivían a los inviernos.
Crucialmente, tanto ahí como en otros jardines botánicos y colecciones privadas que recibieron ejemplares enviados por Schomburgk, los expertos no lograron que la Victoria regia llegara a florecer.
Este fracaso añadió un elemento más a la obsesión: la gloria que supondría ser el primero en lograr la floración.
Así comenzó una intensa competencia entre los aristócratas adinerados, cada uno deseoso de ver cómo la flor abría sus pétalos en sus propiedades.

Fuente de la imagen, Getty Images
La contienda para conseguirlo se volvió un espectáculo con audiencia internacional, concretado en los invernaderos diseminados por toda Inglaterra.
El mayor de ellos, y el edificio acristalado más extenso del mundo en ese momento, era conocido como Great Stove (que significa ‘la gran estufa’), ubicado en los jardines de Chatsworth House, residencia ancestral de la familia Cavendish, cuyo heredero ostenta el título de duque de Devonshire.
El duque y el jardinero
William Cavendish, duque de Devonshire, se enfocaba en las plantas exóticas almacenadas en su invernadero, respaldado por un joven jardinero que pronto alcanzaría fama: Joseph Paxton.
Paxton, hijo de un agricultor, fue uno de los primeros en solicitar plaza en los jardines formativos de la incipiente Sociedad Hortícola.
Fue una decisión sumamente acertada, pues marcaría restropectivamente el curso de su carrera futura.
Contratado por el duque a los 23 años, Paxton recibió libertad total para explorar sus intereses dentro de la horticultura, incluyendo la ciencia emergente y exclusiva del diseño de invernaderos.
Ambos compartían entusiasmo y ambiciosas ideas, y con el capital del duque y la inventiva del jardinero, iniciaron experimentos con el vidrio para crear ambientes que replicaran lugares remotos y expandieran la horticultura de formas innovadoras.
Fue con el fin de albergar la creciente colección de plantas exóticas del duque que Paxton diseñó y construyó el Great Stove, un edificio que alcanzaba casi 70 metros de largo y más de 20 metros de altura.
Su costo fue elevado, pero el resultado, impresionante, como pudo constatar la reina Victoria en una visita.
Se mostró maravillada con un paseo en carruaje dentro del edificio, iluminado por 5,000 velas, con aves tropicales volando entre la vegetación exótica, peces en los estanques, cristales de roca y escaleras en espiral para contemplar las copas de los árboles.
Algo así jamás se había realizado antes.

Fuente de la imagen, Dominio Público/Foto: Charles Latham
Lo que ni la reina ni otros visitantes podían ver era el mecanismo que generaba el calor agradable dentro del edificio.
Era un logro silencioso.
Con ocho calderas ocultas, se mantenía la temperatura para recrear zonas templadas en un extremo y subtropicales en el otro.
Túneles ocultos permitían transportar el carbón que alimentaba las calderas sin ser vistos, y ventiladores situados en cimientos de mampostería y en el techo circulaban el aire.
Las chimeneas estaban disimuladas para que humo y vapor salieran lejos, en la cima de una colina.
Por eso, cuando comenzaron los intentos de cultivar Victoria regia en Inglaterra, entre todos los invernaderos importantes del país, incluido el de Kew Gardens, el Great Stove destacaba no solo por su tamaño, sino también por su tecnología avanzada.
Esa fórmula, combinada con la voluntad de Paxton para lograr que floreciera y la disposición de Cavendish para financiarlo, marcó la diferencia.
Sin embargo, Paxton y el duque solo recibieron semillas de esta planta amazónica por primera vez en 1849, más de diez años después de que Schomburgk la descubriera en Guyana y enviara un lote pequeño a Londres.
Capullos
Durante sus años trabajando con plantas, Paxton comprendió que para hacer florecer una especie, debía entender su origen.
Sabía que para la Victoria regia era necesario recrear un ambiente donde el agua permaneciera en constante movimiento, por lo que instaló pequeñas ruedas dentro del estanque donde las cultivaba.
Para conservar la temperatura correcta, colocó tuberías bajo el suelo en el fondo del estanque.
También garantizó que el agua tuviera los nutrientes precisos para alimentar las plantas.
Sus plántulas comenzaron a desarrollarse rápidamente, desplegando una velocidad notable: en su hábitat natural, sus hojas pueden alcanzar cerca de tres metros de diámetro, creciendo hasta 2.5 centímetros por hora.
Aunque en los invernaderos no llegaban a esos tamaños, igual mostraban un desarrollo sorprendente en poco tiempo.
Cuando el verano terminó y las noches se extendieron, Paxton pensó que sus Victoria regia morirían, tal como había sucedido antes.
Sin embargo, canceló un viaje previsto y solicitó al duque quedarse con ellas.
A comienzos de noviembre, le escribió para comunicarle que un botón había emergido, que se abrió y que pronto apareció un tinte rosado desde el centro hacia los bordes de los pétalos.

Fuente de la imagen, Dominio Público
Paxton ganó la competencia, y su premio fue el reconocimiento.
Con orgullo, le escribió al director de Kew Gardens, Sir William Jackson Hooker.
"Estimado Sir William:
"La Victoria regia está en plena floración en Chatsworth y, según creo, lo seguirá estando por más de dos semanas, ya que constantemente brotan nuevos capullos.
"Es probable que sus plantas ya estén mostrando flores a esta altura. Y si no, contemplar esta planta justifica un viaje de mil millas.
"Contamos con hojas de casi cinco pies de diámetro (≈ 1,5 metros), y ahora la planta posee trece hojas".
Un mundo acristalado
Con el tiempo se descubriría la singularidad de estas flores, que precisaron tanto esfuerzo para ser cultivadas en Inglaterra y Europa.
En el lapso de 24 horas, cambian su género.
Al abrirse por primera vez, al ocultarse el sol, las flores son blancas, femeninas y receptivas al polen proveniente de otras plantas.
Atraen a un tipo de escarabajos mediante un aroma dulce y envolvente, y los invitan a quedarse en su interior ofreciéndoles néctar delicioso y una temperatura más alta que la ambiental, para asegurar que depositen el polen traído.
Pero ser polinizada sólo representa la mitad del proceso.
Luego, el nenúfar debe garantizar que su propio polen se transporte a otra flor.
Por eso, al salir el Sol, se cierran con los escarabajos adentro y cambian a flores masculinas que contienen polen.
Cuando se abren la segunda noche, ya lucen rosadas, sin aroma ni calor interno, para obligar a sus huéspedes nocturnos a buscar otra flor blanca para polinizar.

Fuente de la imagen, Getty Images
Aunque sus flores y otras características son impresionantes, fueron sus hojas, extensas y perfectamente formadas, las que inspiraron a Paxton a descubrir un principio capaz de revolucionar no solo los invernaderos, sino la propia arquitectura.
Fascinado por la estructura íntima de esas hojas, no se limitó a admirarlas: las analizó con la precisión de un ingeniero.
Le maravillaba su capacidad de sostener peso, gracias a una red de venas acanaladas que funcionaban como vigas y arcos naturales.
En 1849, tras la primera floración en Chatsworth, colocó a su hija Annie, de 7 años, sobre una de esas hojas gigantes para demostrar su resistencia; la imagen fue luego publicada en el Illustrated London News, constituyendo una declaración pública de lo que aquella planta le había revelado y de sus visiones de construcción.
"La naturaleza fue la ingeniera", afirmó en 1850 ante la Royal Society of Arts, mientras exhibía una hoja de Victoria regia como modelo de un principio estructural perfecto.
"La hoja cuenta con vigas y soportes longitudinales y transversales que, inspirándome en ella, adopté para este edificio".
Hablaba del Crystal Palace, una construcción que parecía desafiar la percepción del espacio y la materia: enorme, transparente y casi ingrávido.
Paxton había dejado atrás su papel como innovador en jardinería para convertirse en creador de un proyecto arquitectónico sin precedentes.

Fuente de la imagen, Getty Images
Su sistema de crestas y canales, inspirado directamente en la geometría de la hoja, soportaba grandes superficies de vidrio con una ligereza y resistencia sin precedentes, compuesto por piezas estandarizadas de hierro y vidrio que podían producirse en masa y ensamblarse como un mecanismo gigante.
El resultado fue algo nunca visto: un vasto universo acristalado, casi irreal.
Es difícil imaginar la sensación de asombro que experimentaron aquellos visitantes al contemplar esa maravilla de vidrio y hierro que alojó la Gran Exposición de 1851.
Su transparencia desconcertaba la mirada, proyectaba mínima sombra y su inmensidad parecía romper las nociones tradicionales del espacio y la materia.
La prefabricación, el diseño modular y el uso de la luz como material arquitectónico inauguraron una óptica nueva para concebir edificios, cuyo legado aún vivimos.
El Crystal Palace surgió de la Victoria regia, "tan naturalmente como los robles nacen de las bellotas", escribió Charles Dickens, y las hojas que inspiraron su diseño siguen alimentando la creatividad de artistas y arquitectos por más de siglo y medio.
Los científicos continúan investigando su estructura, revelando secretos que brindan nuevas ideas en ingeniería, arquitecturas flotantes y tecnologías energéticas.
Ligeras, pero con gran resistencia y eficacia en el uso de la luz, sus configuraciones aportan pistas para innovar en múltiples campos.

