Impacto económico de las remesas desde EE.UU. en comunidades rurales de Guatemala

Mujer vestida con ropa de colores, con el pelo recogido y mirando a cámara desde lo alto. Detrás, se ve la fachada de su casa de remesas, con un balcón grande y colores variados.

    • Autor, Atahualpa Amerise
    • Título del autor, Enviado especial de BBC News Mundo a Guatemala
  • 48 minutos

Solo basta con recorrer la vía principal de San Martín Sacatepéquez para captar cómo las remesas están modificando el entorno del altiplano occidental guatemalteco.

Las típicas viviendas de adobe o ladrillo encalado casi han desaparecido a ambos lados de la calle, dando paso a construcciones de concreto de dos o tres pisos, decoradas con fachadas en tonos turquesa, amarillo y azul, balcones metálicos, vidrios reflectantes, luces LED y comercios en la planta baja.

Estas edificaciones son frutos de años de esfuerzo realizados en California, Texas, Virginia o Florida, destinos a los que emigraron millones de guatemaltecos, salvadoreños, hondureños y mexicanos, con la intención de levantar la casa que siempre desearon en sus localidades de origen.

Vista aérea de San Martín Sacatepéquez

Guatemala, el país con la mayor población en Centroamérica, cuenta con 18,5 millones de habitantes más 3,6 millones que residen en Estados Unidos.

Según el gobierno guatemalteco informado a la agencia EFE a finales del año pasado, la mayoría de estos migrantes se encuentran en situación migratoria irregular, aunque no existen datos precisos.

Con el inicio del mandato de Donald Trump en la Casa Blanca en enero de 2025, se lanzó una ofensiva contra inmigrantes indocumentados mediante redadas y deportaciones. Sin embargo, esta política no ha incrementado el número de deportaciones de guatemaltecos: hasta septiembre, Estados Unidos deportó a 33.000, cifra inferior a las cerca de 50.000 registradas en el mismo período de 2024 bajo la administración de Joe Biden.

Durante los primeros nueve meses de 2025, los migrantes remitieron a Guatemala cerca de US$14.400 millones, alrededor del 20% del PIB nacional, representando un incremento del 19,8% respecto al mismo lapso del año anterior.

Este fuerte aumento “podría estar relacionado con una preocupación de ser deportados en cualquier momento, lo que impulsa a enviar la mayor cantidad posible debido a las políticas migratorias de Trump”, interpreta Inés Vachez, investigadora urbana consultada por BBC Mundo.

Más del 21% de los fondos enviados del exterior se destinan a la construcción y mantenimiento de viviendas, mientras que el resto se utiliza en necesidades cotidianas (alrededor del 40%), salud, educación y ahorro, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

San Martín Sacatepéquez figura entre los municipios con mayores índices de emigración en Guatemala, consecuencia de la limitada industrialización y escasas oportunidades laborales que predominan especialmente en el departamento de Quetzaltenango.

Prácticamente todos los habitantes consultados en la zona aseguran tener algún familiar viviendo en el extranjero, como es el caso de María.

Esta mujer de 29 años con sus dos hijos reside en una región montañosa a la orilla del valle, donde la mayoría de sus vecinos, que visten ropa tradicional del pueblo mam, observan con recelo las visitas poco habituales de forasteros.

María, sin embargo, abre las puertas de su imponente casa, una de las conocidas como “casas de remesas”, bautizadas así por construirse con el dinero enviado desde el exterior. Ella se esfuerza por relatar su historia en español, lengua que casi no utiliza, pues en su comunidad predomina el idioma ancestral mam.

La casa de María

María delante de su casa, un edificio de dos pisos com grandes ventanales, una entrada amplia y de color marrón claro, naranja y rosa pálido

En las aldeas cercanas al centro de San Martín Sacatepéquez abundan las vibrantes “casas de remesas”, como la vivienda en tonos naranja y rosa que pertenece a María.

Ella luce la vestimenta maya tradicional de la zona y maneja con destreza un telar en su tienda donde se venden productos de uso cotidiano.

La confección textil y la atención al negocio ubicado en la planta baja son las actividades que complementan las remesas que su madre le envía desde Virginia, en la costa este de Estados Unidos.

Cuenta que durante su infancia vivían en una casa precaria de lámina y sobrevivían gracias a trabajos esporádicos, desde tejer hasta cosechar y vender las abundantes verduras locales.

En 2011, su madre emigró a Virginia, donde comenzó a trabajar limpiando casas desde temprano hasta el anochecer.

“Ella aspiraba a tener una de esas casas americanas que limpiaba”, relata María.

Para hacerlo realidad destinó los ahorros acumulados en 11 años de trabajo: “Reunió dinero, trajo el diseño de Estados Unidos, consiguió un albañil y él construyó conforme al plano que ella había hecho”.

María tejiendo a las afueras de su casa

Ubicada en medio del paisaje verde montañoso del altiplano guatemalteco, lo primero que llama la atención de la casa de María es su fachada, donde el naranja y rosa pálido contrastan con el negro brillante de la puerta principal, barandillas, paneles decorativos y ventanas tintadas con efecto reflectante.

“Le gustaba el color naranja; trajo un recuerdo de ese tono desde Estados Unidos”, comenta.

En el interior la vivienda también destaca por los colores -se suma el azul- aunque con menos lujo: la amplia sala casi no tiene muebles y solo una pequeña televisión, pero la cocina está bien equipada con barra americana y una ventana grande que ofrece vistas impresionantes al monte.

María admite que nunca imaginó vivir en una casa con cuatro habitaciones: una para ella, dos para sus hijos y una más que “está cerrada, exclusiva para mi mamá”.

“Mi madre cumplió su sueño, el sueño americano. Es llamado así porque se logra”, concluye.

Mientras tanto, la madre de María continúa limpiando casas en Virginia con la esperanza de regresar algún día para jubilarse cómodamente junto a su hija y nietos.

Un pueblo transformado por las remesas

Casas de remesas de colores

Al volver al centro de San Martín Sacatepéquez, se visitó el estudio de Jordi Muñoz, arquitecto local especialista en las llamadas “casas de remesas”, quien asegura tener una carga laboral considerable.

De la mano de Muñoz se recorrieron las calles principales del municipio donde, en medio de puestos ambulantes, obras y motocicletas, resaltan numerosos ejemplos arquitectónicos acorde a las preferencias de sus clientes, generalmente migrantes menores de 40 años que lo contactan desde Estados Unidos.

“Construyen sus hogares pensando en regresar. La mentalidad del guatemalteco es permanecer afuera 5, 6 o incluso 10 años y después regresar para disfrutar lo que logró allá. Solo un pequeño porcentaje quiere quedarse fuera”, detalla.

Indica que con frecuencia “el cliente ya sabe qué quiere: simplemente manda los planos desde allá, nosotros los adaptamos a las normativas locales y empezamos la construcción”.

El arquitecto señala que el pueblo “se ha influenciado culturalmente en parte por la experiencia de Norteamérica, no solo en la forma de construir, sino también en los materiales que se utilizan”, lo que ha transformado radicalmente su apariencia.

Casa de remesas azul

Fuente de la imagen, Getty Images

Rememora que las familias locales solían demandar casas pequeñas, de dos habitaciones, construidas con adobe o ladrillo y con fachadas blancas.

No obstante, desde hace una década, tanto en San Martín Sacatepéquez como en todo el altiplano suroccidental de Guatemala, “buscan casas más grandes, espaciosas, modernas, automatizadas, de colores vivos y estructuras de uso mixto, que incorporan comercio y vivienda”, señala.

Consultado sobre la influencia de la política migratoria de Donald Trump en la arquitectura ligada a las remesas, Muñoz comenta que ha modificado las prioridades de muchos migrantes guatemaltecos en la construcción de sus hogares.

“Actualmente, desean con certeza locales comerciales dentro de las casas. Ante la situación de incertidumbre y posible deportación, buscan contar con un ingreso que les permita subsistir en caso de regreso”, asegura.

La inclusión de un local comercial en la planta baja se ha convertido en un elemento casi obligatorio de la arquitectura de remesas; sus propietarios suelen alquilar estos espacios para generar ingresos adicionales mientras esperan abrir sus negocios al volver de Estados Unidos.

Esta combinación, conocida como uso mixto, es común en muchas nuevas construcciones: tiendas pequeñas, restaurantes o bodegas en la planta baja; y viviendas familiares arriba, con salas amplias y varias habitaciones.

Casas de remesas de colores

Esto explica en parte la predilección por colores brillantes: “Mientras más llamativos, mayor atracción generan y se cree que atraen mayor circulación de personas a esos locales”.

“Aquí se prefieren tonos pastel o vivos: amarillo, celeste, turquesa, morado. Ya no quieren iluminación tradicional, ahora todo debe ser con luces LED, casas automatizadas y controladas desde el teléfono móvil”, destaca.

Levantar una casa de este estilo, de entre 150 y 200 metros cuadrados, cuesta a partir de 700.000 quetzales (unos US$100.000), precisa el arquitecto.

La influencia estadounidense no solo se refleja en la construcción, sino también en la mentalidad de quienes regresan con ahorros o solicitan proyectos desde el extranjero.

“Se ha generado una cultura competitiva para tener la vivienda más grande, espaciosa y moderna; en definitiva, una competencia por ver quién posee lo mejor”, concluye.

Antonio y su hijo

Antonio

Se recorrieron cerca de 30 kilómetros por las montañosas carreteras de Quetzaltenango con el fin de visitar a Antonio, maestro de obra, quien acaba de construir una mansión en la aldea Pasar Primero, perteneciente al municipio de Cantel, con aproximadamente 47.000 habitantes.

Con una fachada que combina blanco y ladrillo expuesto, la residencia de tres niveles tiene balcones con barandas plateadas, ventanas espejadas, techos con tejas rojas y robustas columnas que enmarcan una entrada techada impactante.

Su presencia contrasta notablemente con el entorno de modestas casas bajas de adobe, corrales, caminos de tierra, áreas boscosas y cultivos de maíz.

Antonio la levantó para su hijo Maynor, de 22 años, quien emigró a Estados Unidos hace tres años con un claro objetivo: poseer la casa más grande y hermosa de su pueblo.

“Se fue con ese sueño. Poco después nos envió la foto de un diseño que le había gustado y, tal como él imaginaba, lo construimos”, explica Antonio.

Maynor trabaja en construcción por las mañanas y, tras llegar a casa, cambia de ropa para atender en un restaurante de San Francisco, California.

Sin tiempo para el ocio, ha logrado enviar entre US$1.200 y US$2.000 cada quince días, fondos que se destinan completamente a financiar la obra casi concluida de su casa soñada.

“Según me comenta mi esposa, el dinero en quetzales llega conforme se requieren materiales y para pagar la mano de obra”, relata Antonio.

Antonio se asoma a la ventana

Con una inversión aproximada de US$80.000 hasta el momento, la mansión combina elementos coloniales y estilos estadounidenses.

“Se llama estilo colonial por las vigas combinadas con ladrillos y las puertas con molduras llamadas ‘pechos de paloma’. Pero hay también detalles modernos como el techo, cenefas y luces LED”, comenta el maestro, mientras invita a entrar.

Aunque aún faltan muebles, electrodomésticos y detalles que llegarán con futuras remesas, la vivienda tiene una cocina amplia tipo americana, cuatro habitaciones, balcones espaciosos, duchas grandes y espacio preparado para instalar un jacuzzi en el baño principal.

Al preguntar qué opinan los vecinos sobre esta construcción, Antonio responde: “Están asombrados, porque casi no se ven casas así por aquí”.

Antes de partir a Estados Unidos, asegura Antonio, su hijo Maynor se graduó como técnico industrial, carrera que planea retomar en Guatemala para fundar su propia empresa.

“Su intención es regresar. Al fin y al cabo, lo que busca todo emigrante es hacer dinero para invertir, trabajar y vivir con mayor comodidad en su país”.

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