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Quien resulte ganador en las elecciones presidenciales de Honduras este domingo tendrá que afrontar el reto de gobernar el país más pobre de América Latina, exceptuando a Haití.
Ya sea que prevalezca la candidatura izquierdista del oficialismo encabezada por Rixi Moncada, la de Salvador Nasralla —expresentador que ha pasado por varios partidos, incluido el de la presidenta Xiomara Castro— o la de la oposición derecha liderada por Nasry Asfura, la pobreza persistente seguirá siendo una de las heridas abiertas más profundas en esta nación centroamericana.
La administración entrante tendrá que hacer frente a las expectativas de un país donde el 60,1% de las familias vive en condiciones de pobreza, y cuya trayectoria ha estado condicionada por la presencia de crimen organizado, la violencia política y la corrupción.
Un claro ejemplo de la fragilidad institucional es el caso del exmandatario Juan Orlando Hernández, sentenciado en Estados Unidos en junio del año pasado a 45 años de prisión por delitos relacionados con el narcotráfico.
En una sociedad con múltiples escándalos de corrupción a altos niveles, observadores internacionales como la Organización de Estados Americanos (OEA) han expresado su inquietud recientemente sobre la independencia del próximo proceso electoral.
En este entorno, cerca de 11 millones de hondureños continuarán enfrentando condiciones de vida precarias, las cuales se agravaron durante los últimos años debido a la pandemia, una crisis económica global y dos huracanes que devastaron comunidades enteras en noviembre de 2020.
Con la desaparición de las masivas caravanas migrantes hacia Estados Unidos provenientes de Honduras y otros países centroamericanos, gran parte de la población ha tenido que posponer sus planes de emigrar y concentrarse en sobrevivir en su país natal, trabajando en la producción de café, banano, aceite de palma, prendas textiles o en el comercio informal.
Muchas familias siguen dependiendo de las remesas enviadas por sus parientes desde el extranjero, que representan aproximadamente una cuarta parte del Producto Interno Bruto (PIB) del país.
De no mediar las remesas, la pobreza en Honduras se habría elevado considerablemente más, señala Sergio Zepeda, director del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, UNAH.
Un país históricamente afectado por la pobreza
Durante los últimos 15 años, el índice promedio de pobreza en Honduras fue del 63,8%, según los cálculos del IIES basados en datos del Instituto Nacional de Estadística de Honduras (INE) y en sus propias estimaciones para los años 2000 y 2022, ante la falta de cifras oficiales.
Como ilustra el siguiente gráfico, la pobreza ha aumentado levemente desde su nivel prepandemia, pasando de 59,9% a 60,1% en la actualidad.
Dado que la pandemia produjo una catástrofe económica global y aumentó drásticamente la pobreza durante 2020 y 2021, los especialistas internacionales suelen comparar las tasas de pobreza y el crecimiento económico actuales con aquellos de 2019 (antes de la pandemia) para evitar distorsionar la evaluación de su evolución en los últimos años o décadas.
Como en la mayoría de los países, la pobreza se convierte en un tema especialmente sensible en períodos electorales.
En medio de la intensa contienda electoral hondureña, el gobierno de Xiomara Castro ha señalado un triunfo social relevante: la pobreza disminuyó un 13,5% y la pobreza extrema un 15,4%.
Según los datos del INE, estas cifras son correctas, aunque cabe destacar que la comparación se realizó con respecto a 2021, año en que la pobreza alcanzó valores históricos, afectando al 73,6% de la población tras el impacto de la crisis sanitaria y los efectos devastadores de los huracanes Eta e Iota, que dejaron a cientos de miles sin hogar y desplazados.
Una de las razones para comprender la pobreza en Honduras es que se trata de un país «vulnerable a todo tipo de choques», algunos de los cuales no están relacionados directamente con eventos internos, afirma José Antonio Cuesta, economista principal del Banco Mundial y profesor adjunto en la Universidad de Georgetown.

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La economía hondureña se ve afectada cuando, por ejemplo, el conflicto en Ucrania incrementa los precios del petróleo, cuando se generan problemas en Estados Unidos que reducen las remesas, o cuando disminuye la demanda de materias primas en China debido a cambios económicos.
Además, Honduras es más vulnerable que otros países centroamericanos ante impactos medioambientales, explica Cuesta en diálogo con BBC Mundo, tal como ha ocurrido con los huracanes de 2020 o el huracán Mitch en 1998.
Se trata, de hecho, del país de América Latina más expuesto al cambio climático, solo superado por Haití, destaca el economista. También enfrenta «choques sociales», evidentes en los bajos niveles de confianza en las instituciones y entre la población, ubicándose entre las regiones con mayores índices de corrupción a nivel mundial.
Según Cuesta, es una nación con dificultades para diversificar su economía y atraer inversión extranjera, cuenta con un bajo nivel educativo y presenta problemas que afectan la seguridad alimentaria de más de la mitad de sus habitantes.
Aunque la economía hondureña ha experimentado un crecimiento moderado en los últimos años, Cuesta indica que no ha sido sostenido. Lo compara con la construcción de una casa: primero se debe establecer la base y luego colocar ladrillos cada día; en Honduras, en cambio, «unos días se colocan ladrillos y otros se quitan», lo que dificulta mantener un crecimiento a largo plazo.
Con niveles de pobreza superiores al 60% y una pobreza extrema cercana al 40%, el experto considera que «la situación es muy preocupante» debido a que el país no ha logrado reducir la pobreza de forma persistente.
El país más pobre de la región
Esto se refleja en que Honduras sigue siendo la nación más pobre de América Latina (exceptuando Haití), según el reciente informe del Banco Mundial titulado Actualización sobre pobreza y desigualdad en América Latina y el Caribe, publicado en octubre.
El Banco Mundial utiliza su propia metodología para comparar la pobreza entre países, tomando en cuenta la Paridad del Poder Adquisitivo, como se observa en este gráfico.
Mientras que en América Latina se estima que la mitad de la población trabaja en la informalidad —es decir, sin contrato ni protección social y sobreviviendo día a día—, en Honduras cerca del 70% de las personas se encuentra en esa situación.
Dado que pocos estudiantes completan la educación secundaria o universitaria, el país tampoco dispone de una fuerza laboral capacitada para impulsar el desarrollo económico. Numerosas empresas no están registradas ni pueden acceder a crédito, mientras que la inversión tanto extranjera como nacional en sectores productivos que generen empleo ha disminuido.
Los empresarios señalan que las barreras para aumentar la inversión y combatir la pobreza incluyen la inseguridad jurídica, la corrupción y la inseguridad ciudadana.
«Existe un estado de derecho débil», comentó Anabel Gallardo, presidenta del Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep), a BBC Mundo. «Es necesario hacer cumplir las leyes».
El crecimiento económico promedio de Honduras ha sido del 3,6% en los últimos 15 años, según datos del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES), basados en cifras del Banco Central.
Exceptuando el impacto pandémico, expertos consideran que esta tasa es moderada dadas las condiciones del país.
El economista Sergio Zepeda explica que una gran parte de ese crecimiento no ha impulsado mejoras sustanciales en los sectores productivos.
Según el investigador, dicho crecimiento «no se ha transformado en un beneficio real para el bienestar de la población hondureña». «Las condiciones no han sido las adecuadas para que la gente mejore su nivel de vida».
Indudablemente, afirma, el país necesita mayor inversión y empleos de calidad, así como un enfoque claro en políticas sociales para que los beneficios alcancen a las familias más vulnerables. Todo esto requiere, además, reducir significativamente los índices de corrupción, concluye Zepeda.

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