El abogado Luis Felipe Utrera-Molina rememora al general Franco como un anciano con salud frágil, cuyas memorias están llenas de incidentes y relatos sorprendentes que le transmitió su padre, quien fue ministro de Vivienda y secretario general del Movimiento durante los últimos años de la dictadura.
A los 15 años, Miguel Ángel Revilla tuvo el valor de enfrentarse a Franco para compartir sus vivencias como integrante de la OJE, la sección juvenil de la Falange.
El Padre Ángel logró conmoverlo hasta las lágrimas en su despacho de El Pardo. Mientras tanto, Alfredo Amestoy consiguió sacarle una sonrisa al dictador, quien intervino para impedir que un ministro lo purgara en TVE.
Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico, no estrechó la mano de Franco, sino de Carmen Polo. Sin embargo, eso no evitó que el régimen censurara una de sus canciones.
Estos cinco testimonios conforman el retrato de una época, hoy evocada en blanco y negro, durante la agonía de un régimen que tardó cuatro décadas en ceder paso a la democracia.
El próximo jueves se cumplirán 50 años desde la muerte de Francisco Franco.
Luis Felipe Utrera-Molina
El abogado Luis Felipe Utrera-Molina tenía apenas seis años cuando conoció a Franco en su despacho de El Pardo, en diciembre de 1974, once meses antes del fallecimiento del dictador.
«Tengo un recuerdo muy claro; me impactó aquel hombre mayor, con manos temblorosas por la enfermedad», relata a EL ESPAÑOL el actual representante legal de la familia Franco.
«Me preguntó qué quería ser de mayor y le respondí que militar», prosigue.
La respuesta del general fue sorprendente: «Yo también quería ser militar a tu edad«, comentó, como si nunca hubiera alcanzado ese rango, «los militares comienzan a germinar en los sueños infantiles».
Luego añadió: «Solo te pido una cosa, que seas tan bueno como tu padre». Se refería a José Utrera-Molina, ministro de Vivienda desde junio de 1973 y en los últimos meses de la dictadura, ministro y secretario general del Movimiento.
La modestia de Franco excedía lo habitual.
«Era un hombre de gustos muy simples», cuenta Luis Felipe, que conserva las confidencias de su padre, «el rey Juan Carlos solía decir que en El Pardo se comía mal».
«En realidad, era comida de campo», añade, «Franco no consumía alcohol, bebía una Fanta de naranja durante la comida. Le irritaba que se hablara de política mientras comía. Decía: ‘No es el momento, estamos comiendo».
El abogado rememora lo que le relató su padre: «Franco calzaba unos zapatos que le proporcionaba Segarra, proveedor del Ejército. Nosotros, siendo ocho hermanos, también los usábamos. Eran zapatos terribles, muy rígidos, pero casi indestructibles».
Cuando ya estaba enfermo, el doctor Vicente Pozuelo le recomendó usar un calzado más cómodo y adecuado a su edad.
«¿Y eso cuánto cuesta?», preguntó Franco. Al saber que valían 12.000 pesetas, replicó: «No puedo permitirme eso, Vicentón«.
Al dictador tampoco le agradaba que se le informara sobre la vida privada de sus colaboradores.
Cuando alguien mencionó las relaciones del ministro de Trabajo José Antonio Girón, soltero entonces, Franco cortó la conversación: «No exijo a mis ministros que sean de cristal«.
«No exijo a mis ministros que sean de cristal», declaró Franco al recibir rumores sobre los romances del ministro Girón.
De igual forma, cuando le mostraron una foto poco decorosa de su hermano Nicolás Franco con una mujer en Portugal, comentó escuetamente: «Hay que ver lo gordo que se ha puesto Nicolás«.
Quienes lo conocieron en vida recuerdan sus silencios prolongados, a veces inquietantes.
«Era un hombre parco en palabras, pero contundente», explica Luis Felipe, «mi padre decía que nunca lo vio autoritario o iracundo, mantenía la calma. Conservó las actas de los Consejos de Ministros, donde se observa que escuchaba y apenas intervenía, salvo en discusiones».
Dos anécdotas más, que Luis Felipe Utrera-Molina escuchó de su padre y de familiares Franco, reflejan el carácter del dictador.
«En el día de Reyes», cuenta, «los nietos eran los encargados de entregar los regalos a los hijos del personal de El Pardo. Pero un año, Francis Franco se mostró perezoso y dijo a sus hermanos: ‘Mañana me voy a cazar con el abuelo‘».
A la mañana siguiente, cuando la niñera bajó y encontró a Francis esperando a pie de escalera, le preguntó: «Francis, ¿a dónde vas?». «Me voy a cazar con el abuelo», contestó el niño.
«De ninguna manera», replicó la niñera, «no irás a ningún sitio, debes repartir los regalos».
El general apareció entonces, ya vestido para la cacería, encontró al nieto enfurruñado y zanjó: «Aquí manda quien manda, debes obedecer a la niñera«. Ese día, Francis Franco no salió a cazar.
Durante su etapa como gobernador civil de Ciudad Real, el padre de Luis Felipe Utrera-Molina también tuvo que acompañar al general a alguna cacería de perdices.
Al reconocer ante los asistentes que no era un gran aficionado, alguien le comentó: «Si no te gusta cazar, en Ciudad Real te vas a aburrir».
El jefe del Estado le fulminó con la mirada y advirtió: «Esa observación es claramente inapropiada«, añadió, «Utrera no tendrá tiempo de aburrirse, porque en Ciudad Real hay mucho por hacer».
Miguel Ángel Revilla
El expresidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, era un adolescente de 15 años cuando se presentó enfrente de Franco.
No mostró nerviosismo al hallar ante sí al dictador, que vestía de civil y no con uniforme militar.
Franco estaba acompañado por Carmen Polo, el secretario general del Movimiento, José Solis Ruiz, vestido con el uniforme blanco de la Falange, y el ministro de Información, Gabriel Arias-Salgado.
El encuentro ocurrió en 1958 en un acto en las afueras de Burgos, donde el régimen reunió a varios miles de jóvenes integrantes de la Organización Juvenil Española (OJE), la vertiente juvenil de la Falange.
«En esa época, para realizar deportes o actividades al aire libre, había que ser miembro de la OJE, ya que contaban con las mejores instalaciones», recuerda Revilla.
«Yo formaba parte del grupo de espeleología y me eligieron para explicar a Franco, durante aquella concentración, las actividades que realizábamos. Supongo que porque era el más destacado».
El político cántabro asegura que no sintió temor ante el dictador: «Era un chaval con cierto desparpajo«.
Con seguridad, respondió a sus preguntas y ofreció una breve explicación sobre las excursiones realizadas para explorar cuevas inundadas.
Tras escucharle, Franco esbozó una leve sonrisa, mostrando satisfacción.
Revilla recuerda un encuentro anterior con el dictador. «Vino a Santander en 1953, cuando tenía 10 años», relata a EL ESPAÑOL, «fueron reclutadas personas de varias aldeas, muchas por la fuerza, para recibirlo».
«Me han acusado de ser parte del régimen, pero entonces casi todos lo éramos», dice Revilla.
«A mí me subieron a un camión usado para transportar vacas«, añade, «junto a otras treinta personas, para recorrer 110 kilómetros».
«Al regresar, al preguntarme qué me había impresionado más, señalé los plátanos», recuerda Revilla, «vi por primera vez aquella fruta en una calle de Santander y mi madre me dio a probar uno. Tenía diez años y nunca lo había visto. Aún usábamos la cartilla de racionamiento».
En 1953, España comenzaba a salir de la posguerra que había sumergido al país en la pobreza.
«Me acusaron de apoyar al régimen, pero entonces todos lo hacíamos«, comenta Revilla a EL ESPAÑOL, «provenía de una familia franquista, mi padre era falangista. Sin embargo, con perspectiva, es necesario reconocer ciertos hechos».
Acota: «Franco fue un dictador típico, al igual que Hitler o Mussolini, que poco antes de morir todavía ordenó ejecuciones capitales».
«Durante la guerra cometieron atrocidades ambos bandos», reflexiona Revilla, «y la posterior represión fue brutal. Franco estaba decidido a erradicar cualquier vestigio de la república».
El Padre Ángel
Carmen Polo abrió las puertas de El Pardo para el Padre Ángel.
Tras visitar un orfanato en Oviedo, en 1972 el Padre Ángel fundó, junto a otro religioso, Ángel Silva Sánchez, la asociación Cruz de los Ángeles (que luego sería Mensajeros de la Paz) en Pola de Laviana (Asturias).
El Padre Ángel ha contado en varias ocasiones sobre un encuentro frustrante con Franco en 1972 en El Pardo, donde llevó niños para que el general conociera el trabajo social que desarrollaba su asociación.
Los niños se mostraron inquietos, correteando en el despacho del jefe del Estado y hasta tiraban del fajín del uniforme.
Al ver esa escena insólita en El Pardo, el general preguntó: «¿Y estos niños?» El sacerdote explicó que «son niños de padres separados o encarcelados«.
«Entonces a Franco se le saltaron las lágrimas«, ha afirmado el Padre Ángel. El dictador se mostró conmovido y se identificó con aquellos pequeños, ya que durante su juventud sus propios padres se habían separado tras un matrimonio tormentoso.
«¿Cómo puedo ayudarlos?», cuestionó entonces. De manera natural, alcanzaron el punto que esperaba el sacerdote, quien le pidió una contribución económica.
Pocos días después de regresar a Asturias, el religioso añade, «el Generalísimo me mandó un motorista con 3.000 pesetas«.
Indignado por lo insuficiente de la ayuda, el Padre Ángel decidió devolver la suma a El Pardo.
Días después, recibió una llamada del gobernador de Asturias, Mateu de Ros, para reprenderlo: «Le has hecho un feo al Caudillo», advirtió, «tómalas o nos podría fusilar«.
Las heridas de la guerra civil marcaron su infancia: «Recuerdo ir con mi madre a visitar a mis tías a la cárcel de Mieres. Mi padre era derechista y mi tío sacerdote», relató el Padre Ángel en marzo pasado a EL ESPAÑOL.
«Mi pueblo estaba dividido entre los que habían matado a unos y a otros. Pensaba en ser cura para ayudar a la gente, como el sacerdote de mi pueblo».
Y lo ha logrado a gran escala. La pequeña asociación que fundó en Asturias en 1962 hoy desarrolla proyectos sociales en 55 países, apoyando a colectivos vulnerables como niños e inmigrantes. Fue reconocida en 1994 con el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia.
Como en aquella reunión en El Pardo, hoy el Padre Ángel sigue indignándose por la tacañería de los políticos y su falta de voluntad para resolver los problemas.
Alfredo Amestoy
Alfredo Amestoy, una de las figuras principales de TVE entre los años 60 y 80, conserva vívida aquella imagen.
Tenía 18 años y acababa de llegar a Madrid para estudiar en la Escuela de Periodismo cuando presenció en la Gran Vía el paso de Franco y el general Eisenhower compartiendo un vehículo, escoltados por motoristas y guardias moros a caballo, ovacionados por la multitud.
«El presidente estadounidense y el jefe del Estado español recorrían el centro de Madrid en un coche descapotable, sin miedo a atentados«, recuerda el periodista, «hoy eso sería impensable».
Sucedió el 21 de diciembre de 1959. El régimen mostró esa visita como símbolo del fin del aislamiento que España sufrió tras la Guerra Civil.
«Venía desde Bilbao y pensaba que la dictadura estaba aislada internacionalmente», recuerda Amestoy, «pero ese día entendí que la apertura del régimen era inevitable, que empezaba a ser aceptado por gobiernos democráticos», a los que eventualmente tendría que equipararse.
Amestoy no imaginaba entonces que la intervención directa del dictador evitaría que cortaran su naciente carrera periodística.
Debutó en 1960 en TVE bajo la tutela de Manuel Martín Ferrand, en una televisión en blanco y negro que apenas comenzaba a operar.
Pero su estilo, demasiado moderno y audaz, con un flequillo considerado atrevido, despertaba sospechas en un régimen paranoico que veía enemigos en todas partes.
El régimen, obsesionado con «el comunismo y la masonería«, ordenó al ministro de Gobernación, Camilo Alonso Vega, iniciar una investigación para eliminar al joven periodista.
«Querían prohibirme aparecer en TVE y impedir que entrara en Prado del Rey«, recuerda Amestoy a EL ESPAÑOL, «solo desistieron al constatar que no tenía afiliación política y no era comunista».
«Más adelante supe por Adolfo Martín-Gamero», ministro de Información en el primer Gobierno de Suárez, «que Franco se opuso a los planes de Vega y evitó que me apartaran de la televisión. Su intervención permitió que siguiera con mi trabajo en TVE».
Amestoy descubrió que al Caudillo no le desagradaba su desparpajo frente a la cámara, quizás incluso le sacaba una sonrisa durante sus emisiones desde El Pardo.
Tras la muerte del dictador, Amestoy conoció a Dolores Ibárruri, La Pasionaria, que regresó a España en 1977, gracias al padre Llanos, un jesuita que trabajaba con familias necesitadas en el barrio Pozo del Río Raimundo, Madrid.
«Un grupo de periodistas organizamos su fiesta de 88 años en 1983», recuerda Amestoy, «logré convencerla para un encuentro con Celia Gámez, representante de posturas enfrentadas durante la Guerra Civil».
«Lamentablemente, aquel encuentro nunca se efectuó», apunta Amestoy, «porque Gámez regresó a Argentina y La Pasionaria falleció poco después».
«Lo siento, porque esa imagen habría simbolizado una verdadera reconciliación entre las dos Españas, representada por dos mujeres».
Ramón Arcusa (Dúo Dinámico)
«Hoy algunos nos acusan de haber estado cercanos al régimen, pero eso es un mito. Yo nunca estreché la mano de Franco, sino de Carmen Polo«, cuenta a EL ESPAÑOL Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico.
Sin embargo, para la época fue un choque cultural, ya que el grupo juvenil representaba la rebeldía, con canciones que animaban fiestas y generaban fervor entre fans en España.
Ocurrió a comienzo de los 60. «Nos invitaron a actuar en un festival benéfico organizado por una emisora en el Teatro Real de Madrid para recaudar fondos para familias necesitadas en Navidad».
Participaron todos los grupos populares del momento y estuvo presente Carmen Polo, esposa del dictador, símbolo amable del régimen e ideal para la mujer dedicada a la familia.
«Al concluir, Carmen Polo descendió y saludó con afecto a todos los artistas. Si hubiera asistido Franco, sin duda le habríamos estrechado la mano«.
«En aquel momento no pensábamos en política, simplemente aceptabas la realidad», añade el compositor, «no conocíamos la democracia, el régimen era lo único que habíamos conocido».
Recuerda: «En el colegio nos hacían cantar el Cara al sol a las 9 de la mañana y, una vez por semana, un falangista nos daba clases de Educación en la Ciudadanía» [en realidad, la materia se llamaba Formación del espíritu nacional].
Tras superar la autarquía, España experimentó en los 60 un importante crecimiento económico gracias al turismo, que introdujo nuevas modas y rompió con el puritanismo entonces vigente.
«Lo que no nos censuraron con Franco, nos lo censuran ahora», se queja Ramón Arcusa.
Sin embargo, la censura todavía controlaba las letras de los grupos musicales, tanto en discos como en conciertos o televisión.
«Incluimos en uno de nuestros discos el tema Rogar», explica Arcusa, «versión de Los cinco latinos del clásico My Prayer de The Platters».
El estribillo contenía la frase: «Rogar es soñar con tu amor en un mundo de paz. Cual divina oración, besar tu boquita sensual«. Pero la censura lo consideró casi una blasfemia.
«Para evitar problemas», relata el cantante, «habíamos decidido grabarla en inglés, pero aun así nos la prohibieron. Fue la única vez que nos censuraron».
«Lo que no nos censuraron con Franco, nos lo censuran ahora», ironiza Arcusa, quien está escribiendo un libro sobre otra dictadura, la cultural woke.
Recientemente, «algunos nos han acusado de pederastas por la canción Quince años tiene mi amor. Julia Otero incluso dijo en la radio que no nos debería dar vergüenza».
«Cuando la estrenamos en 1961», recuerda, «nadie se escandalizó, no tiene contenido malicioso. Es una historia de amor juvenil».
Al contrario: «Cuando la grabamos, teníamos 21 años y sabíamos menos de sexo que un niño de 9 hoy«.
Recientemente, Arcusa descubrió que Spotify había retirado en EEUU dos canciones del Dúo Dinámico por considerarlas políticamente incorrectas.
Cincuenta años después, observa Arcusa con amargura, la dictadura la ejerce ahora un algoritmo de redes sociales y plataformas.

