El Comunista » En Cana: Santa Marta

Palimpsesto de huellas, quedan sólo retazos de significado: basura de palabras judiciales; meses; años quietos ahí, como sedimentados en discursos inmóviles; unas catorce hectáreas en un momento estático; jirones de guitarras-marioneta lánguidamente rotas, desgarradas por décadas de uñas. Quedan sólo las sílabas partidas, la mecánica ciega de las estaciones, de las cartas de amor descompñuestas en polvo beige y dudosamente enamorado. Todos, todos los tonos concebibles del beige son siempre exactamente el mismo tono: el imborrable no-color de la arena de este reloj enorme. desde las muchas cosas interiores, va decantándose el exacto matiz de lo artificialmente detenido. Y beiges son los rostros y las rejas. Y beiges las paredes. Y beige la pobre ropa que los presos se tejen con esa dignidad pepenadora y las sobras del tiempo. Nadie escapa a la lenta ceniza del beige en su espesura: ni el principesco cábula con su corte de monstruos, compulsivo brazo del nahual, ése a quien nada humano le es ajeno. Incluso el barrio pobre que rodea la inmensa barda como una mala madre, el blanco siempre abierto de los ojos, las armaduras negras de los simios, la sangre ocasional y hasta el azul sin nubes de finales de marzo son aquí de ese límpido, de ese transparente color beige. ¿Qué ha de decir apenas un turista? Despuès de dos, de seis, de nueve años, dudo que sea posible hallar ese color quieto en algún resquicio mínimo del mundo, sin caer en ubn shock de pupilas quebradas, en un derramamiento de agujas turbias bajo los lagrimales. Así que no, de ninguna manera. Lo que por convención poética llamamos gris es más bien ese beige, único e imposible, que escurre en la boca de un Cronos detenido en este solo y largo instante fotográfico

de comerse en nosotros, en todos, a sus vástagos.

Óscar de Pablo “Sobre la luz” (poesía militante)

2014

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