Cátedra Gabriela Mistral

Carta XXXII

Gabriela Mistral

27.11.08

¡Ah! menos noble la piedad que la franqueza!

19 de abril, Stgo. Manuel: He leído su carta. Justifico absolutamente la mala impresión que le dejé (algo peor que eso). Sin embargo, Manuel, no debió aquel ímpetu extrañarle tanto si hubiera tenido fresco el recuerdo de mis cartas. Siempre le dije lo que soy, siempre. Y si no lo hubiese sabido por mí, lo supiera por la gente, y si ni esto hubiese habido,con leerme un poco los versos habría comprendido que soy la más desconcertada y triste (lamentable) mezcla de dulzura y dureza, de ternura y de grosería. También es cierto, Manuel, que cuando se tiene un alma como la suya no es posible explicarse sin una natural repugnancia, el alma opuesta. Hay en Ud. -no olvide esto primero- una suavidad natural, que es cosa de su sangre, una vertud casi química (perdone la expresión) a la que ha venido a agregarse la depuración voluntaria por la cultura. Ni aquello ni esto lo tengo yo. Mi herencia escosa fatal; la cultura nada ha hecho en mí o porque estudié tarde o porque los temperamentos primitivos repelen la educación. Recuerde, para perdonarme del todo, que yo le hablé en serio y en broma de mis intemperancias de carácter. Si me hubiese creído antes nos habríamos ahorrado, Ud. y yo, este dolor. Pero hay en su carta un silencio absoluto sobre la causa de lo que me pasó aquel día. ¿no lo vio Ud.? O lo vio, pero parece no alcanza a excusarme la causa? Recuerde que me dijo Ud., contestando a una pregunta mía, que mis presentimientos eran verdad, que Ud. no me quería, en el sentido hondo de la palabra. Después de esto, cuyo efecto ha debido Ud. Ver ¿no me debía extrañar su beso en mi mano? ¿Debía yo aceptarlo? ¿Era, Manuel, el beso de cortesía, el beso cortesano que se da a las mujeres? Soy salvajemente sincera y este acto me irritó, Manuel. No era, no, una falsedad; era algo peor; era la piedad que quiere hacer perdonar la franqueza noble. ¡Ah! menos noble la piedad que la franqueza! ¿No vio Ud. esto? Es lo único que he deseado saber. Es cierto, Manuel; tengo algún orgullo y no acepto la lástima. Que se me deja sola con mi pena; soy capaz de cualquier dolor; pero me ofende la lástima, porque es un desconocimiento de la fueza de mi alma. Vea Ud., Manuel, como yo tengo razón cuando digo continuamente que la humanidad culta ha llegado a un punto admirable y desgraciado a la vez -desde el cual no puede no puede ya comprender al ser primitivo. Es el caso del aristócrata con el peón: son dos universos, son dos planetas espirituales que no pueden compenetrarse. Desde su punto de vista -suavidad, cultura- Ud. no puede entender, a pesar de toda su inteligencia, esto: que yo no he hecho una maldad. No me afirme lo contrario. Talvez no lo llame Ud. maldad, lo llamará falta de manera, lo llamará plebeyismo. Yo, poniéndome mentalmente dentro de Ud., lo llamé grosería; pero para mí no lo es: es un ímpetu nobilísimo de mi corazón, es hasta santidad.

¡Ah, Manuel! Por qué me he puesto yo, por unos cuantos gramos de intelectualismo, lejos del hombre del pueblo que debió ser mi compañero, si estoy tan infinitamente lejos del hombre civilizado, en el alto sentido de la palabra. Cuando yo sé de un bruto que mata queriendo, me siento dentro de él; no me siento dentro de casi ninguna acción civilizada. Sin embargo, no se dice de mí -por la mayoría- que sea una salvaje. Es que vivo dos vidas: la que me hace vivir el mundo y la otra. La otra en sólo instantes, como el que Ud. conoció. Y tenía que conocerlo. El amor es que suelta las trabas hipócritas y por él yo dejé mi actitud de persona decente, de mujer más o menos tolerable. No me enrostre nunca esta desnudez. Mire de dónde vino.

El espectáculo de su alma me parece maravilloso, como la línea de las colinas que miro desde mi casa. Siéndole tan opuesta, lo admiro infinitamente. Pero no puedo ser eso: es una fatalidad que me han creado tres o más generaciones de gentes violentas. Le escribiré, si Ud. me lo permite, cuando tenga el alma tranquila, para no hacerle daño. Todo bien le desea. L. -Su silencio me hacía daño: gracias por su carta. -De más esta decirle, Manuel, que no protesto de su declar. de ese día: era mi certidumbre de 7 años que Ud. no podía quererme. No, no quería; no podía.

Recuerdo de la madre ausente

Gabriela Mistral

02.11.08

Gracias en este día y en todos los días por la capacidad que me diste de recoger la belleza de la

tierra, como un agua que se recoge con los labios…

Madre:En el fondo de tu vientre se hicieron en silencio mis ojos, mi boca, mis manos. Con tu sangre más rica me regabas como el agua a las papillas del jacinto, escondidas bajo la tierra. Mis sentidos son tuyos, y con éste como préstamo de tu carne ando por el mundo. Alabada seas por todo el esplendor de la tierra que entra en mí y se enreda en mi corazón. Madre: Yo he crecido, como un fruto en la rama espesa, sobre tus rodillas. Ellas llevan todavía la forma de mi cuerpo; otro hijo no te la ha borrado. Tanto te habituaste a mecerme, que cuando yo corría por los caminos quedabas allí, en el corredor de la casa, como triste de no sentir mi peso. No hay ritmo más suave, entre los cien ritmos derramados por el primer músico, que ese de tu mecedora, madre, y las cosas plácidas que hay en mi alma se cuajaron con ese vaivén de tus brazos y tus rodillas. Y a la par que mecías me ibas cantando, y los versos no eran sino palabras juguetonas, pretextos para tus mimos. En esas canciones tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia, ¡tan extraña!, en que la habían puesto a existir. Y así, yo iba conociendo tu duro y suave universo: no hay palabrita nombradora de las criaturas que no aprendiera de ti. Las maestras sólo usaron después de los nombres hermosos que tú ya habías entregado. Tú ibas acercándome, madre, las cosas inocentes que podía coger sin herirme; una hierbabuena del huerto, una piedrecita de color; y yo palpaba en ellas la amistad de las criaturas. Tú, a veces, me comprabas, y otras me hacías, los juguetes: una muñeca de ojos muy grandes como los míos, la casita que se desbarataba a poca costa… Pero los juguetes muertos yo no los amaba, tú te acuerdas: el más lindo era para mí tu propio cuerpo. Yo jugaba con tus cabellos como con hilillos de agua escurridizos, con tu barbilla redonda, con tus dedos, que trenzaba y destrenzaba. Tu rostro inclinado era para tu hija todo el espectáculo del mundo. Con curiosidad miraba tu parpadear rápido y el juego de la luz que se hacía dentro de tus ojos verdes; ¡y aquello tan extraño que solía pasar sobre tu cara cuando eras desgraciada, madre! Sí, todito mi mundo era tu semblante; tus mejillas, como la loma color de miel, y los surcos que la pena cavaba hacia los extremos de la boca, dos pequeños vallecitos tiernos. Aprendí las formas mirando tu cabeza: el temblor de las hierbecitas en tus pestañas y el tallo de las plantes en tu cuello, que, al doblarse hacia mí, hacía un pliegue lleno de intimidad. Y cuando ya supe caminar de la mano tuya, apegadita cual un pliegue vivo de tu falda, salí a conocer nuestro valle. Los padres están demasiados llenos de afanes para que puedan llevarnos de la mano por un camino o subirnos a cuestas. Somos más hijos tuyos, seguimos ceñidos contigo, como la almendra está ceñida en su vainita cerrada. Y el cielo más amado por nosotros no es aquel de las estrellas límpidas y frías, sino el otro de los ojos vuestros, tan próximos, que se puede besar sobre su llanto. El padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día. Sólo vemos que por las tardes vuelve y suele dejar en la mesa una parvita de frutos, y vemos que os entrega a vosotras para el ropero familiar los lienzos y las franelas con que nos vestís. Pero la que monda los frutos para la boca del niño y los exprime en la siesta calurosa eres tú, madre. Y la que corta la franela y el lienzo en piececitas, y las vuelve un traje amoroso que se apega bien a los costados friolentos del niño, eres tú, madre pobre, ¡la ternísima! Ya el niño sabe andar, y también junta palabritas como vidrios de colores. Entonces tú le pones una oración leve en medio de la lengua, y allí se nos queda hasta el último día. Esta oración es tan sencilla como la espadaña del lirio. Con ella, ¡tan breve!, pedimos cuanto se necesita para vivir con suavidad y transparencia sobre el mundo: se pide el pan cotidiano, se dice que los hombres son hermanos nuestros y se alaba la voluntad vigorosa del Señor. Y de ese modo, la que nos mostró la tierra como un lienzo extendido, lleno de formas y colores, nos hace conocer también al Dios escondido. Yo era una niña triste, madre, una niña huraña como son los grillos oscuros en el día, como es el lagarto verde, bebedor del sol. Y tú sufrías de que tu niña no jugara como las otras, y solías decir que tenía fiebre cuando en la viña de la casa la encontrabas conversando con las cepas retorcidas y con un almendro esbelto y fino que parecia un niño embelesado. Ahora está hablando así también contigo,que no le contestas; y si tú la vieses le pondrías la mano en la frente, diciendo como entonces: «- Hija, tú tienes fiebre». Todo lo que viene despu´´es de ti, madre enseñan sobre lo que tú enseñaste y dicen con muchas palabras cosas que tú decías con poquitas; cansan nuestros oídos y nos empañan el gozo de oír contar. Se aprendían las cosas con más levedad estando tu niñita bien acomodada sobre tu pecho. Tú ponías la enseñanza sobre esa como cera dorada del cariño; no hablabas por obligación, y así no te apresurabas, sino por necesidad de derramarte hacia tu hijita. Y nunca le pediste que estuviese quieta y tiesa en una banca dura, escuchándote. Mientras te oía, jugaba con la vuelta de tu blusa o con el botón de concha de perla de tu manga. Y éste es el único aprender deleitoso que yo he conocido, madre. Después, yo he sido una joven, y después una mujer. He caminado sola, sin el arrimo de tu cuerpo, y sé que eso que llaman la libertad es una cosa sin belleza. He visto mi sombra caer, fea y triste, sobre los campos sin la tuya, chiquitita, al lado. He hablado también sin necesitar tu ayuda. Y yo hubiera querido que, como antes, en cada frase mía estuvieran tus palabras ayudadoras para que lo que iba diciendo fuese como una guirnalda de las dos. Ahora yo te hablo con los ojos cerrados, olvidándome de donde estoy, para no saber que estoy tan lejos; con los ojos apretados, para no mirar que hay un mar tan ancho entre tu pecho y mi semblante. Te converso cual si estuviera tocando tus vestidos; tengo las manos un poco entreabiertas y creo que la tuya está cogida. Ya te lo dije: llevo el préstamo de tu carne, hablo con los labios que me hiciste y miro con tus ojos las tierras extrañas. Tú ves por ellos también las frutas del trópico –la piña grávida y exhalante y la naranja de luz–. Tú gozas con mis pupilas el contorno de estas otras montañas, ¡tan distintas de la montaña desollada bajo la cual tú me criaste! Tú escuchas por mis oídos el habla de estas gentes, que tienen el acento más dulce que el nuestro, y las comprendes y las amas; y también te laceras en mí cuando la nostalgia en algún momento es como una quemadura y se me quedan los ojos abiertos y sin ver sobre el paisaje mexicano. Gracias en este día y en todos los días por la capacidad que me diste de recoger la belleza de la tierra, como un agua que se recoge con los labios, y también por la riqueza de dolor que puedo llevar en la hondura de mi corazón, sin morir. Para creer que me oyes he bajado los párpados y arrojo de mí la mañana, pensando que a esta hora tú tienes la tarde sobre ti. Y para decirte lo demás, que se quiebra en las palabras, voy quedándome en silencio… Texto extraido del libro «Lecturas para mujeres. Mexico 1924»

Foto. Colección Legado Gabriela Mistral

Carta XXXI

Gabriela Mistral

13.08.08

13 de abril, 1921 Manuel: González Martínez, que acaba de estar aquí, me ha pedido le exprese que desea verlo, que le ruega avisarle en la mañana, por teléfono, si viene a Santiago, en la tarde de uno de estos días y, sino puede venir, le diga cuándo está allá ir a verlo él. Le envío las dos poesías. Mil gracias. Espero que haya excusado Ud. la grosería de mi último momento con Ud. Fui menos culpable que nunca, me avergüenzo no haber dominado ese bajo impulso. Le deseo bien, sólo bien, todo bien. L.

GABRIELA MISTRAL EN CUBA

AMELIA ROQUE

17.07.08

Entrevista hecha por Waldo González López para la revista Mujeres de Cuba. Mucha alegría me dio ver en librerías este volumen, de cuya idea, ejecución y edición estuve al tanto desde los inicios de su proyecto. Veamos. Apenas supe, años atrás, que Amelia Roque tenía el complejo pero hermoso proyecto de realizar una investigación a fondo y, luego, escribir un libro sobre las estancias en Cuba de la gran poetisa chilena Gabriela Mistral, no dudé en estimularla. Por ello, mucho me satisface la hermosa edición de Con espumas de señales. Gabriela Mistral y Cuba que —recién publicado, por la Editorial Oriente, en su prestigiosa Colección Mariposa. Estudios— resulta un texto fundamental para conocer a fondo las estancias en Cuba, del primer Premio Nobel latinoamericano: la poetisa y educadora chilena Gabriela Mistral. Para conocer más sobre tan significativo tema, viene a Mujeres la periodista, investigadora y poetisa Amelia Roque: Amelia, ¿por que Gabriela Mistral y no otra poetisa? -Fue Gabriela Mistral y no otra poetisa, por el número de visitas realizadas a Cuba, la importancia de estas estancias en la vida intelectual del país, los discursos pronunciados en La Habana y las declaraciones a los medios de prensa, de gran interés sociocultural yen fin, para conocer más acerca de esta figura de las letras iberoamericanas que tanto admiro desde muy joven. Cuéntame cómo fue… -Todo comenzó en el lejano abril de 1989, cuando en la Agencia de Información Nacional (AIN) —donde yo laboraba entonces—, me incluyeron, en el plan mensual de trabajo, la realización de un exclusivo por el centenario del natalicio de Gabriela Mistral. Busqué sobre sus estancias en Cuba, que me parecía el asunto más apropiado para desarrollar, pero los datos estaban bastante dispersos. «Por un artículo de la investigadora e historiadora Nydia Sarabia supe del viaje de la escritora chilena en La Habana, de tránsito hacia México, en 1922, y busqué todo lo relacionado con esa primera visita en los medios de prensa de la época y el Archivo Nacional, para un amplio artículo por fin publicado en la revista Bohemia con el título ‘La pasajera número uno’. Y me olvidé del tema.» ¿Y luego, qué pasó? -Bien, seis años después (en 1995), cuando ya trabajaba en el área de Servicios Especiales de Prensa Latina, al cumplirse los 50 años de la entrega del Premio Nobel a la gran poetisa, me programaron en el plan trimestral una serie de entrevistas a intelectuales cubanos que la habían conocido y seleccioné a Serafina Núñez, Ángel Augier, Cintio Vitier, Fina García Marruz… De nuevo el asunto volvía a mí. «Entonces empecé a reunir datos sobre las estancias de Gabriela en La Habana primero y, después, mediante colaboradores, en las diversas provincias del país. Pero no se trataba sólo de la precisión del número de visitas y fechas, sino asimismo de la relación mantenida con intelectuales cubanos, profesores y maestros. Como asimismo la admiración sostenida por Martí, a quien dedicó ensayos memorables. E igualmente la crítica que autores del país escribieron sobre la obra mistraliana. Y lo que ella escribió sobre creadores literarios nuestros. Y así, sucesivamente, iba reuniendo más y más bibliografía. Primero pensé en una serie de trabajos periodísticos, pero a medida que avanzaba en la recopilación de las referencias, los hallazgos desbordaban el artículo o la crónica hacia un empeño mayor. ¿Investigación periodística? ¿Periodismo de investigación? El lector tiene la palabra.» Pero tanto te enamoró el tema de Gabriela, que decidiste tu hacer tu Maestría con el tema… -Sí, Waldo, por cierto, debo agradecer a la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana los estudios de Maestría, los cuales me permitieron asentar los fundamentos metodológicos esenciales para el feliz término del libro, que me ayudaron a vislumbrar la significación de la consulta de fuentes de primera mano con vistas al esclarecimiento de fechas y acontecimientos. «Todo esto me permitió valorar a fondo la obra de la escritora chilena, que traspasa los límites del tiempo para instalarse definitivamente en la literatura universal. Y no sólo trasciende por una poesía a prueba de los años, sino también por una inconfundible prosa de original acento. A esto se suma que fue una vehemente defensora de la niñez desposeída, de los indígenas, de la paz. «Por esa trascendencia literaria, social y humana de la autora de Desolación, me interesaron estas “indagaciones periodísticas”, como las suelo llamar, acerca de la excepcional mujer y sus huellas en Cuba.» ¿Qué proyectos de nuevos libros planeas o ya haces ahora? -No es extraño, por supuesto, que me proponga continuar estudios acerca de la obra y la vida de esta creadora literaria, primer escritor latinoamericano en recibir el Premio Nobel de Literatura. Te solicité e incluí un poema tuyo en mi antología Añorado encuentro. Poemas sobre boleros y canciones. A partir de este ‘ingreso’ en la poesía, ¿no has pensado escribir un poemario? -Pensarlo, sí; hacerlo, no. Ojalá la poesía me asaltara de nuevo para enredarme en sus tramas insondables. ¿Y no te han asaltado otros ‘géneros’, como el cuento o la novela, incluso el ensayo (ya que el volumen sobre Gabriela te acercas a este difícil pero amado ‘género? No… Bueno, todavía no. Quizás algún día, al despertarme en la mañana, me asalte y… CONOZCAMOS MÁS A AMELIA ROQUE Esta destacada periodista, investigadora y poetisa nació en la hermosa ciudad de Cienfuegos, La Perla del Sur, en 1955. Se licenció en Filosofía en la Universidad Central de Las Villas en 1979 y obtuvo el Máster en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de La Habana en el 2006. Desde sus inicios laborales, ejerce el periodismo. Durante años en la Agencia de Información Nacional (AIN) y en la actualidad trabaja como editora en la Redacción de Servicios Especiales de la agencia informativa latinoamericana Prensa Latina. Integra la Cátedra Gabriela Mistral, de la Universidad capitalina. Un texto poético suyo fue incluido en la antología Añorado encuentro. Poemas sobre boleros y canciones (Ediciones Extramuros, 2001). TRES POETISAS CUBANAS AMIGAS DE GABRIELA Fina García Marruz, receptora este año del importante Premio Gabriela Mistral, que entrega el Estado chileno a las más señeras figuras de las letras latinoamericanas, define la creación de su colega en un testimonio de 1995, incluido en este libro: «La obra de Gabriela, como la de todo auténtico poeta, excede la ‘opinión’ que pueda hacerse de ella. Tiene valor universal, lo que es más que tener reconocimientos, individuales o internacionales. Y no sería universal de no pasar su eje no sólo por lo nacional, sino por lo más personal, sino por lo más personal e intransferible. O sea su ‘americanidad’ no es forzosa ni únicamente temática. Gabriela es tan americana cuando canta su geografía como cando expresa su ser más íntimo. […] Es nuestra Teresa americana.» Carilda Oliver Labra la evocó de esta suerte en 1996: «Gabriela tenía algo muy especial. No era una persona común. Si no hubiera sabido quién era, desde que le hubiera puesto los ojos encima hubiera sabido que era alguien muy importante. Es toda una personalidad poética arraigada en la maternidad y la ternura, muy sobria, que no necesita adjetivos. Muchos se interesan en la poesía para niños, que es muy buena y singular, pero a mí me interesa más lo filosófico y hondo de Gabriela, lo telúrico, lo místico, su contacto con la naturaleza, que es a su vez con las almas. No creo que haya nacido ninguna poeta como ella.» La ya desaparecida poetisa Serafina Núñez la recordó así, al tiempo que valoró su excelente poesía en septiembre de 1995: «Fue una mujer excepcional, uno de esos seres que se dan una vez en el siglo por su sensibilidad, genio poético, entereza de carácter, pasión infinita por la criatura humana, por su manera de entender el amor, la profundidad de sus pensamientos. Su muerte significó para mí la pérdida de la amiga eterna. […] La obra de Gabriela es una cumbre del idioma, de belleza infinita, americana, castiza, reveladora del origen de la personalidad de mujer americana, una lección viva por su lealtad a los principios de la esencia del ser humano.»

Carta inédita de Gabriela Mistral a Hjalmar Gullberg, su traductor.

Gabriela Mistral

12.06.08

La página celebra su 4º aniversario com su material inédito

Hoy 12 de junio la página web en Internet de la Cátedra Gabriela Mistral de la Universidad de La Habana cumple cuatro años. Queremos celebrar este importante aniversario con la publicación de una carta de la poetisa a su traductor Hjalmar Gullberg. También queremos saludar y dedicar este trabajo de investigación a nuestra honorable presidenta de la Cátedra Gabriela Mistral, la Dra. Mercedes Pereira Torres. Cátedra Gabriela Mistral

Caro Maestro Gullberg: Aquí estoy y sigo saliendo “de entre los muertos”. Desde Londres y hasta hace un mes, yo he vivido “la mala suerte” de una crisis diabética que me dio una semi ceguera. Más el daño de la arteria coronaria. Solo en 4º médico me ha aliviado. Y créalo Ud., mis dos primeras cartas para Europa han sido la presente y otra para Miss Wagner. Ya iré cumpliendo con las demás. Mi gratitud hacia Ud. es “cosa viva” Sé muy bien que la gracia del P.N. me vino de su mano. Es decir, de su lengua y de su español super docto. Sin esas dos “vertientes” nada habría ocurrido. Deme Ud. merced de perdón por este silencio tan parecido a la ingratitud. Tengo escrito un “Elogio” del traductor que es mi acción de gracia para Ud. faltan dos cosas menudas que añadir. Va pronto. Yo no recuerdo ya amigo mío, qué periódico de allí, fue el que me pidió escribir para él. Yo comienzo con ese discurso adjunto mi “cumplimiento” con Suecia. Con esta visto recobrada a medias, yo estoy leyendo libros sobre Suecia. Vuestra colonia de los Ángeles ha sido finísima para mí. Ella me manda noticias y folletos. Si fuese amable que el Ministerio de Relaciones me hiciese la gracia de mayor información, esto andaría mucho mejor. Los artículos han ido y van a “La Nación” de Ba. Arg. , a “El Mercurio” de Chile y a “El Tiempo” de Colombia. Necesito ser ayudada, detesto el periodismo que no acumula datos y da meras impresiones. Lo veo, feliz y acogedor, en su bella casa, que Dios le guarde de la tragedia europea. En mi profunda depresión nerviosa de estos dos años tiene mucha parte mi desgraciada Europa Latina. Vi Italia y Francia y sin haberla mirado me sé que mi pobre España y a Portugal. No tengo sino esas cuatro lenguas. Aquellas muertes son parte de mi tristeza y mi pesimismo. Nuestros pueblos sudamericanos comienzan a descubrir a Suecia y Dinamarca. No hallan otro cable a que aferrarse en el naufragio lento que viven. ¡Tan tarde que lo cogen! Pero, al fin se dan cuenta! Lo demás que tengo que decirle va en el Recado- elogio sobre el Traductor. Mis respetos, mis afectos y mi agradecimiento fiel. Gabriela Mistral 10 Dic. 47 Yo vivo en Sta Barbara, por una clínica. Las señas son 729 Anapamù East. Sta Barbara, Calif., [eligible]

P.S. Me cuesta pedirle la traducción de ese discurso. Más bien le rogaría escogerme un traductor para ese texto y los que sigan. Yo sé que su tiempo es urgido y precioso. Le ruego, esto si, hacer llegar a algún periódico vuestro esas palabras dichas al Dr. Sandler y a la Colonia sueca de los Ángeles. El pago de ese traductor va por mi cuenta.

Foto: Original de un trozo de la carta de Gabriela Mistral a su traductor Hjalmar Gullberg. ´

Carta XXX

Gabriela Mistral

11.05.08

Manuel: Recibí tu carta a las 6,10 cuando hablaba con prado, que vino a verme. ¡Qué par de embobados! Hay para darnos azotes. ¿Te los doy yo? Te daré no una, todas las tardes que quieras. Mañana recibirás ésta a medio día. Te espero desde las 3 PM. ¡Tonto! Era mi día, y no me viniste a ver. Me envejezco, Manuel. Entro, parece, en el año místico: 33. Gracias por el jazmín. Con destrezo me lo cubrí de la vista. Tu L.

Rocío

Gabriela Mistral

02.04.08

Esta era una rosa que que abaja el rocío: este era mi pecho con el hijo mío. Junta sus hojitas para sostenerlo y esquiva los vientos por no desprenderlos. Por que él ha bajado desde el cielo inmenso será que ella tiene su aliento suspenso. De dicha se queda callada, callada: no hay rosa entre rosa tan maravillada. Esta era una rosa que abaja el rocío: este era mi pecho con el hijo mío.

Carta XXIX

Gabriela Mistral

04.03.08

7 de abril, 1921 Manuel, mal día. Olvidé dejarte dicho fueras a San Gabriel. Tuve que alojarme allá. Mal día, porque era mi cumpleaños y yo esperaba salir contigo al campo, toda la tarde. Llegué a las 12. No he salido hasta ahora (las seis) esperándote. Ya no vienes y estoy triste. ¿Por qué no me leíste los versos?Dime la dirección de Prado. Tengo que escribirle.Estaré aquí todas las mañanas. Hasta pronto.

Tu L.

Carta XXVIII

Gabriela Mistral

04.02.08

27 de febrero, 1921 Manuel: Llegó su carta, seria, seca. Ud. no supo ver lo que había en mí cuando fueron mis palabras. Ud. no supo ver. Su silencio de seis días me amargó. Talvez, Manuel, no lo vea. Si salgo de mi asunto antes, el 7 ya estaría en mi casa. Si no tendré, por fin, la dicha de verlo. ¡Por fin! De todos modos si Ud. viniera a verme, me avisaría con anticipación, diciéndome día y hora, porque salgo en la mañana y vuelvo en la noche. Muy contenta de saberlo sano; muy dichosa. Hoy fui a ver a González M. lo recordó, lamentando, otra vez, no conocerlo aún. Con cariño. L.

Dulce María Loinaz y Gabriela Mistral

Aldo Martínez Malo

01.01.08

El saludo del pueblo cubano, cuyos niños repiten en las escuelas sus versos infantiles y cuyos adultos le aplauden con entusiasmo sus resueltos pronunciamientos a favor de la causa de la paz.

Dulce María Loinaz, Gabriela Mistral y José María Chacón y Calvo Gabriela Mistral fue huésped de Cuba en tres oportunidades: 1922 en donde se le rindió homenaje en el Hotel Inglaterra, por los intelectuales Ramón A. Cala, Mario Giral Moreno, María Villar Buceta y Fina Forcade de Jackson. Ese año se había publicado por iniciativa de don Federico de Onís, Desolación, tal vez su más hermoso libro, que removió toda la poesía de nuestra lengua, sobre todo, con «Los Sonetos de la Muerte»: Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajare a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, Y que hemos de sonar sobre la misma almohada… Poemas que no están labrados por artífice, sino creados por la sinceridad, por la genuina pasión, por el dolor visceral. En 1938, invitada por don Gonzalo Aróstegui, Juan Marinello, Mariblanca Sabas Alomá y Ramón Grau San Martín, ofreció una conferencia original en el Instituto Hispanoamericano de Cultura, titulada «Comentarios», donde estudiaba su poética, que casualmente coincidía con la edición del poemario Tala, donde aparece su largo «Sol del trópico»: Sol de los Incas, sol de los Mayas, maduro sol americano, sol en que mayas y queiches reconocieron y adoraron, y en el que viejos aimaraes como el ámbar fueron quemados… También visitó el Liceo de Guanabacoa, donde habló sobre José Martí, y en el Teatro La Comedia dictó otra conferencia sobre la mujer. En esta oportunidad Dulce María Loynaz había publicado su libro Versos escrito entre 1920 y 1938 y se lo envió a la chilena. Gabriela le respondió una carta en la que lamentaba que recibía el libro demasiado tarde -poco antes de su partida de la Habana- y ya no era posible conocerla personalmente. Tildó a la cubana de «orgullosa» por no haber divulgado antes su poesía. Dulce María en respuesta le explicó que no era orgullo, sino «timidez y que le atemorizaba la crítica adversa». En copia que conservamos de puño y letra de Dulce María dice: Gabriela: Pocas cosas pueden darme ya la alegría que me dieron sus palabras. Y fue bueno el elogio responsable pero más bueno fue sentirla venir a mí a través de catorce años: los catorce años que la estoy queriendo sin buscarla… Entre ambas hubo un intercambio epistolar corto pero enjundioso, digno de recogerse para la posteridad. En 1951, Dulce María, en compañía de su esposo, el periodista canario Pablo Álvarez de Canas, Osvaldo Valdés de la Paz y la declamadora Aida Cuéllar, visitó Italia y se llegó a Rapallo para encontrarse con Gabriela en la casa de la calle San Miguel No 15, refugio modesto, de dos plantas, rodeado de un jardín sin flores. La ganadora del Nóbel de Literatura 1945, esperaba ansiosa la llegada de los cubanos. «¡Mis queridos cubanos!»- repetía emocionada, y abrazaba a Dulce María, diciendo: -«Con la llegada de ustedes me parecen presentes todos los cariños que me han regalado en Cuba… Cuantos dulces cariños inolvidables!». Sin dejar hablar a los demás, proseguía: «Esta gran poetisa que es Dulce María me hace pensar mucho. En Cuba conocí su libro primero, Versos, y leí el «Canto a la Mujer Estéril», que es obra maestra. ¿Que hace ahora chiquita?…». Pablo le respondió que los editores de Aguilar reclamaban otro libro de poemas en prosa. Gabriela frunció el seño con sincera alarma. -«Qué estoy escuchando!… No dejen que Dulce María abandone la poesía por la prosa. Ella debe escribir solo poesía, pues en ella vive el talento lírico que se encuentra en plenitud de creación». De nuevo Pablo tomó la palabra para contestarle: -«Gabriela, nosotros recordamos de usted sus prosas magníficas que han contribuido también a su fama». Ella ripostó malhumorada: -«Cosas querendonas, que nunca han merecido ser escritas y divulgadas». Y acercándose a Dulce María la abrazó. -«Tú tienes la gracia de la poesía. No huyas al dolor del parto, a veces luminoso del verso, yendo a la prosa con pretexto de descanso. Nuestro destino es cantar llorando…». Se intercambiaron libros, Dulce María le obsequió Jardín, su novela lírica que al publicarse en España constituiría un acontecimiento inusual. En aquella tarde, hora tras hora, la Mistral contó a la hermana poetisa su drama desde la juventud a los días actuales: la maestra rural de Ceruillos, cuyo primer enamorado se suicidó; el otro, cuyo nombre se llevó a la tumba y que le impedía retornar a Chile por no encontrarse con él; amor puro hacia el niño Chin-Chin, sobrino huérfano, que vino a vivir a su lado, y después de alegrarle la vida, murió envenenado, quedando todo en el absoluto misterio. ¡Tres amores, tres muertes!: Soledades que me di, soledades que me dieron, y el diezmo que pague al rayo de mi Dios dulce y tremenda… Con fecha 7 de junio de 1952, Dulce María responde a una pequeña epístola de Gabriela, donde la chilena le decía que «Jardín ha sido el mejor ‘repaso’ de idioma español que he hecho en mucho tiempo», de esta manera: Querida Gabriela: Jardín ha tenido muchas dichas y la mejor de todas ha sido hacerse grato a usted. Ya había reparado yo en esa sutil diferencia que me observa, o sea, la que existe entre la tierra y el jardín. A mí me parece que ella pudiera provenir de que la tierra tiene para usted un profundo y hermoso sentido maternal o sea, que la tierra es femenina y el jardín es masculino. Por leyes misteriosamente armónicas del idioma así lo es también de acuerdo con nuestra gramática, pero bien sabemos que no es la gramática la que así lo determina. El jardín – el verdadero jardín – no el que esta pintada en un telón para retratar a los niños juiciosos -, el jardín, Gabriela, es un macho de no sé que especie, pero un macho terrible con todas las característica del sexo, absorbente, acaparador, invasor. La tierra da y el jardín toma. La tierra se tiende y el jardín se yergue. Dicen los sabios que el hombre también busco su verticalidad hace millones de años, y entonces el jardín debe ser la tierra erguida y combativa. Pero, quien puede saber estas cosas?… Dejemos la filosofía sobre mi jardín… De aquella tarde en Rapallo, la cena en una pequeña sala adornada de cerámica, y su voz serena como seria la de un árbol, guardo uno de esos recuerdos capaces de embellecer la vida por muchos años. Pablo mi marido, besa a usted la mano con que escribe. Suya. Dulce María. De esta visita a Rapallo, nuestra compatriota había traído a Cuba un poema titulado «La ronda cubana», dedicado a las palmeras características del entorno isleño: Caminando de este a oeste con su arrastre de metales, hacen la ronda de espadas doce mil palmeras reales. Entre cafés y algodones, y entre los cañaverales, avanza abriéndose paso la ronda de palmas reales… En 1953, conmemorándose el Centenario del Natalicio del Apóstol y guía de nuestra independencia, José Martí, arribó a Cuba Gabriela Mistral. Realmente venía a sustituir a la uruguaya Juana de Ibarbourou, que a última hora se negó a visitarnos. Mal momento había escogido la Mistral para su estancia en la Habana: Fulgencio Batista, con sus tanques, demagogia y represión trataba de desviar la atención con el homenaje. El ambiente era tenso, y se fraguaba lo que sería la epopeya de los últimos tiempos: el asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, por un grupo de jóvenes comandados por el doctor Fidel Castro Ruz. Gabriela, que admiraba profundamente a Martí, no vaciló en participar. Solo por esa causa había aceptado la invitación de un gobierno de fuerza que la nación repudiaba. La revista La última hora, el mismo día de su llegada, 26 de enero, publicó en la página 19, un artículo de ella, «La palabra maldita», con una presentación de Juan Marinello, muy precisa: Gabriela Mistral se encuentra entre nosotros y La última hora quiere hacer llegar inmediatamente a ella sus saludos de afectuosa admiración: el saludo del pueblo cubano, cuyos niños repiten en las escuelas sus versos infantiles y cuyos adultos le aplauden con entusiasmo sus resueltos pronunciamientos a favor de la causa de la paz. En los actos oficiales en los que habrá de tomar parte por devoción martiana, Gabriela Mistral andará en compañía inmerecida. Y no habrá de ser en ellos donde encuentre, pese a todo el amable oropel externo, que sin duda se le brindara, la comprensión profunda, el claro cariño y la hermandad espiritual que el pueblo puede ofrecerle. Ni será allí donde Gabriela tropiece con el honrado y fervoroso culto que ella misma rinde a Martí y que en Cuba solo puede hallarse en estos momentos lejos de las esferas gubernamentales. Con estas palabras a su llegada, La Última Hora, expresa a Gabriela Mistral la cálida acogida, de todo corazón que el pueblo cubano tiene para ella y en Martí la recibe y en Martí le estrecha la mano… El premio Nóbel era mujer inteligente y astuta, muy pronto olfateó el ambiente, tratando por todos los medios de evadirse de protocolos, y se refugió en la casona de su amiga Dulce María Loynaz en la calle 19, esquina E, en el Vedado. La familia Loynaz Muñoz era opuesta al régimen. Como de costumbre el Diario de la Marina, junto al rebuscado elogio, criticaba la actitud reservada y el retraimiento de la Mistral. En el Capitolio, el 28 de enero Gabriela habló sobre Martí de forma ejemplar. Pero el pueblo, el verdadero pueblo estaba ausente y la incomprensión la rodeó. Dos días después se presentó en el Ateneo de la Habana, invitada con el polígrafo José María Chacón y Calvo y acompañada por Dulce María Loynaz, que leería los últimos versos escritos por Gabriela para su libro Lagar. Pido permiso para recordar ese día como testigo que fui de tan alto acontecimiento cultural: Fue la primera vez que vi personalmente a Loynaz, dando el brazo a Mistral. Alta, de tez rosada, con la mirada clara, distante, la chilena no cuidaba el vestuario ni su apariencia en general. La cubana era todo lo contrario, sonriente, frágil, elegante desde el peinado hasta el calzado. Ubicado en un rincón pude observar y oír que Gabriela hablaba sin matices, como en salmodia (muy parecida a Neruda), mientras Dulce María, recitadora sin estridencias, triunfaba sobra las dificultades de la construcción y áspera veracidad de la poesía de la Mistral. En la trémula voz de la cubana los versos eran otra cosa: Lo que corre de mi frente a mis calenturientos; esta Isla de mi sangre, esta parvedad de reino, yo la devuelvo cumplido y en abrazada se lo entrego al último de mis árboles, a tamarindo y a cedro… De vez en vez, Gabriela miraba al público y en sus finos, apretados labios dibujaba una fugaz sonrisa. Su frente amplia, leonina, iluminada, era el centro admirable de su físico. El público que desbordaba el Ateneo aplaudió cálidamente a las dos grandes mujeres. El matrimonio Loynaz Álvarez de Cañas abrió las puertas de su casona del Vedado para recibir a la prensa de todos los istmos. Allí se encontraba a la derecha: Gastón Baquero representando al Diario de la Marina; Mariblanca Sabas Alomá del centro, y Mirta Aguirre con Ángel Augier de la izquierda, o sea, el periódico comunista Hoy. Tenemos testimonio gráfico de Gabriela, Dulce María y Mirta cogidas del brazo en franca armonía. En esa oportunidad Ángel Augier le hizo una valiosa entrevista a Gabriela, preguntándole sobre José Martí que merece recordarse: Es agradecimiento todo, en mi amor de Martí, no solo al escritor, también del guía de hombres terriblemente puro, que la América produjo en él, como un descargo enorme de los guías sucios que hemos padecido, que padecemos y que padeceremos todavía. Muy angustiada me pongo a veces cuando me empino desde la tierra extraña a mirar hacia nuestros pueblos… y les toco la injusticia social, que hace en el continente tanto bulto como la cordillera misma, las viscosidades de la componenda falsa, el odio que lo tijeretea en todo su cuerpo y la jugarreta trágica de barrio a barrio nacionales… (Revista Bohemia. Año 45-No. 5. La Habana. Febrero 1 de 1953) Todavía me pregunto cómo se logró una simpatía recíproca entre mujeres de caracteres tan diferentes, porque tengo entendido que la Mistral era «difícil y áspera» y «decía lo que pensaba sin preocuparse si hería a su interlocutor. Era muy directa en sus apreciaciones», y Dulce María Loynaz decía que «nuestra afinidad venía del amor a la belleza, de nuestra fe religiosa. Aunque en ella había una dureza de carácter que en mí no hay». En varias oportunidades Loynaz me habló de la coincidencia en gustos literarios, poniéndome por ejemplo el siguiente: Una tarde dedicada a estos temas, le pregunté que cuál era, en su opinión, el mejor poeta de América Latina. Gabriela sin titubear me respondió: «Rubén Darío», lo cual me llenó de sorpresa, pues él era algo pomposo, dado a la grandilocuencia. Y seguidamente, de manera capciosa fue Gabriela quien me preguntó: «Ah, y la poetisa?». Palidecí y ella salvándome del aprieto me dijo: «No vaya a cometer la simpleza de decir que soy yo». Entonces dueña de mí le conteste con el genio vivo: «No voy a poner a otra a su lado, pero voy a decirle otra verdad que tal vez no le parezca tan simple: Si otra de nosotras, como dice usted hubiera vivido los años suyos no sería usted la primera poetisa de América, sino Delmira Agustini. «Gabriela, sin inmutarse, contestó: «también coincido con usted». La presencia de la célebre escritora fue pretexto propicio para la organización de encuentros con intelectuales, cenas, ágapes de homenaje. En el hogar de la Loynaz coincidía lo más ilustre de las letras y la burguesía habanera, lo que a la invitada le era indiferente, no le interesaban aquellas cortesías sociales. La anfitriona no le entendió en ese sentido. Incluso la amistad se quebró porque Gabriela le hizo una acción inesperada cuando dejó plantado a un grupo de personalidades que le rendirían honores durante un almuerzo. Dulce María habló sobre el encuentro, que creyó muy importante, porque hasta el embajador de Chile estaría presente. Pero Gabriela acompañada de la periodista Mariblanca Sabas Alomá se fue a la playa. Dulce María las llamó repetidas veces al Club donde sabía que estaban, y las palabras de la Mistral, firmes y escuetas, fueron: «No quiero ver el feo rostro de Chacón y Calvo. Prefiero mirar el mar». El almuerzo se dio sin ella en medio de una silencio total. El desaire era evidente. Pero Dulce María se sintió ofendida: Cuando Gabriela llegó entrada la noche, halló una nota en su cuarto donde la anfitriona le decía que puesto que en la casa no parecía sentirse cómoda, podía marcharse a otro sitio. Al día siguiente la chilena se trasladó a un hotel… Tiempo después ambas aseguraron que fue un mal entendido. No volvieron a verse pero sí a escribirse. Esa actitud mía -reconoció posteriormente Dulce María- la he lamentado muchas veces. No sé como no pude entender que a Gabriela aquellos homenajes la tenían sin cuidado. Era la personificación de la modestia, tan es así que en más de una vez, en íntimo coloquio, me confesó que el Premio Nóbel se lo habían dado por casualidad. Estoy convencida de que no sintió orgullo de su fama, aunque reitero que no era mujer dulce, tampoco nunca la vi encolerizada. No era sensible a la lisonja. Pero era un genio. Cuando el 10 de enero de 1957 Gabriela Mistral falleció, la cubana se sintió en deuda con la amiga y en el Liceo de la Habana dictó una conferencia titulada «Gabriela y Lucila», que fue todo un reto. Dicha con una emoción tan grande que ante un número considerable de personas, Dulce María no pudo contener las lágrimas. Lloraba a su amiga una vez más, como si fuera un ajuste de cuentas. El 8 de enero de 1996 el embajador de Chile en Cuba colocaba en el pecho de la Premio Cervantes 1992, la medalla Gabriela Mistral.

Introducción a estas ”lecturas para mujeres”

Gabriela Mistral

29.11.07

Hace muchos años que la sombra de Bolivar ha alcanzado mi corazón con su doctrina.

I.Palabras de la extranjera. – Recibí hace meses de la Secretarías de Educación de México el encargo de recopilar un libro de Lecturas Escolares. Comprendí que un texto corresponde hacerlo a los maestros nacionales y no a una extranjera, y he recopilado esta obra sólo para la escuela mexicana que lleva mi nombre. Me siento dentro de ella con pequeños derechos, y tengo, además, el deber de dejarle un recuerdo tangible de mis clases.

He hecho, no un texto escolar propiamente dicho, un libro graduado para cierta sección: se trata, primero, de un colegio casi industrial en el que la enseñanza del idioma es sólo un detalle, y luego, la heterogeneidad de las edades de las alumnas- quince a treinta años- sugiere la heterogeneidad de los trozos. Por otra parte, mis alumnas no cursarán humanidades en otro establecimiento; quedarán, pues, sin conocer las páginas hermosas de nuestra literatura. Bueno es darles en esta obra una mínima parte de la cultura artística que no recibirán completa y que una mujer debe poseer. Es muy femenino el amor de la gracia cultivado a través de la literatura. Mi pequeño trabajo no pretende competir con los textos nacionales, por cierto: tiene los defectos lógicos de la labor hecha por un viajero. He procurado compenetrarme de la sensibilidad y el pensamiento mexicanos; no he podido conseguirlo en unos cuantos meses, naturalmente. Un libro de esta índole es, a mi juicio, labor de tres años y necesita mucha tranquilidad de espíritu y un profundo conocimiento del ambiente. Es éste el ensayo de un trabajo que realizaré algún día, en mi país, destinado a las mujeres de América. Las siento mi familia espiritual; escribo para ellas, tal vez sin preparación, pero con mucho amor.

II.Lecturas femeninas. – He observado en varios países que un mismo que un mismo Libro de Lectura se destina a hombres y mujeres en la enseñanza primaria y en la industrial. ES extraño: son muy diferentes los asuntos que interesan a niños y a niñas. Siempre se sacrifica en la elección de trozos la parte destinada a la mujer, y así, ella no encuentra en su texto los motivos que deben formar a la madre. Y sea profesionista, obrera, campesina o simple dama, su única razón de ser sobre el mundo es la maternidad, la material y la espiritual juntas, o la última en las mujeres que no tenemos hijos.

Mi libro no tiene de original sino esta sección Hogar, para la que he espigado en unas cuantas obras todas aquellas páginas que exaltan la maternidad o el amor filial y que hacen sentir, hecho nobleza, el ambiente de la casa. Desearía que se realizara en mi raza lo que llama en un noble verso Eduardo Marquina: “ elevar lo doméstico a dominio”. Y también a belleza; debemos ennoblecer con ésta todas las cosas que queremos hacer amadas. Tal vez en parte no pequeña hayan contribuido los Libros de Lectura sin índole femenina, a esa especie de empañamiento del espíritu de familia que se va observando en las nuevas generaciones. La participación, cada día más intensa, de las mujeres en las profesiones liberales y en las industriales trae una ventaja: su independencia económica, un bien indiscutible; pero trae también cierto desasimiento del hogar, y, sobre todo, una pérdida lenta del sentido de la maternidad. En la mujer antigua este sentido fue más hondo y más vivo, y por ello los mejores tipos de mi sexo yo los hallo en el pasado. Me parece más austero que los de hoy, más leales a los fines verdaderos de la vida; creo que no deben pasar. Para mí son los eternos. El descenso imperceptible, pero, efectivo, que se realiza desde ellos hasta nosotros me parece un triste trueque de firmes diamantes por piedrecitas pintadas, de virtudes máximas por éxitos mundanos; diría más: una traición a la raza, a la cual socavamos en sus cimientos. Puede haber alguna exageración en mi juicio; pero los que saben mirar a los intereses eternos por sobre la maraña de los inmediatos verán que hay algo de esto en la “mujer nueva”. Siendo lo que anoto una de mis inquietudes espirituales más vivas por la juventud femenina de mi América, me ha sido alegría el que la escuela que lleva mi nombre sea una Escuela- Hogar. Ha sido también faena gozosa reunirles estas lecturas, en las cuales la primera sección, hecha con más cariño que ninguna, está destinada a robustecer ese espíritu de familia, ennoblecedor de la vida entera y que ha vuelto grandes a los pueblos mejores de la Tierra: al inglés, por ejemplo. No son muy numeroso los capítulos de esta índole que ofrece la literatura. Ella ha sido generosa para las mujeres en el aspecto que llamaríamos galante, y extrañamente mezquina para la madre y aun para el niño. Y si pasamos de la literatura general a la española, la pobreza se hace miseria. Yo desearía que, en arte como en todo, pudiésemos bastarnos con materiales propios: no sustentásemos, como quien dice, con sangre de nuestras mismas venas. Pero la indigencia, que nos hace vestirnos con telas extranjeras, nos hace también nutrirnos espiritualmente con el sentimiento de las obras de arte extrañas. Así, yo he debido acudir a buenas o medianas traducciones de autores extranjeros para poder completar la sección mencionada. Vendrán días de mayor nobleza en que iremos cubiertos de lo magnifico, que a la vez sea lo propio, así en las ropas como en el alma. Ya es tiempo de iniciar entre nosotras la formación de una literatura femenina, seria. A las excelentes maestras que empieza a tener nuestra América corresponde ir creando la literatura del hogar, no aquella de sensiblería y de belleza inferior que algunos tienen por tal, sino una literatura con sentido humano, profundo. La han hecho hasta hoy, aunque parezca absurdo, sólo los hombres: para no citar más. (Anotemos, en descargo de las mujeres, dos nobles nombres: el de Ada Negri, en Italia, y el de Selma Lagerloff, en Suecia.) La llamada literatura educativa que suele circular entre nosotros lo es solamente como intención. No educa nunca lo inferior. Necesitamos páginas de arte verdaderos en las que, como en la pintura holandesa de interior, lo cotidiano se levante hasta un plano de belleza.

III.Motivos humanos.- Pero un libro de Lectura para mujeres no todo debía ser comentarios caseros y canciones de cuna. Se cae también en error cuando, por especializar la educación de la joven, se la empequeñece, eliminando de ella los grandes asuntos humanos, aquellos que le tocan tanto como al hombre: la justicia social , el trabajo, la naturaleza.

He visto casos de deformaciones por esta limitación. A la mujer antigua, hay que reconocerlo, le faltó cierta riqueza espiritual por causa del unilaterismo de sus ideales, que solo fueron domésticos. Conocía y sentía menos que la mujer de hoy el Universo, y de las artes elegía sólo las menudas; pasó superficialmente sobre las verdaderas; la música, la pintura, la literatura. Todo el campo de su sensibilidad fue el amor, y no hay que olvidar que la sensibilidad algo más que un atributo que hace a las actrices y a las literatas: la fuente de donde manan la caridad encendida y los más anchos resplandores del espíritu. Guardémonos bien, pues en esto y en otras cosas, de especializar empobreciendo y restando profundidad a la vida. Por estas consideraciones he puesto en mis Lecturas esa sección copiosa de Motivos espirituales.

IV.- Sección México y América española.- Domina todavía en algunos textos escolares de lenguaje el criterio de tratar los asuntos geográficos, históricos o de ciencias naturales en eruditos; se entresaca este material de los manuales de esa índole. Me parece que es una invasión que hace el lenguaje en las otras asignaturas y un utilitarismo que deforma el manual de lengua materna.

Es lógico buscar trozos de historia por ser esta el ramo educador por excelencia, y buscar la descripción geográfica; pero con criterio de belleza. La producción histórica de México y de mi país es muy rica; más la mayoría de sus páginas no son adecuadas a la índole de una obra para la enseñanza del lenguaje. Según este concepto, yo he preferido a las firmas ilustres de Gonzáles Obregón y de Toribio Medina la de los divulgadores amenos de nuestra historia, como Rodó, Montalvo y Martí. Son escasas. Son escasas las páginas de esta índole en la literatura nuestra; las tienen los norteamericanos en Irving y en muchos otros; Francia, en Lamartine y Michelet; entre nosotros, los investigadores de la Historia son más que los comentaristas amenos y ágiles. Quiero decir lo que pienso sobre la formación del amor patrio en la mujer. Algo he observado en mis años de enseñanza escolar. Para mí, la forma del patriotismo femenino es la maternidad perfecta. La educación más patriótica que se da a la mujer es, por lo tanto, la que acentúa el sentido de la familia. El patriotismo femenino es más sentimental que intelectual, y está formado, antes que de las descripciones de batalla y los relatos heroicos, de las costumbres que la mujer crea y dirige en cierta forma; de la emoción del paisaje nativo, cuya visión, afable o recia, ha ido cuajando en su alma la suavidad o la fortaleza. Según este concepto, en la sección México del presente libro dominan las descripciones de ambientes y de panoramas. No se ha olvidado, sin embargo, la biografía heroica. Van a esta serie algunas prosas mías, no por el vanidoso deseo de arrebatar el comentario al escritor mexicano. Son trozos descriptivos, unos, en los cuales he querido dejar a las alumnas de mi escuela las emociones que me ha dado su paisaje, y, otros, el elogio de sus gentes, que hecho por un extranjero no dicen sino su ternura admirativa. El número de trozos de índole mexicana es equiparable al que contiene los textos de lecturas nacionales. Al seleccionar el material correspondiente a nuestra América me he encontrado con una pobreza semejante a aquellas a que aludí sobre temas de hogar. El poeta y el prosista descriptivos en los cuales se encuentre derramado en verdad y en belleza nuestros paisajes americano, son muy pocos. Hay dos grandes nombres que se repiten aquí página tras página por esta razón: el magnífico Chocano y el sutil Lugones. Otra forma de patriotismo que nos falta cultivar es esta de ir pintando con filial ternura, sierra a sierra y río a río, la tierra de milagro sobre la cual caminamos. Nuestra poesía descriptiva es casi siempre bélica y grandilocuente; nuestra prosa descriptiva no es siempre artística. Vendrán también los poetas que, como Paul Fort, digan desde los barrios humildes de nuestras ciudades hasta el color radioso de nuestros frutos. Hoy por hoy, sólo en Chocano a sido alabada la América con su piña y su maíz, sus maderas y sus metales. En el está el trópico, listado como el tigre, de colores espléndidos, u su ojo es el que mejor ha recogido nuestro paisaje heroico. He procurado que el libro, en general, lleve muchas firmas hispanoamericanas,. No están todas las valiosas, sin embargo, por que no se trata de una antología. La índole hispanoamericanista de mis Lecturas no es cosa sugerida a última hora por el hecho de servir a un gobierno de estos países. Hace muchos años que la sombra de Bolivar ha alcanzado mi corazón con su doctrina. Ridiculizada ésta, deformada por el sarcasmo en muchas partes, no siendo todavía conciencia nacional en ningún país nuestro, yo la amo así, como anhelo de unos pocos y desdén u olvido de los otros.

V.- Índole de la lectura.- Tres cualidades he buscado en los trozos elegidos: primero, intención moral y a veces social; segundo, belleza; tercero, amenidad. En aquellos que son fragmentos se procuró que tuvieran cierta síntesis del asunto.

Sin intención moral, con las lecturas escolares los maestros formamos sólo retóricos y dilettantis: creamos socios para las academias y los ateneos, pero no formamos lo que nuestra América necesita con una urgencia que a veces llega a parecerme trágica: generaciones con sentido moral, ciudadanos y mujeres puros y vigorosos e individuos en los cuales la cultura se haga militante al vivificarse con la acción: se vuelva servicio. Respecto de lo segundo, la belleza de los trozos., pienso que revela desprecio hacia las jóvenes la calidad inferior en la lectura que suele ofrecérseles . Se estima que basta con darles doctrina, aunque ésta lleve un ropaje tan lamentable que le cree el desamor. Caemos así en ciertos extremos de utilitarismo a que han llegado algunos manuales sajones, llenos de espesas arengas para la acción y de narraciones que, de sencillas, pasan a simples. Olvidamos al primer maestro de nuestra América, al noble José Enrique Rodó, que nos pedía apacentar “con la gracia” las almas que son eso: “la gracia”. Tendencias prácticas empiezan a dirigir la enseñanza en nuestro continente. Estoy con ellas en todo lo que tienen de salvadoras sensatez para nuestra vida económica. Mas suelen exagerarse esas tendencias en forma dañina; van hacia un torpe desprecio de los altos valores espirituales de la escuela. El maestro verdadero tendrá siempre algo de artista; no podemos aceptar esa especie de “jefes de faena” o de “capataz de hacienda” en que algunos quieren convertir al conductor de los espíritus. En cuanto a lo tercero, a la amenidad, creo que ya hay demasiado hastío en la pedagogía seca, fría y muerta que es la nuestra. Tal vez esa falta de alegría que todos advierten en nuestra raza venga en parte de la escuela- madrastra que hemos tenido muchos años. El niño llega con gozo a nuestras manos: pero las lecciones sin espíritu y sin frescura que casi siempre recibe van empañándole ese gozo y volviéndole el joven o la muchacha fatigados, llenos de un desamor hacia el estudio, que viene a ser lógico. Hacemos de éste lo que algunos hacen de la libertad: una Gorgona en vez de un dios afable. Hombres sin agilidad de espíritu, sin imaginación para colorear un relato y sin esa alegría que se hace en el individuo por la riqueza y la armonía de las facultades, han sido generalmente nuestros maestros. Muchos trozos de índole moral he encontrado en mis lecturas que no he querido aprovechar para este libro, a pesar de la firma ilustre. La enseñanza no era dada con amenidad, con esa fluidez feliz con que enseña Tagore, ni con esa ternura traspasada de encanto que tiene la prosa de Carlos Luis Phillippe. La odiosa sequedad de muchos moralistas defrauda su deseo de mejorar el mundo…La juventud, esa agua viva, no puede amar al que tiene , sobre la lengua viva, la palabra muerta.

VI. Gratitud.- Ha sido para la pequeña maestra chilena una honra servir por un tiempo a un gobierno extranjero que se ha hecho respetable en el Continente por una labor constructiva de educación tan enorme que sólo tiene paralelo digno en la del gran Sarmiento. No doy a las comisiones oficiales valor sino por la mano que las otorga, y he trabajado con complacencia bajo el Ministerio de un Secretario de Estado cuya capacidad, por extraña, excepción en los hábitos políticos de nuestra América, está a la altura de su elevado rango, y, sobre todo, de un hombre al cual las juventudes de nuestros paísesempiezan a señalar como al pensador de la raza que ha sido capaz de una acción cívica tan valiosa como su pensamiento filosófico. Será en mí siempre un sereno orgullo haber recibido de la mano del licenciado señor Vasconcelos el don de una Escuela en México y la ocasión de escribir para las mujeres de mi sangre en el único periodo de descanso que ha tenido mi vida.

La Recopiladora

México, 31 de Julio de 1923 Texto extraído del libro LECTURAS PARA MUJERES. Págs. 7-17. Primera edición. México 1924. Direcciòn de la Càtedra.

Carta XXVII

Gabriela Mistral

23.10.07

Manuel: Vengo llegando de Penco.

Manuel Magallanes Maure 20 de enero, 1921 Manuel: Vengo llegando de Penco. Tardé más de lo que creía. La última carta tuya la recibí hace varios días. ¿Se habrá perdido alguna? ¿Cómo estás? ¿Mejoras? Supe que se malogró lo de la gobernación. No importa. Te buscarás otra cosa. Pienso que, a pesar de sus promesas de dar sólo a los capaces, Alessadri no podrá dar sino a los impertinentes y pechadores. Tiene, a su pesar, que oír a la gente que lo acompañó que fue en suma 2/3, dañina e inferior. No te escrito estos días por mi enfermedad de los ojos. He quedado (vi médico en Conc.) con dos pares de anteojos: para leer y para andar. Tengo un ojo que casi no ve nada y el bueno conjuntivitis (irritación por exceso de esfuerzo). Detesto las caras con lente y Dios me castiga. (¿En qué no me ha castigado?). Supe que S.H. se fue. ¿Por eso volviste Manuel? ¡Ay! Mi duda no es cosa de curar. Te perdonaré; pero no voy a olvidar nunca. Va otra Atlántida con cosas tuyas, es decir de Manuel y S. El ser que se entreteje con cartas queda definitivamente en la vida, Manuel. ¿Sufres por ella? Sin embargo, te quisi y te quiere. A su manera ¡Qué extraña es para mí el alma de las mujeres! Te contesto lo de San Bernardo. Cuando estaba en Punta Arenas me escribieron hablándome de ese cambio. Ya sabes por qué rehuse. Ahora hay esto. Está en el Senado un proyecto de sueldos nuestros. Fija categorías a los liceos. De la 1a a la 4ta (San Ber.) hay $ 9.000 de diferencia. Yo podría vivir con lo de allí; pero la cuestión es que quiero jubilar en 3, y cuanto más, 4 años, y la renta, que no es total, se reducu’iría mucho. Este colegio de Temuco sería de 2da. Una maniobra de don Lorenzo Montt me enajenó una visitación que Aguirre me había destinado. Ahora, él pide para mí el 5, de Stgo. Yo no quiero ir allí; pero no puedo decirle lo que hay a Aguirre. Pasaría a se Visit. la Amanda L.H. Me quiere mal y al reeplazarla yo, me hotilizaría a su modo: solapadamente. He dicho que me den Viña, colegio de igual categ. que éste. Si no sale eso, me voy a la Argentina sin duda alguna. Tengo allá muy buenas condic. de trabajo. Aguirre no quiere que yo salga del país. Me duele oponerme a este hombre a quien le debo todo. Mi mamá es el otro obstaculo para mi viaje. Aquí no me quedo. Tú sabías que Valdés, Senador por Cautín, me acusó de interv. en política. Es el Juan Duval que me insultó tres meses es Sucesos hace años. Como ves, nada hay resuelto aún. Todo depende de que el proyecto salga. Sí, yo quería conocer y amar a tu niñita y que ella me quisiera. Y si mi alma muda algo, si creo al fin, iría a San Bernardo, a pesar de todo. Tengo fiebre. Llegué mal. En unos baños tomé una infección a la espalda (toalla ajena) y la tengo como con croto. Nunca he sifrido de males a la piel. Tengo fiebre y malestar. Mis manos en las tuyas

Tierra, indio, mujer : pensamiento social de Gabriela Mistra

Lorena Figueroa, Keiko Silva, Patricia Vargas

03.10.07

Para Gabriela Mistral el derecho a ejercer el voto era algo tan justo y normal que no merecía ser privado a la mujer.

A partir de la óptica mistraliana, se entiende que el folklore es la matriz de la cultura aborigen. Se esboza como la fuente de la sensibilidad artística del indio, la cual se concretiza de distintas maneras. Vimos anteriormente cómo la poesía, el verso y la fábula reflejan el carácter indígena y la forma en que Gabriela supo apreciar el «primitivismo» y «originalidad» de los textos. Ante todo el folklore representa para Gabriela dos cosas: origen e identidad racial. Ambas características son una constante en el abanico de la creación india. El indio vuelca su sensibilidad creativa en distintos géneros y uno de ellos es el canto. El canto en el indio es una capacidad innata, viene con él anidado en las entrañas y es -según Gabriela- una forma especial de comunicarse con lo místico y lo religioso de su entorno, al mismo tiempo que señala que el canto indio tiene un plus sobre los relatos nativos, que es la capacidad de ser espontáneo y directo, sin mediación alguna que le reste misterio. «Hay un misterio en el folklore, que es el misterio de la voz genuina de una raza, de la voz verdadera y de la voz directa, y es que en él se canta la raza por sí misma, no se canta por esa especie de altoparlante tan dudoso que es el poeta o es el novelista»(209). Si Gabriela destacó de los textos indo-folklóricos la «honradez de palabra», de la música y canto indígenas valorará la originalidad proveniente de una extraña combinación de lamento rítmico, que deja ver la faz interna del indio y que lo transforma en un ser venido de tierras desconocidas a la razón europea. «Agradecimiento les doy a las gargantas cantadoras por esta preciosa lealtad a sí mismas, virtud en que el indio sobrepasa al blanco imitador…»(210) Este sentimiento Mistral lo describe en su texto «Música Araucana», allí plasma la sensación que le produce el sonido de las gargantas mapuches, semejantes a quejas rítmicas y cadenciosas, salidas del fondo del universo. «Ellas [las canciones] me dan su extraño relato para hablar con expresión católica, pero de veras infrahumano, de criaturas que hablan y cantan con una voz tan extraña que, si no articulasen palabras, no la reconoceríamos como de semejantes [73] sino como seres de otra parte, de un planeta más desgraciado y que viviría la puericia que nosotros hemos dejado atrás»(211). La relación que establece Gabriela entre voz y sentimiento, abren una ventana a través de la cual se puede llegar a tocar la fibra india, la voz hecha canto se convierte en un prisma capaz de traspasar la corporeidad de la raza milenaria. En ese canto lejano, Gabriela recupera un trozo perdido de sí misma. «La voz nos confiesa, dicen, más que los gestos, más que la marcha y que… la escritura. Cierto es, y aquello que está sonando, la bendita máquina fea me lo oigo como una confesión, como un documento y como un pedazo de mí propia entraña perdida, casi irreconocible pero que no puedo negar»(212). El canto y el habla están estrechamente ligados, y el indio especialmente pasa de uno a otro, naturalmente casi sin hacer distingo entre ambas. Cantar y contar se vuelven una misma tarea, cuestión que lleva a Gabriela a plantear que lo natural en el hombre es este juego canto-habla, que el indio practica para recordar sus «hábitos bárbaramente olvidados». «Las cantadoras araucanas pasan sin sentirlo del habla al canto, del contar al cantar, volviendo al habla y regresando de ella a la canción con una naturalidad consumada. Me hacen pensar mientras las oigo, en que el habla legítima pudiese ser esa mixta que escucho, conversada en las frases no patéticas del relato, y trepada a canción en cuanto el asunto sube en dignidad, se vuelve intenso, y entonces pide lirismo absoluto»(213). Cuando Gabriela propone recuperar los «hábitos bárbaramente olvidados», lo hace con la intención de encontrar en esos actos la esencia creativa y sensitiva de nuestros ancestros raciales. Ellos -dice la Mistral- «fueron más atentos, o solamente más sinceros en la expresión de sus sentimientos»(214). El canto es uno de estos hábitos, y contiene en sus notas consideradas ‘anti-melódicas’ historia y sentimiento indio, pero sentimiento al desnudo y sin trastocaciones. Mediante el canto es que el indio se mece a sí mismo, entona su gesta y comulga místicamente con el cosmos. Cuando el indio se acompasa en sus letanías rítmicas y cadenciosas, el oído blanco se desconcierta y no reconoce melodía alguna. La música india no le parece digna de llamarse tal, y las entonaciones repetitivas se vuelven, a los [74] que no llevan en su sangre la gota especiosa del indígena, «tiradas lentas», desprovistas de contenido. «La monotonía de la canción es la misma que la de los demás pueblos asiáticos y se aproxima un poco a las de ciertas danzas polinesias. Los oídos acostumbrados a las modulaciones ricas, y especialmente a las barrocas, no entenderán nunca la belleza religiosa de estas tiradas lentas, de estos acunamientos profundos que los viejos pueblos se dieron para acompañar su tristeza y su misma alegría»(215). La visión particular que Gabriela tiene del folklore, está estrechamente ligada al cosmos y al sentimiento indio. Además la poetisa desarrolla una idea fuerza presente en su discurso: la semejanza entre folklore y entraña. El folklore como entraña; como matriz que anida el origen cultural, es la metáfora que Gabriela utiliza para explicitar que las creaciones que provengan del desempeño autóctono, pese a no tener el refinamiento del arte clásico, son poseedoras del espíritu racial de un pueblo. Pese a que dichas creaciones las define una estética distinta, gozan igualmente de un aura artística: «El folklore se parece a la entraña. No se puede nadie acercar al folklore con un pensamiento demasiado estético. Las entrañas no son bonitas, son bastante feas; pero tienen la primera categoría en el organismo. Todo lo demás existe como adorno de ellas»(216). Su juicio es categórico respecto del folklore y la directa relación que existe con el indio: «El folklore es importante en cualquier raza, pero sobre todo en la nuestra»(217). En esta empresa de identificación y reconocimiento del origen folklore, el indio es pieza clave: «Para llegar a ser, el común denominador, el silabario es nuestro folklore»(218). Una vez que al folklore se le dé el sitial que corresponde, entenderemos quiénes somos verdaderamente. Gabriela no tiene duda alguna de esto: «No creo que haya una averiguación cabal de nosotros mismos, sino después de un largo registro de nuestro folklore»(219). [75] De espejismos y bellezas fantasiosas Gabriela construyó un discurso para cada aspecto relacionado con el indio. Resaltó su arte, defendió sus derechos, destacó sus virtudes y justificó sus defectos. La poetisa indagó cada área del indígena desde lo cultural, lo social hasta lo étnico racial. Este último punto tiene que ver con la composición física de los indo-españoles y la particularidad genética contenida en ella. Si reconocer los orígenes indios, aceptarlos como tal y asimilar la raza autóctona en su cabal dimensión equivalen a asumir la historia que cruza de punta a cabo la América española, también lo es aceptar la piel, el color y los rasgos que devienen de la mezcla racial entre españoles e indios. El indio «puro» no tiene reparos en aceptar su condición, conoce con claridad su procedencia y está consciente de la sangre milenaria que corre por sus venas. Su alma es entera y sin grietas, sus costumbres conforman su visión del mundo y son ellas las que rigen su espíritu. Nuevamente es el mestizo quien se encuentra en medio de dos paradigmas de vida; dividido entre el verdadero ser y el querer ser. El «verdadero ser» implica mezcla, significa sangres batidas por la historia y el coloniaje imposibles de trocar. El «querer ser» está orientado al blanqueamiento y al delirio que el mestizo padece, en su afán de borrarse al indio que lo constituye. Este «querer ser» que disminuye al mestizo, se relaciona con el reconocimiento de sólo una parte de su origen, que no es precisamente la nativa, sino la europea. La empresa de diluir por completo la impronta india, podría llegar a fin satisfactorio para el mestizo si no existiera el inconveniente de los rasgos físicos que lo delatan e impiden que el indio interno que anda por las entrañas, desaparezca por completo. Contra la piel tostada, los ojos rasgados y el pelo lacio el indio no puede combatir las líneas que lo moldean lo delatan y no existe antídoto para revertir la situación. El mestizo, según Gabriela, es un imitador por naturaleza, sin embargo, las formas de la raza difícilmente se pueden emular o modificar. El indio brota por los poros del mestizo, se asoma en la negrura de las pupilas, en lo purpúreo del labio y en el gesto seco que en el indio es signo de desconfianza. La vergüenza del mestizo por sus rasgos, de acuerdo con Gabriela, se funda en la idea que éste tiene de la belleza. Son «bellos» quienes poseen rasgos y facciones caucásicas, es decir, cabellos ondulados, frentes amplias y ojos claros; lo opuesto al indio y al mestizo. El canon de belleza impuesto por el blanco, excluye a las etnias indígenas por desencajar con las líneas establecidas. [76] «Una de las razones que dicta la repugnancia criolla a confesar el indio en nuestra sangre, uno de los orígenes de nuestro miedo de decirnos lealmente mestizos, es la ‘llamada fealdad del indio’. Se la tiene como verdad sin vuelta, se la ha aceptado como tres y dos son cinco. Corre parejas con las otras frases en plomada: El indio es perezoso y el indio es malo’».(220) La estética fue uno de los tópicos que Gabriela incluyó en su defensa de los indios. Reflexionó acerca del tema con la agudeza característica en ella, sin entender como un tema menor el menosprecio del blanco hacia el indio, por las particularidades que da la raza. Para la Nobel, las inseguridades del mestizo respecto de su físico no fueron un comportamiento natural, sino adquirido e impuesto generación tras generación por los europeos, y además reforzado por los propios hijos del injerto racial. «Cuando los profesores de ciencias naturales enseñan los órdenes o las familias, y cuando los de dibujo hacen copiar las bestiecitas a los niños, parten del concepto racional de la diferencia, que viene a ser el mismo aplicable a las razas humanas…»(221) No comparte la idea de belleza única o estándar. Por el contrario, señala que cada raza tiene belleza particular, que se entiende desde perspectivas propias y parámetros distintos, por lo que resulta insensato emitir juicios estéticos, basados en un canon eurocentrista, acerca de dos razas tan diferentes como son la india y la española. «Debe haberse enseñado a los niños nuestros la belleza diferenciada y también opuesta de las razas. El ojo largo y estrecho consigue ser bello en el mongol, en tanto que en el caucásico envilece un poco el rostro; el color amarillento que va de la paja a la badana, acentúa la naturaleza de la cara china, mientras que en la europea sólo dice cierta miseria sanguínea; el cabello crespo que en el caucásico es una especie de corona gloriosa en la cabeza en el mestizo se hace sospechoso de mulataje y le preferimos la mecha aplastada del indio»(222). La influencia que el indio y el mestizo reciben del blanco, en lo que a códigos estéticos se refiere, converge en el menosprecio y disconformidad que los aborígenes sienten por sus cuerpos. La belleza del blanco, en el indio se torna fealdad y la gracia del caucásico, en el mestizo se vuelve desgarbo. El indio entonces aparece como el opuesto negativo del blanco, no diferente o distinto, sino que sencillamente exento de belleza. Gabriela combate tal apreciación, aclarando que en la diversidad está la base de la valorización [77] estética, por lo que la raza caucásica no es la plantilla por la cual se deba medir la hermosura o fealdad de las etnias indias. «En cada atributo de la hermosura que nos enseñan, nos dan exactamente el repudio de un rasgo nuestro; en cada sumando de la gracia que nos hacen alabar nos sugieren la vergüenza de una condición de nuestros huesos o de nuestra piel. Así se forman hombres y mujeres con asco de su propia envoltura corporal; así se suministra la sensación de inferioridad de la cual se envenena invisiblemente nuestra raza, y así se vuelve viles a nuestras gentes sugiriéndoles que la huida hacia el otro tipo es su única salvación»(223). Escapar de su piel, «huir hacia el otro tipo», convierte al mestizo en un ser dividido por sus diferencias étnicas y raciales, le pesan como cadenas sus rasgos, no se los puede quitar, no los puede obviar y mucho menos ocultar. Este peso que agobia al mestizo y subvaloriza al indio, ha sido creado por la rigidez y la prepotencia con que el europeo ha asumido la categorización estética. Al respecto Gabriela dice que: «El indio es feo dentro de su tipo en la misma relación que lo es el europeo común dentro del suyo»(224). Los juicios que Gabriela formula, revelan el motivo que la impulsa a demarcar límites entre uno y otro arquetipo racial. Toma distancia de los esquemas preconcebidos, se aleja de los dictámenes que el europeo impone y no acepta la exclusión por selección, que éste utiliza para relegar a un plano de inferioridad a las etnias indígenas. Cuando el europeo es puesto bajo la lupa mistraliana y se transforma en objeto de estudio, más vale atenerse a las consecuencias, puesto que Gabriela es severa al momento de criticar y no pasa por alto nada que considere de vital importancia. Menos si la crítica alivia de alguna manera al indio. A partir de la óptica de Gabriela, se pude deducir que en la diversidad estética residen las categorías para definir qué es bello y qué no; cuáles son las medidas exactas y cuáles las desproporcionadas, qué color de piel es valioso y cuál color despreciable. En relación a esto, Gabriela pone en tela de juicio la procedencia racial, casi divina, de la que tanto se enorgullece el europeo. Para ello, estudia el sistema que ha mitificado la belleza caucásica; belleza que ha perdurado a través de los siglos gracias a la institucionalización de ciertos rasgos escogidos y seleccionados. La selección meticulosa con la que se ha elaborado el «ideal» de belleza al que Gabriela se refiere está plasmado en «El Falso Tipo de Fidias». Este es [78] según ella la materialización de la perfección deseada, pero escasamente alcanzada. Como en todo tipo de razas existen parámetros de belleza y fealdad. Así dentro de una misma etnia india habrá indios(as) más atractivos que otros, al igual que dentro de una misma raza caucásica. El objetivo de Gabriela es dejar constancia del grado de correspondencia que existe entre el ideal de belleza que se han fabricado los europeos y la belleza cotidiana, traducida en los hijos y herederos de la perfección del tipo de Fidias. La espléndida belleza de la cual hacen gala los europeos no es más que una recopilación de los mejores atributos de la raza blanca, que está lejos de ser espontánea y natural. «Se sabe cómo trabajaba Fidias: cogió unos cuantos rasgos, los mejores éxitos de la carne griega -aquí una frente ejemplar, allá un mentón sólido y fino, más allá un aire noble, atribuible al dios-, unid en esto líneas realistas con líneas enteramente intelectuales, y como lo inventado fue más copiado de veras, el llamado tipo griego que aceptamos fue en su origen una especie de modelo del género humano, de super-Adán posible dentro de la raza caucásica, pero en ningún caso realizado ni por griego ni por romano»(225). Sus argumentos hablan del escaso parecido que hay entre el europeo común y la obra de Fidias, que es por excelencia la concretización del ideal de belleza-perfección con la que los europeos se identifican estéticamente. Tal identificación, en Gabriela despierta cierto asombro, o desconfianza por lo menos, pues su experiencia le dice que los europeos terrenales, aquellos que ve a diario, no son precisamente Fidias de carne y hueso. «Me leía yo sonriendo una geografía francesa en el capítulo sobre las razas. La descripción de la blanca correspondía a una especie de dictado que hubiese hecho el mismo Fidias sobre su Júpiter: nariz que baja recta desde la frente a su remate, ojos noblemente espaciosos, boca mediana y de labios delicados, cabellos en rizos grandes: Júpiter, padre de los dioses. Yo me acordaba de la naricilla remangada, tantas veces japonesa, que me encuentro todos los días, de las bocas grandes y vulgares, de los cabellos flojos que hacen gastar tanta electricidad para su ondulación y de la talla mediocre del francés común»(226). La belleza casi divina con la que se identifican los europeos, para Gabriela no es sino un conjunto de atributos perfectos, escogidos con profesionalismo que dieron por fruto un modelo imposible de hallar en su completa dimensión. [79] Si las etnias indígenas se sometieran al mismo proceso, el resultado sería sorprendente, explica Gabriela, si un escultor se dedicara a escoger con pericia las mejores facciones de la casta aborigen, el patrón de belleza que éste presentaría, no tendría nada que envidiar al tipo de Fidias. «Los mayas proporcionarían su cráneo extraño, no hallado en otra parte, que es ancho contenedor de una frente desatada en una banda pálida y casi blanca que va de la sien a la sien. «El indio piel roja nos prestaría su gran talla, su cuerpo magníficamente lanzado de rey o de rey soldado sin ningún atolladero de grasa en el vientre ni espaldas, musculado de una gran esbeltez del pie a la frente»(227). El cuerpo esbelto que crea Gabriela es armónico en su propio estilo, no es de mejillas sonrosadas ni cabellos ondulados, pero es igualmente hermoso. Está construido a la perfección y todo gracias a los donantes que aportan sus mejores atributos físicos. «El indio quechua ofrecería para templar la acometividad del cráneo sus ojos dulces por excelencia, salidos de una raza cuya historia de mis años da más regusto de leche que de sangre. Esos ojos miran a través de un óleo negro, de espejo embetunado con siete óleos de bondad y de paciencia humana, y muestran unas timideces conmovidas y conmovedoras de venado criollo, advirtiendo que la dulzura de este ojo negro no es banal como la del ojo azul del caucásico…»(228) La belleza, entonces, no tiene límites para la imaginación sedienta de hermosura. La Mistral sabe eso, y en su afán de defender la raza a la que ama, pone a competir la belleza caucásica y la indígena. No es mero capricho la construcción de un modelo indio. En ese juego Gabriela intenta desmitificar la envidiada belleza blanca. Su modelo indio busca quitar velos, valorar quiénes somos y querer lo que la naturaleza nos dio, pues el «alegato contra el cuerpo indio va a continuar otro día, porque es cosa larga de decir y asunto de más interés del que le damos»(229). Rasgos orientales en el indio Gabriela defiende lo suyo, sus raíces, su origen y sus antepasados ancestrales que la constituyen. Amor por lo propio, amor a la tierra; es lo que [80] la convierten en una americana incansable que impide con la asertividad de su pluma salvaje, el atropello a la dignidad india. En los párrafos anteriores, escuchamos la voz de Gabriela, le oímos decir la importancia de valorarnos por lo que somos y de dónde venimos, sin padecer la angustia de alcanzar un inalcanzable como lo es la belleza caucásica. La belleza del indio provoca en Gabriela un extraño misterio, colmado de exotismo, que muchas veces la llevan a identificar la casta india con la raza oriental. Capta en ambas, cercanía tanto en lo físico como en lo cultural, que la hacen reflexionar respecto de la procedencia de los aborígenes de la América morena. «El tipo del araucano, a lo que se parece más es al japonés. Como el japonés tiene talla mediana, pero no existe en él debilidad. Es un hombre muy musculado, que solamente en las extremosidades del hambre llega a ser ese harapo humano que nos quieren regalar a cuenta del indio americano»(230). Gabriela es una convencida de que la raza india de la América española, desciende del Oriente, y aunque al español no le guste reconocerlo, las coincidencias que estos comparten con los autóctonos son más de las que conciben, y si los conquistadores hubiesen sabido aprovecharlas en buena lid, la historia estaría escrita de otra manera. «La fracción española arrastraba tantos elementos orientales, que sus disputas con las indígenas viene a ser un alboroto exagerado, si se consideran las numerosa coincidencias orientales de ambas, de las que no supieron aprovecharse los conquistadores»(231). Las semejanzas que Gabriela detecta entre los hijos de Oriente e indios americanos, generalmente van acompañadas de una crítica hacia quienes desdeñan o sienten rechazo por determinadas facciones raciales. Su disgusto lo hace manifiesto y libera su ira, justificando el sentido de tal o cual gesto, o alabando tal o cual color del físico indio. «Pero el indio también es trajinador sólo que cuando se para y mira un río, o a un ojo de agua, o a un animal, ese ojo de punzón negro de qué modo, no pestañea como el banalísimo del blanco, no mira esa cosa y las que están al lado, mira allí sólo y se sume en aquello como un perforador que se durmiese en ello. Cuando se levanta y después de un rato nos mira a nosotros, cómo aparece el tal ojo oriental. Todavía sigue parado en lo que veía. No entiendo cómo el famoso orientalista Keyserling me hablase a mí del ojo aymará como de un ojo de piedra, con un gran desdén. Hay piedras y piedras, señor Conde, y por [81] acá una que llaman obsidiana, negra igual que estos ojos y no terrosa, llena de un duro destello que a usted le parecía más agudo que una picada de víbora»(232). Mestiza de sangre y costumbre, reconoce su dosis oriental, que se despierta al menor roce, la música es un medio para detonar las fibras orientales a las que alude. Afirma que la música aborigen se asemeja las cadencias orientales, y el oído heredero de esta mezcla racial confirma este juicio. Nosotros, dice Gabriela, «Los que llevamos en la sangre la misteriosa gotera asiática, la lágrima especiosa que vino del Oriente, y que, gruesa o pequeña todavía puede en nuestra emoción y suele poder más que el chorro ibérico; nosotros entramos fácilmente en la magia atrapadora, en la delicia dulce de esta monotonía que mece la entraña de carne y mece también el cogollo del alma»(233). La visión orientalista que defiende Gabriela, nos revela su pensamiento amplio, capaz de encontrar conexiones donde otros ojos no las encontrarían. Sus juicios son invitaciones a la tolerancia racial y la diversidad. Son en última instancia un canto al respeto y a la vez una crítica social. El indio es distinto, es un incomprendido y un marginado. Gabriela los cobija en su regazo hecho prosa y escribe sobre ellos, como una forma de inyectarles vida. Su escritura busca preservar los que otros quieren eliminar sin dejar rastro. En este contexto Gabriela recorre la corporalidad india, reparando en todos y cada uno de sus miembros, encuentra la belleza natural y sin remilgos que la escultura de Fidias no le da, su indio le muestra lo terreno y al contrario descubre en la frente, las manos o el andar del indio la pureza de una raza venida de tiempos inmemoriales, casi sacada de alguna leyenda mágica. «El indio en un abandono muy viril se deja el cabello hacia delante y como decimos en Chile tiene la frente calzada. […] La india camina a pie descalzo con un ritmo gracioso de verla y seguirla, con un verdadero ritmo racial. […] La india a menos que se la exponga a trabajos muy brutos que le deformen las manos, tiene unas manos preciosas; unas manos de flor […]»(234). El indio no tiene mayor comparación con el caucásico. Se puede parecer a cualquiera menos un blanco, y si el mestizo o el indio buscan mudar de piel, de ‘envoltorio’, sólo padecerán las penas del infierno. Ambas se asimilarían sólo en otro tiempo y otro espacio. [82] «El indio no está fuera nuestro: lo comimos y lo llevamos adentro»(235) La identificación que Gabriela estableció con el tópico indigenista se vincula con tres elementos esenciales. El primero tiene que ver con el espíritu de justicia, el cual la llevó a denunciar los vejámenes que las civilizaciones indígenas padecieron durante la conquista y el coloniaje. El segundo elemento dice relación con la arraigada conexión que la pensadora posee con la raza indígena. Tal conexión está basada en la importancia y valoración que Gabriela da al origen étnico-racial, pues en él se concentra la memoria histórica y la identidad del continente americano. El indio simboliza la esencia de la raza indoespañola. El tercer elemento está ligado al reconocimiento y aceptación del indio en la conformación de la raza mestiza. Gabriela hace una crítica social, en la que el indio resulta ser una víctima marginada de derechos, menospreciada y subvalorizada, tanto racial como culturalmente. La sensibilidad que Gabriela tuvo para trabajar el tema indio, tal vez sin proponérselo, la convirtió en una mujer adelantada para la época en que vivió, cuestión que la transformó, al igual que sus parias indios, en una marginal pues rompió con los esquemas establecidos, analizando la realidad social sin tapujos y sin miedo a los prejuicios. Consecuente con la causa por la que abogó, se autodefinió india y mestiza. Amó cada virtud del indio, así como justificó sus defectos. A través de sus escritos dignificó y valoró los orígenes autóctonos de América, explicando que echarlos al olvido o renegar de ellos, significa perder parte de lo que somos. Aceptar, valorar y preservar, son las constantes que se destacan en la prosa mistraliana. Aceptar que la mezcla racial es un hecho irreversible y que ser mestizo no es motivo de vergüenza sino simple y llanamente una consecuencia histórica. Valorar el patrimonio cultural que la raza india legó. Sólo conociendo y respetando este patrimonio es posible saber quiénes somos y dónde venimos. Preservar las raíces, ya que ellas son el puente con la historia y el antídoto contra la amnesia étnica. Sus juicios fueron claros y sin dobleces, reconoció sentirse más identificada con sus ancestros indios que españoles, criticó duramente el afán [83] de los mestizos por obviar su ascendencia india y al blanco por sentirse superior y fomentar el racismo de la raza Gabriela encontró en la sangre milenaria la savia nutricia indoespañola. Se reconoció en ella y a toda la América morena. El indio para la poeta fue sinónimo de arte, música y verso, fue encarnación de belleza exótica y melancolismo. Representó la encarnación mística del oriente y por sobre todo fue el opuesto del caucásico en todas sus dimensiones. Gabriela Mistral nace, luego de escucharla hablar a lo largo de este capítulo, ante nuestros ojos como una machi sabia y generosa, ruda y a la vez sensible, fuerte e inteligente. Amante de la tierra, la naturaleza y lo propio. Descubre en el indio un cosmos rico en espíritu, con leyes distintas al eurocentrismo. Ella se integra a dicho cosmos; lo habita, lo vive y lo defiende del menosprecio blanco. [84] Capítulo III Mujer La mujer de Gabriela Mistral Aliada de la tierra Con la bandera del «mujerío» Gabriela Mistral aparece en la historia de Chile como una perfecta desconocida. Su pensamiento sobre la mujer se pierde a nuestros ojos repartido en diversos artículos y cartas sin recopilar. Gabriela Mistral construye un discurso reflexivo que captura el ámbito místico y práctico de la mujer, creando con él un espacio femenino, lejos del poder patriarcal dominante de comienzos de siglo. Para empezar la mujer mistraliana no se relaciona con el resto del mundo en forma externa. Su relación es íntima. Ella se funde en un solo sentir a la tierra; desde el origen éste es su elemento preceptor, su fuerza motriz. Sin ella la mujer pierde su gravidez, tan esencial para mantener al mundo como tal, con ese orden imperturbable que suele tener. Desde los primeros tiempos, «Cuando los pueblos primitivos asignaban al hombre el fuego y el aire como elementos suyos y señalaban a la mujer la tierra como su lote, tenían razón redonda, y acertaban en plano»(236) porque ambas tienen un destino común: preservar, proteger y alimentar a los hombres…Y sobre todo, dar origen a la vida, con una obediencia silenciosa: «No hay dramatismo histérico ni alharaca romántica en los días de la madre. Su vivir cotidiano corre [86] parejo con la de una llanura al sol; en ella como en el llano agrario, la siembra y la cosecha se cumplen sin gesticulación, dentro de una sublime belleza»(237). Si bien la tierra tiene muchas virtudes, es en la mujer donde éstas se humanizan, se asimilan y se complementan. Una auxilia a la otra en bien de provocar recursos para la existencia. El concepto de alianza además sentencia a la mujer: «[…] tú eres la aliada de la tierra, la que debe entregar los brazos que colecten los frutos y las manos que escarden los algodones»(238). La mujer trabaja en conjunto con la tierra, en silencio, a veces con sonrisa placentera. Gabriela reconoce ya en la tradición bíblica, la tarea de la mujer como proveedora por excelencia. Le importa, por lo tanto, la abundancia de la tierra porque quiere ‘extraer’ para ‘dar’, misión en la que se incluye: «Las mujeres amamos las cosechas de Canaán, porque nosotras somos las proveedoras de las mesas y a nosotras nos toca distribuir el pan»(239). Es innato este dar y repartir en la mujer, es un atributo desinteresado de larga data. Y es otra de las alianzas entre la mujer y la tierra. A la unión que hasta ahora pareciera haber tenido sólo un carácter espiritual, Gabriela Mistral le otorga vida y dolor, sobre todo cuando la tierra en mano del hombre es vendida, perdida o transada: «Cuando el padre, el marido o el hermano hipotecan esa lonja labrada, la mujer es la única que llora, que siente en ese suelo una calidad de carne y se duele de la pérdida como de una amputación»(240). La mujer parece ser la única capaz de comprender que sin tierra no hay pasado ni futuro, porque se pierde el alimento, las tradiciones, todo lo que es necesario perpetuar. Esta encarna el arraigo necesario para la existencia. No en vano Gabriela especula que «El mundo habría sido puro nomadismo y fuego fatuo de aventura inalcanzable si no le ponen al Adán la Eva al costado»(241). Gracias a esa estabilidad «[…] la mujer crea sobre la tierra pesada de la que está segura, las costumbres que traen también su plomo adentro»(242). [87] Estas relaciones de alianza, origen, abundancia, arraigo y protección entre la tierra y la mujer son, para Gabriela, relaciones que perfilan el género femenino distinguiéndolo del masculino. Son entonces valores intrínsecos no transables de la naturaleza ‘mujeril’. La alianza con la tierra genera también la sabiduría de la mujer ante la vida. La comprensión telúrica le enseña secretos de la existencia. No por azar la poetisa declara: «Tengo a la mujer como más saturada de sabiduría de vida que el hombre común»(243). «La mujer lo sabe todo, en lo que toca a los asuntos fundamentales de la vida, aunque siempre parezcamos ignorar demasiado»(244). Mientras Gabriela enaltece esas condiciones que se nos escapan en la cotidianidad del día, la mujer continúa en silencio sus labores como si estuviera permanentemente cumpliendo un dictamen. Y con esa simplicidad la mujer también va creando valores, tradiciones y principios extraídos de esa sabiduría de la vida de la cual es dueña. A todo le extrae su moraleja, su consecuencia, su enseñanza. Todo conocimiento se sistematiza en la mujer, incluso la creencia religiosa como lo denuncia la poetisa: «El hombre recibe o hace la religión como una llama que lo empine hacia lo desconocido, y la mujer poco a poco transforma esa misma religión, de la mística pura que era, en la ética positiva y, a veces, en la vulgar policía del hábito, es decir, en aprovechamiento»(245). Compromiso social de la mujer Gabriela Mistral construyó toda su vida un fuerte compromiso social. No en vano se vio constantemente sacudida por los vaivenes de la primera mitad del siglo XX: guerras mundiales, civiles, revoluciones e invasiones fueron el perfil de los tiempos. La escritora huyó del mundo castrense («No creo en la mano militar para cosa alguna»(246)) para ser una pacifista declarada: «Mi posición moral de pacifista es la reacción normal que la guerra levanta en una mujer, y particularmente, en una ex [88] maestra y en una hispano-americana»(247). Esta posición la llevó a trabajar por la mantención de la paz en la Asamblea de la Liga de las Naciones (1926); en la Asamblea General de las Naciones Unidas (1953); en diversos discursos -como el de la Unión Panamericana (1945)- o en numerosos escritos repartidos por el mundo, uno de los cuales irónicamente tituló «La Palabra Maldita»(248). En América la paz se hizo ciega en varios puntos del continente. La conquista sangrienta fue el patrón de conducta para los años venideros. Por tanto, esta preocupación histórico-política no sólo liga a Gabriela, abarca también a todas las mujeres. Con más precisión, obliga a la mujer latinoamericana a ser parte de ello. Vigilar la paz es para la escritora una misión nuestra. Esta intromisión no es gratuita. El universo femenino es requerido con apremio en esta hora, su mediación por la paz es urgente… Por ello el desvelo une a Gabriela con el «mujerío»: «[…] Y es así cómo nosotras, mujeres de la América, sabemos que nuestra sola vigilancia angustiada de este momento, ha de ser la paz de nuestros pueblos. Vosotras me habéis saludado como a una de tantas artesanas oscuras y fieles que sirven en la artesanía divina de esa paz continental y en esto no os habéis equivocado, mujeres del Brasil»(249) contesta nuestra escritora a un mensaje enviado, a través de Radio Cruzero do Sul en 1937, por las mujeres brasileñas que le dan la bienvenida a Gabriela a su arribo como Cónsul. Dos décadas antes, en 1922, Gabriela Mistral había trabajado en México invitada por el Ministro de Educación Pública José Vasconcelos a participar en la Reforma Educacional del país que salía de la revolución. En ese país tuvo muchas satisfacciones, vio por primera vez hechas realidad sus luchas reivindicativas. La revolución social continuaba, dejando atrás las contiendas militares. Fundamental en ese período fue el accionar del «mujerío» mexicano que «vivió la guerra civil siendo un elemento pacificador y manteniendo día a día, en ciudades y aldeas, un sentido cristiano unitario y unificador de la mexicanidad dividida. Tal vez fue el mujerío quien más padeció las consecuencias de esta lucha; en todo caso, ese mismo mujerío puso en los cuatro cantos del país la nota humanitaria y reconciliadora. Fueron esas madres y hermanas, quienes guardaron intacto el espíritu de unidad nacional y la costumbre cristiana, conservándolos contra viento y marea»(250). [89] La mujer para Gabriela es sinónimo de paz. Podríamos decir que este término se suma a otros que forman su mundo místico y práctico: no podemos olvidar que todo entendimiento o valor se hace acción en la mujer. En beneficio de todos, pero con más amor por el niño: «Queremos conservar en el Continente una forma de vida pacífica, es decir, la única manera de convivencia que conviene a la familia humana y también la única que ella puede escoger con decoro cabal. Y queremos guardar, mantener, celar, este bien que hoy en el mundo llega a parecer cosa sobrenatural. A causa de los niños, con los ojos puestos sobre este plantel [criadero] de nuestra carne, las mujeres nos decidimos a velar la paz americana»(251). Temas sociales que requieren llamados urgentes son los que motivan a Gabriela, y los que deberían motivar a toda mujer, porque son ellas después de todo, las que cargan con los fines humanos. Denunciar, motivar, ayudar, son acciones inevitables. «Se cae […] en error cuando, por especializar la educación de la joven, se la empequeñece, eliminando de ella los grandes asuntos humanos, aquellos que le tocan tanto como al hombre»(252) o quizás más, porque la mujer lo endereza todo, lo renueva todo, con una diligente paciencia. Gabriela Mistral, que vino a nosotros desprovista de toda opulencia material, no volverá a ser jamás muda o ciega ante la miseria. La pobreza que más le duele es la de la mujer, porque la pobreza de la madre es la pobreza del niño. Pedirá apoyo a todos, y se lo reclamará también a la mujer. Que ella misma vea y tenga presente a las más desdichadas, a las que trabajan de sol a sol y no ganan nada. Apela al no olvido y a la solidaridad. «Quiero recomendaros la llaga viva que es el trabajo de la mujer en el campo del trópico y de la Cordillera; deseo poner en la palma de vuestras manos de pioneras la víscera enferma que es nuestra vida ultra-rural»(253) -les dice a las guatemaltecas en un Congreso de Mujeres-. «La mujer del campo y la montaña, que ha pasado delante de vuestra vista apenas pergeñada, apresuradamente dicha, es la más desvalida de nuestras hermanas. Tomemos con ella nuestro primer contacto y no soltemos el vínculo atado hoy entre ella y la ‘Liga Internacional de Mujeres’»(254). [90] Es verdad que la escritora pide el compromiso de todas las mujeres, pero está claro también que son las «acomodadas» las que podrían hacer más. Por eso, cuando éstas se organizan para ir en auxilio de las otras, Gabriela no duda en destacarlo, ojalá todas ellas se hicieran eco y rompieran los mitos que reafirman la marginalidad de la pobreza. No sólo le preocupa la escasez material, sino también la escasez del saber. Ella misma vio muchas veces en Montegrande y en otros pueblos donde estuvo, la falta de libros, de infraestructura para menesteres intelectuales y personas que quisiesen enseñar. Los pocos recursos se destinan a subsistir; en cambio para Gabriela vivir tiene mucho que ver con conocer, saber de los otros, instruirse. Bienvenidas son entonces las iniciativas de las mujeres que hacen presencia. Como en Argentina, donde el Consejo Nacional de Mujeres de Buenos Aires ha creado un movimiento llamado «Madrinas de Lectura», al cual Gabriela dedica un recado en marzo de 1926. Describe en él que «Las esposas de los terratenientes, las profesoras de Normal, las periodistas, etc., en una alta cifra, se inscriben contrayendo la obligación de tomar a cargo la lectura de una maestra rural. La labor es desinteresada…»(255) Lo místico y lo materno La mujer de Gabriela Mistral no posee una visión analítica frente a lo sacro, lo oculto y lo divino. Las interrogantes las formula el hombre. Él sistematiza los procesos, les busca equivalencia en la razón para llegar a entenderlos, de otra forma se le escapan. Y él no quiere ser ignorante, quiere ante todo explicar. Ella en cambio no discute esas cosas, porque las resuelve en sí misma. Además su quehacer no dista mucho del ritmo de la naturaleza: va acorde al nacer y morir de las cosas. Su intuición y contemplación le hacen arrancar moralejas, entregándolas en un lenguaje que no es jerárquico ni impositivo, sino expansivo. Por eso su pasado la ata a ser la curandera de lo endeble. Así fue desde el inicio, o más bien desde que el mundo se empeñó en masculinizarlo todo, ante lo que Gabriela Mistral tantea un ‘mea culpa’. No en vano: «Tal vez el pecado original no sea sino nuestra caída en la expresión racional y antirrítmica a la cual bajó el género humano y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano»(256). [91] Hemos visto que la mujer como elemento místico en Gabriela Mistral tiene mucha relación con las expresiones de la Tierra. Tiene su ritmo, su entrega, su perpetuidad y su capacidad perenne de provocar y mantener la vida. Para Gabriela Mistral la mujer alcanza su máximo contacto sobrenatural con la vida a través de la maternidad, es en ese estado y no en otro, que palpa su fuerza cósmica aquí en la tierra. A través de la maternidad se legitiman materialmente todos esos secretos que la mujer alberga. De ahí que la poetisa diga con solemnidad que «[…] Ya santidad de la vida comienza en la maternidad, la cual es, por lo tanto, sagrada»(257). Gabriela tiene una complicidad tan íntima y profunda con la maternidad que, sin miedo, podemos sentenciarla como el pilar de su pensamiento. Es la maestría de las mujeres. Que no le vengan entonces con cuentos ni fábulas; porque hasta «Una pobre mujer se incorpora por la maternidad a la vida sobrenatural y no le cuesta -¡qué va a costarle!- entender la eternidad: el hombre puede ahorrarle la lección sobre lo Eterno, que ella lo vive en su loca pasión. En donde esté, viva o muerta, allá seguirá haciendo su oficio, que comenzó en un día para no parar nunca»(258). Su concepción de lo maternal no se suscribe necesariamente al hecho de alumbrar, tiene que ver más con una idea de maternidad universal, recurriendo a los conceptos que se desprenden de su alianza con la tierra: como madre no sólo vela por los niños, vela por la paz, por el alimento, por las creencias. No se puede hablar de un solo tipo de maternidad. Gabriela Mistral nunca parió un hijo pero fue la voz protectora del pobrerío, de la tierra y del indio. Si bien la madre no es un ser sustituible existen otras formas también de serlo. Velar o cuidar son cualidades que se pueden extender a todo quien lo necesite. Siempre y cuando la mujer lo ejerza, porque ella está llamada a hacerlo, «[…] sea profesional, obrera, campesina o simple dama, su única razón de ser sobre el mundo es la maternidad, la material y la espiritual juntas, o la última en las mujeres que no tenemos hijos»(259). Esa pasión femenina por atender las urgencias de la gente que le rodea es inherente a ella, ya que su condición de madre se traduce en un constante cuidado por mitigar el dolor no sólo de sus hijos sino también del mundo entero. Para Gabriela es entonces la mujer la llamada a hablar del dolor ajeno: «Pienso que el ser que mejor recoja el dolor de las multitudes ha de ser una mujer, [92] porque lo reconoce como madre, duplicado siente los males de su carne y la de los hijos suyos. El hombre sólo padece en la carne propia»(260). Gabriela Mistral defiende hasta el cansancio su tesis de que el hijo pertenece a la esfera materna y no a la paterna. Durante toda su vida y a través de todos sus trabajos mencionó la inconstancia del padre. No sabemos si su tópico proviene de su historia personal -su padre, Gerónimo Godoy, abandonó la casa cuando Gabriela apenas tenía tres años-. Nos inclinamos a creer que es el resultado de una experiencia mixta. Porque la escritora trabajó en muchas escuelas rurales, y recorriendo buena parte de nuestro país, conoció de cerca que el hombre chileno tarde o temprano, literalmente o no, abandona a su mujer y ésta tiene que hacerse cargo de los hijos, el sustento y todas las obligaciones de subsistencia. Fernando Alegría, quien compartió muchas veces con la escritora en ámbitos más cotidianos, escuchó la crítica que Gabriela ponderaba al otro género: «La figura del desertor se transformó en un mito y Gabriela llegaba a enardecerse hablando de la triste condición de la mujer paria en Chile, mientras culpaba al varón con terribles anatemas. La escuché decir estas cosas varias veces y advertí que era imposible rebatírla: no aceptaba argumentos […]. El hombre del pueblo se va, insistía; deja a su mujer y a sus hijos abandonados. Decía el hombre, pero pensaba en su padre»(261). Algunas costumbres nacionales que son mucho más fuertes en provincias como en las que se crió Gabriela Mistral le llevaron a decir que «[…] el salario del hombre, como el agua en secano, es absorbido en buena parte por la cantina, por el prostíbulo, por la riña de gallos y otras vergüenzas llamadas ‘diversiones’. Y de este modo, el ultracampo vive un matriarcado increíble: ¡la familia está apuntalada por la horqueta diz que tan débil de la mujer!»(262) Así es como Gabriela empieza a construir un mundo mujeril propio. A fuerza de ver que la mujer se las batía sola, creó -y describió- todo un universo en torno al hogar, donde el hombre más que faltara, sobrara. «[La] Mistral, […] no podría haber sido […] sino madre soltera. Imposible imaginarla casada, del brazo de su marido»(263). [93] No le costó mucho encontrar razones. Si bien la condición del embarazo margina de inmediato al hombre en un aspecto biológico, su distancia continúa posteriormente para finalizar en un completo desentendimiento, por una suerte de vocación masculina. Es como si fuera una tradición la despreocupación por el hijo, como si bastara con brindarle lo material y saltarse todos los momentos de convivencia, y destinar esos ‘pequeños’ menesteres a la madre. «El padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día. Sólo vemos que por las tardes vuelve y suele dejar en la mesa una parvita de frutos, y vemos que os entrega a vosotras para el ropero familiar los lienzos y las franelas con que nos vestís. Pero la que monda los frutos para la boca del niño y los exprime en la siesta calurosa eres tú, madre. Y la que corta la franela y el lienzo en piececitas, y las vuelve un traje amoroso que se apega bien a los costados friolentos del niño, eres tú madre, madre pobre, ‘la tiernísima’»(264). Gabriela Mistral ama esos pequeños detalles porque configuran el alma universal de las mujeres. La paciencia, el sacrificio, la ternura, no son lisonjeos, son cualidades que lamentablemente han sido manoseadas, reducidas a «lugar común». El ejercicio de la maternidad además de ser un modo de conciencia mística -extendible a una concepción de mundo- es una manera de perpetuar, perfeccionar y sustentar la raza y al pueblo. Mujeres y mujeres «Mi traza es como la de una cocinera de aldea frente a esas joyas, esas sedas y esos terciopelos…»(265) A principios del siglo XX surgió un tipo de mujer de clase alta que comenzó a iniciarse en la vida social de nuestro país y que por lo tanto, disfrutaba de una situación económica bastante holgada. Son, en palabras del escritor Fernando Alegría, «[…] Mujeres de sobria dignidad, de belleza espléndida, educadas en respetables tradiciones europeas, quienes, desdeñando el ambiente de burgués comercialismo en que se movían sus maridos, auspiciaban causas filantrópicas, proyectos literarios y artísticos […]»(266). [94] Chilenas como Iris -seudónimo de Inés Echeverría, bisnieta de Andrés Bello-, Shade, Blanca Subercaseaux, Roxane o María Luisa Fernández Bascuñán -quien firmaba como «Monna Lissa» y fundó la «Unión Patriótica de Mujeres de Chile»-. Ellas conformaban el grupo de mujeres aristocráticas que se deleitaban con el culto de las artes y las letras en revistas de la época como Sucesos, Familia, Zig-Zag, Figulinas, Primose y Luz y Sombra. Influenciadas por los movimientos femeninos de Europa y Estados Unidos, las mujeres comienzan a organizarse. Así en el año 1915 Amanda Labarca Huberston crea y encabeza el «Círculo de la Lectura» y un año después es fundado por las mujeres de alta sociedad el «Club de Señoras». La aristocracia chilena rodeó a la nueva poetisa. Sin embargo para Gabriela Mistral muy pocas de ellas fueron sus amigas («[…] allá adentro nunca tuve entre mis numerosas amistades, sino una sola alma con quien hablar: la preciosa criatura que se llama Blanca Subercaseaux de Valdés. Nada más, nada más».(267)). Si bien en un principio se entusiasmó con las tareas y afanes altruistas que prodigaba la burguesía, después se fue desencantando de ella y de los rumores que la acusaban de ser una ‘trepadora’ social. Un ejemplo fue su accidentado acercamiento a Iris, episodio que ocurrió en 1915. Iris comentó a una prestigiosa revista su iniciativa de crear un círculo de encuentro espiritual de mujeres, idea que gustó a Gabriela y así se lo hizo saber: «Señora: Desde hace 5 ó 6 meses, desde que leí una entrevista publicada en «Zig-Zag», tengo como la obsesión de escribirle. Habló usted al que fue a verla de unos proyectos de asociación con fines de alta espiritualidad, y yo leí eso con una emoción enorme. Desde entonces he tenido pronta la hoja blanca para mandarle mi homenaje de admiración y mi ruego. «Siempre me detuvo el pensar que siendo yo nadie, mi palabra se perdería. Hoy me he decidido. Acabo de leer un maravilloso artículo de Annie Besant, y mi prejuicio lo he vencido con este pensamiento: yo no pido respuesta para esta carta, yo necesito decirle lo que sigue, nada más. «Necesitamos una asociación de la índole de la que usted habló al repórter. Sería esa la obra más alta que se haya hecho en Chile desde hace cinco o más años. Hay que abrir a la espiritualidad brechas más anchas en el vivir humano, en el arte, en la literatura, sobre todo, que está anegada en barros pesados. Usted y sólo usted puede y debe ponerse a la bella empresa. Hay mil almas indecisas; pero llenas de buena voluntad, [95] prontas al llamado, que irán hacia usted. No le hablo de mí, que nada significo; le hablo de muchas gentes en que estas cosas despiertan como un alba inmensa y dorada, y que usted reunirá a su sombra para trabajar. Esta voz ardorosa que le llega a usted desde una desconocida provincia, le dice -aunque sepa mejor de esto-, que la simple insinuación de sus proyectos prendieron entusiasmo y cariño en muchos espíritus. Cariño por usted que quiere prestigiar estas ideas con su luminoso nombre, por todos respetado. «Quisiera hablarle más, muchisímo más, pero el estar enferma, y el tener que escribirle con mi letra y no a máquina, la dificultad que tendrá para leerme, me hacen dejar de escribir. He dicho lo suficiente: que espero su obra, que la esperan muchos, que es usted quien ha de poner mano a ella; que el bien traiga todo esto echará lirios en su camino, bajo sus plantas finas. Con admiración y respeto: Gabriela Mistral.»(268) Lamentablemente Iris publicó la carta en la revista Sucesos, lo que produjo una mala impresión, no sólo por la orientación religiosa sino también porque se acusó a la poetisa de adular a las personas de la alta sociedad. A lo que Gabriela respondió: «[…] escribía Iris, escritora espiritualista, de mis mismos pensadores religiosos, no a doña Inés Echeverría, la gran dama, que no me interesa en absoluto en este carácter»(269). Además no todas estas mujeres tenían nobles intenciones, muchas de ellas se interesaban más por figurar que cultivarse intelectualmente y mucho menos, mostraron preocupación por la inmensa mayoría de mujeres parias de nuestro país. Desentendimiento que realmente enfurecía a Gabriela Mistral. Ella parecía concebir una suerte de contradicción vital entre los valores supremos y los valores banales provenientes de lo fastuoso. Su afán de simpleza y austeridad, las acercaba más a la mesura y a la belleza sincera y cruda de la naturaleza. «Cuando usted viva en el campo se reconquistará a sí mismo, y vivirá vida altísima, la vida que se vive cuando se está a solas con su corazón. No tiene el mundo nada mejor que esta exaltación espiritual que dan el arte, la naturaleza, los sentimientos soberanos. Cuando se llega a comprender esta verdad, todo lo demás: sociedad, chiste mundano, faldas empingorotadas de mujeres, se les mira desde el margen del camino, se les ve pasar con una sonrisa fría entre los labios»(270). [96] Este sentimiento de enajenación llevó a Gabriela a ser durante toda su vida consecuente con la sencillez, no sólo de apariencia, también de espíritu. Pero la aversión de la escritora por la concepción burguesa de enfrentar la vida, también se extendía a una serie de otras características propias de la condición, que son acusadas con humor y cariño al referirse, por ejemplo a la uruguaya Juana de Ibarbourou: «Le guardo la más cabal admiración literaria y no hay astilla que le saque a lo que le di en aprecio hace diez años. Pero ella, su persona, me gustan menos, y por una razón que lo va a hacer reír: es muy burguesa, pero muy burguesa. Sería cosa de un año contarles yo lo que llamo burguesa. Vaya no más este anticipo. Demasiado bien criada, incapaz de hacer un disparate, demasiado sagaz para este mundo»(271). Gabriela Mistral se juzgaba como un espíritu nuevo, libre de compromisos formales y ajena a las costumbres sujetas a la obligación. Ella obedecía a sus propias tradiciones, a sus propios compromisos. Es bueno recordar también que la primera década del siglo fue una época turbulenta socialmente producto del clima entre guerras, lo que en Chile provocó una fuerte ansia de transnacionalizar al país, con miras a Europa y Estados Unidos. Fue un tiempo de viajes, de figurar junto a otras mujeres de alta sociedad la que, ya cerca del final de su vida -1951-, hizo caer en cuenta a Gabriela Mistral en reflexión con Eduardo Frei Montalva, por qué en Chile no se asimiló su forma de ser, por qué se le rechazó, por qué no se la sentía como propia: «Hay en Chile, amigo mío, una tal pasión de lujo y mundanidad que me asusta desde hace años […]. Al saludarles me doy cuenta que en mi traza es como la de una cocinera de aldea frente a esas joyas, esas sedas y esos terciopelos[…]. He entendido muy tarde el desprecio que tuvo mi país de mí, mujer mal vestida»(272). Abandono del hogar La mujer burguesa y la mujer liberal que ingresa al ámbito del trabajo son el sinónimo de la «mujer nueva», aquélla que en el siglo XX ha encontrado fuera de la rutina del hogar el mundo -social y laboral- que le había sido prohibido, donde había reinado con poderes absolutos hasta ese entonces el hombre. [97] Con alboroto la mujer comienza a participar codo a codo con el hombre; feliz de saberse «productiva» en un campo donde los alicientes son materiales y mejor vistos por la sociedad. Dos factores que van alimentando su autoestima. Son tiempos entonces de exaltada expectación. Sin embargo nuestra escritora preveía que después de esta excitación primera, vendría la consecuencia de que la mujer al alejarse de las labores hogareñas, abandonara tras de sí también a los hijos: «La participación, cada día más intensa, de las mujeres en las profesiones liberales y en las industriales trae una ventaja: su independencia económica, un bien indiscutible; pero trae también cierto desasimiento del hogar, y, sobre todo, una pérdida lenta del sentido de la maternidad […]. El descenso, imperceptible pero efectivo, que se realiza desde ellos hasta nosotros me parece un triste trueque de firmes diamantes por piedrecitas pintadas, de virtudes máximas por éxitos mundanos; diría más: una traición a la raza, a la cual socavamos en sus cimentos. Puede haber alguna exageración en mi juicio; pero los que saben mirar a los intereses eternos por sobre la maraña de los inmediatos verán que hay algo de esto en la ‘mujer nueva’»(273). Se evidencia otra vez el pensamiento vigía de la escritora. Gabriela Mistral acusa que el espacio natural de desarrollo femenino es el hogar, no el hogar en sí mismo -que no se malentienda a Gabriela- sino la vigilancia amorosa de la niñez. No se puede caer tampoco en el error de creer que ella niega a la mujer las puertas del trabajo; lo que sí le molesta son esas mujeres que no teniendo la necesidad de ganar dinero -e incluso rodeadas de lujos-, se dejan seducir por los grandes salones y buscan reinar como la mejor ‘danzadora de charlestón’ («La escuela nueva en nuestra América»). Son esas mujeres las que conciben al niño por un mandato social del matrimonio, para luego abandonarlo a otros que lo críen, para bien o para mal, dependiendo de la suerte voluble que se da lejos del amparo materno. «Con aquella legión de madres ricas, que han entregado sus niños a todos los extraños para que hagan de ellos lo que les plazca, a la niñera, a la maestra mala, a la calle todopoderosa, con tal de seguir los espectáculos estúpidos de la estación y hacer la ‘gran dama 1950’, con ésa no hay nada que hacer; fue una máquina que, a su pesar, entregó un niño, pero que no muda el niño en hijo»(274). Gabriela antepone a este concepto de ‘mujer nueva’ y ‘mujer burguesa’, el término de mujer «primitiva» o «no emancipada» y el rasgo [98] que diferencia a ambas es el grado de compromiso que presentan ante el cuidado del niño. Si bien muchas mujeres deben mantenerse fuera del hogar para trabajar, lo que a Gabriela -por lo visto y vivido- le consta en carne propia, no se desentienden de su rol fundamental y cargan a los hijos al lugar de trabajo para compartir con ellos, vigilando de reojo sus juegos infantiles mientras cumplen otros menesteres. Esta mujer aunque trabaje sigue siendo la ‘no emancipada’ y levanta en Gabriela un sentimiento de admiración y comprensión total. En cambio la otra, la ‘burguesa’ le despierta el desprecio: «No hay que olvidarse que ésta es la misma madre que suele llevar a la escuela un niño de tres años, haciendo cualquier fraude con la edad para que se lo acepten y la deje en paz. Dicen que la mujer primitiva se diferencia de la civilizada en que aquélla era dos tercios del hijo y uno del padre, y que ésta es dos tercios del padre y uno… de la ciudad que la viste y la calza bien en sus almacenes ilustres»(275). Para Gabriela existe un compromiso maravilloso de no sólo concebir al hijo, sino también de cobijarlo. Pero existen amenazas para ese ciclo ‘sagrado’, porque «Nuestro mundo moderno sigue venerando dos cosas: el dinero y el poder[…]»(276) escribe Gabriela en el libro «Magisterio y Niño». El estilo de Amanda Labarca A propósito del poder, es bueno hacer un paréntesis para describir una situación que marcó a Gabriela Mistral durante sus años de vida en Chile y que luego mencionaría como uno de los pretextos para no querer volver. Durante los años en que Gabriela Mistral ejerció su docencia en Chile, tuvo muchos problemas con funcionarios del Ministerio de Educación, varios de la cúpula masónica y con quien -para ella- estaba detrás de todos estos roces: Amanda Labarca. Amanda Labarca (1886-1975), profesora y escritora, realizó sus estudios de castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Al parecer los problemas entre Amanda Labarca y Gabriela Mistral se inician el año 1912 mientras Gabriela trabaja como profesora de Geografía y Castellano en el Liceo de Los Andes. Así se descubre en los epistolarios de Gabriela: «Vino después una disputa entre los esposos G. M. y yo, porque querían alojarme cuando yo bajaba de [99] Los Andes a Stgo. Yo prefería quedarme en una pensión modesta en calle Nataniel. Por ese tiempo la Magíster masona también, A.[manda] L.[abarca] H.[ubertsone] quiso tomarme bajo su protección. Nada le acepté y desde allí viene su odio eterno y nunca aplacado»(277). Luego vendría lo que la misma Gabriela llamó la ‘batalla’ por el Liceo 6 de Santiago. En la disputa por el cargo, Gabriela como independiente, sufrió las intrigas y conspiraciones de la masonería («Conmigo nadie gana cosa alguna. Y en cambio gana mucho con el apoyo de la masonería-reparte-prebendas»(278)). Gabriela venía de trabajar como Directora del Liceo de Temuco para postular al mismo cargo en el Liceo 6. Pero al parecer ese puesto resultaba bastante apetecible porque de él provinieron varios roces, los que llevaron a la poetisa a aceptar de inmediato la invitación de José Vasconcelos, Ministro de Educación Pública, para participar en la Reforma Educacional de México. La misma Gabriela narra el episodio: «Cuando ocurrió ‘la batalla’ por el Liceo 6, cuando la Masonería salió de sus casillas y su Gran Maestro, mi amigo Guzmán Maturana, me llamó para decirme que me retirase de la lucha porque aquélla, la Masonería, de la cual era el Gran Maestre, había dado ese cargo a Josefina Day, casada -mal-casada- con masón, yo supe qué era ese gran Misterio operante y gobernante. Entonces, apareció en mi vida Torreblanca, masón y Sub-Sec. de Inst. Pública. Nunca entenderé la razón de su protectorado. Hizo mucho, parece; me informaba de la ‘empresa’, de la ‘batalla’ que contuvo cosas inefables, incluyendo amenazas de apedreo, y más, registros de mi archivo de cartas hechos por hombres que entraban cuando yo salía y hurgaban en mi Bibliot., mis archivadores, mi cuarto de dormir, etc.»(279) Aun cuando Gabriela Mistral obtuvo la jefatura del Liceo Nº. 6 las rencillas continuaron. Al parecer era ahora la misma Amanda Labarca quien solicitaba el puesto. Gabriela contó a Eduardo Barrios que se le propuso un traslado a Valparaíso para trabajar en el Liceo Nº. 1 de esa ciudad. Gabriela rechazó el traslado colocando su cargo a disposición del Ministro de Instrucción Pública, de ese entonces, amigo oficial de Amanda Labarca. […] «Yo vi clara una intriga detrás. Creo que existió y que fue de la Amanda. «Callé, pero vi claro que mi situación en Santiago era vidriosa. «Usted sabe cómo llegué al Liceo 6. Me prometí al entrar a la casa no durar sino el tiempo necesario para probar a mis enemigos que podía organizar un liceo, así como había reorganizado dos. Viví un año recibiendo [100] anónimos de insultos y oyendo de tarde en tarde voces escapadas de la campaña. «Me traje en el corazón estas cosas. No sé olvidar y ahora viene a añadirse otra»(280). La «otra» ocurre cuando ya está fuera de Chile. El Presidente de la República, Arturo Alessandri, durante una visita de José Vasconcelos a Chile confidenció que Gabriela Mistral no era la mejor representante de la enseñanza femenina del país pero sí lo era la señora Amanda Labarca, quien la aventajaba en títulos y reconocimiento oficial. «[…] Alessandri declaró a Vasconcelos, cuando yo estaba en México, ‘el error suyo de haberme llevado allá, en vez de la A.L.H.’ Y en el banquete que le dio luego, se la presentó, insistiendo en lo mismo y sentándosela al lado. Al irse, Vasc. le dijo: ‘De éstas, tenemos en Méx. muchas y de más, pero la que me llevé es diferente y rara’. Él me lo contaba riendo…»

«Texto:biblioteca nacional de Chile.Foto:Busto Rosarino.A.D.Palau.

Manuscritos inéditos llegan a Chile

El Mercurio

30.08.07

Inéditos de Gabriela Mistral. 105 cajas con libros, fotografías y recuerdos personales.

Tras un largo viaje por carretera desde South Hadley (Massachusetts), las 105 cajas con manuscritos inéditos, correspondencia, libros, fotografías y recuerdos personales de la escritora chilena Gabriela Mistral, llegaron este miércoles 15 de agosto a la Embajada de Chile en Washington, pocos minutos después de las ocho de la noche. El proceso fue dirigido por el embajador Mariano Fernández, quien previamente había viajado en forma especial a South Hadley a firmar los documentos necesarios para oficializar el traspaso y supervisar el embalaje. El legado fue asegurado en un millón y medio de dólares para ser trasladado a Washington, y según lo informado por el investigador Luis Vargas Saavedra en julio pasado, consta de 100 cajas que contienen 860 documentos con alrededor de 100 poemas no publicados, 500 cartas inéditas y cinco álbumes de cuero con fotos de Mistral, su sobrino Yin Yin y su familia. Sin embargo, el embajador Fernández no descarta que una vez que se realice el análisis del material en la embajada se puedan encontrar más cosas. “Estoy extremadamente contento porque el legado ya está en territorio chileno”, declaró el embajador Fernández, que calificó la llegada como “un gran día” para su país y aseguró que este tipo de devoluciones son inusitadas, pues “los países como el nuestro no suelen recuperar sus patrimonios, más bien lo pierden”. El embajador recibió el material a nombre de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile (Dibam), la Orden Franciscana en Chile y la Biblioteca Nacional de Chile, instituciones beneficiarias directas del legado de la poeta. Tras la conferencia de prensa, se brindó con vino chileno, celebrando la llegada de la Mistral. “Ya está aquí, ella ya está aquí”, se escuchaba en los pasillos. Las cajas con el “tesoro” de la autora de Sonetos de la muerte han sido almacenados en una sala del tercer piso de la sede diplomática, especialmente habilitada para su adecuada conservación, con una estantería especial, una puerta con clave de ingreso, alarma de humo, extintores y sistemas que mantengan una humedad y temperaturas controladas. Este espacio ya se conoce entre el personal de la embajada como “Sala Gabriela Mistral”. El embajador leyó un comunicado ante la prensa en el que agradeció la colaboración de todas las personas que han hecho posible que “Gabriela vuelva a casa”, especialmente a la albacea del legado, Doris Atkinson, sobrina y heredera de Doris Dana, la que fuera asistente y amiga de Mistral, que se hizo cargo de sus pertenencias tras su muerte en 1957. Atkinson no pudo finalmente viajar con los preciados documentos, como era su deseo, pero planea viajar a Chile cuando el legado haya llegado a su destino. Al ser consultado por los obstáculos experimentados en el traspaso, Fernández recalcó que el trabajo conjunto de representantes diplomáticos como el agregado cultural Cristián Campos, el ministro consejero Isauro Torres y el abogado Charles Bruce, fue fundamental en el proceso: “Me refiero a muchos obstáculos en general, porque no había ninguna claridad de parte de Doris Atkinson, como se podía transferir esto, incluso escuchamos opiniones de personas que decían que esto no debería ir a Chile. Por eso agradecí especialmente la labor del abogado estadounidense Charles Bruce”. Según lo que estipuló el documento de traspaso del legado de Mistral, firmado por Doris Atkinson el 11 de mayo pasado, la Orden Franciscana en Chile recibirá los “copyrigths y royalties”, parte de la memorabilia de la poeta, además de una de las tres biblias de cuero de Mistral, el prendedor que usó en su traje para recibir el Nobel y dos crucifijos que se cree fueron de su propiedad. La Biblioteca Nacional de Chile será beneficiaria de los manuscritos originales y otras pertenencias y la Dibam recibirá parte de la memorabilia y los libros de Mistral. Cristián Campos, agregado cultural de la embajada de Chile, explicó que el acceso al archivo estará estrictamente reducido y que el embajador Fernández ya dio indicaciones para tratar la seguridad del legado con “extremo celo”. Según Campos, existe la idea de organizar algunas actividades en la embajada aprovechando la presencia del material en Washington. El sábado 17 el experto Pedro Pablo Zegers llegó a la capital estadounidense para inventariar y catalogar el legado de Gabriela Mistral. El embajador Fernández agregó que la institución diplomática es sólo una custodia del legado y que corresponderá a los beneficiarios decidir si se realiza alguna actividad en Washington con el material, además del análisis ya previsto. Aunque se estima que el legado sería trasladado a Chile a fines de 2008, la fecha exacta será determinada una vez que Zegers comience su trabajo. Fuentes: ABC • El Mercurio

Cartas XXVI

Gabriela Mistral

13.07.07

4 de enero, 1921 Manuel: He recibido dos cartas tuyas, del 31 y del 1. Te agradezco tu recuerdo de la noche de Año Nuevo. Yo te recordaré también, con tristeza, con la tristeza con que piensa en todo ser que se quiere. Yo no siento la alegría que es o debería ser natural al recordar a los míos, es que no los siento míos, Manuel. Soy la mujer en que el sentido de la posesión, así de los objetos, como de las vidas, no existen. Es una de las cosas que me ha dado esta desolación espiritual. Nunca, sentir mío nada, ni siquiera una planta… Piensa un poco en esto, imagina lo que sentirás tú en este caso y te bañará el corazón la tristeza. Lo que me alegra es que vayas mejor de cuerpo y de alma. Yo sé que, aunque no consigas quererme, algún bien espiritual te haré cuando hable contigo, porque con todo tengo menos cansancio que tú, un poco de salud física y una riqueza emocional que da, en momentos, el engaño de la dicha y de la juventud. Yo no voy a Puerto Varas; voy a Concepción por cuatro días y por dos a Coronel, a reunirme con una amiga, Cristina Soro, a quien quiero muchísimo. Quiero los pinares de aquella ciudad, como a una cosa maternal. Me alivia su sombra infinitamente. No hay árbol más humano, más noblemente sereno y que dé la ilusión de pensamiento como éste. Sería dichosa de conocerte bajo uno de ellos, de oírte tendida sobre sus agujitas seca y suaves. Pero sé que, por tu parte no es posible. Te lo insinúo, sin embargo. Me voy el 7. González Martínez es un hombre sencillo y campechano casi en exceso. Me había hecho una caricatura suya: – Es un negrito parlanchín que no calla nunca; nada tiene de sus versos nobles. Rebaja la malevolencia y quédate con algo. Pero gana su cordialidad suma, su deseo de quedar al nivel de una, su corazón. Le pregunté si te conocía. No se quejó de ti; dijo que se sentía mucho no verte aún; pero que conocía a tu niñita y te debía a ti atenciones de saludo, etc., por lo que te estaba obligado. Te pido que vayas a verlo. Por él y por mí vas a ir. Te repito que le sobra sencillez y espontaneidad. Yo lo admiro como tú. ¡Ah, si fueras cierto que eres capaz de quererme con paz! La gratitud me henchiría el corazón, al sentir el “esfuerzo, la voluntad de mudarte por mí”. Hazlo, hazlo, hazlo, Manuel; hazme dichosa así. Hoy me he contado varias canas en la partidura del pelo. Pude conocerte hace seis años; me hallé vieja. Y ahora… He sido loca, Manuel; lo soy más ahora. Me día de hoy: a la Estación a dejar a la amiga de quien te hablo después; una visita al obispo, que me habló de mi mala práctica de no hacer vida social, con lo cual pierde el colegio… Le dije: – Nunca, ni por la situación más encumbra, haré concesiones al mundo. O me admite el pueblo así o me hecha. Yo me iré antes de que me eche. Pregunte S.S. Lo que ha ocurrido con mis antecesoras que hicieron vida de plaza y salones -. También hay en eso un poquito de orgullo, me dijo. No sé cómo se llame; pero sé que es bien para mi alma y todo lo demás no importa, porque yo no guardo sino mi alma. Triste, Manuel, yo me siento cada vez que hablo con un cura, talvez sea soberbia, que soy yo el verdadero cura. Después me he venido a escribirte. Tengo en mi cuarto un conejito dorado que quiero mucho, más que a ti… Deseo que te den la Gobernación, el trabajo brutal, el peor trabajo, hace bien: equilibra, talvez porque mulle la sensibilidad o la embota algo. ¿Por qué no hablas con Aguirre? Es mi único amigo político y lo estimo sobre manera como hombre bueno y como hombre justo. Se lo debo todo. Te tratará como lo que eres; no le sentirás la insolencia de los políticos radicales de baja extracción; te comprenderá en tu alto valer de caballero habla con él. Mis día son mejores que antes, Manuel; una insinuación de dicha, como un perfume diluido, apenas perceptible, de felicidad. Piensa esto y entiéndelo. No Te hice yo esa corrección en los versos. ¿Se te ocurre? Yo no soy capaz de un atrevimiento contra ti como poeta; como hombre sí… hasta podría pegarte. ¿Sabes que soy muy pesada de mano? Me gusta pegar; creo que acaricio y dejo una mancha. Las muchachas que viven conmigo dicen que mis palomas (las manos) son gavilanes… ¿Te he contado que un hombre que me quiso abrazar le di un bofetón y le rompí un tímpano? Si te he contado. Haz, como Maeterlinck, un poco de box antes de verme… Me fui a ver la tarde: Es el único momento espiritual de mi vida; miro morir todas las tardes, tendida en mi cama. Pienso siempre en ti en esta hora apaciguada y dulce. ¿Haz visto en esos Poemas de la Madre cómo he cambiado y me he hecho más? Te hablaré después de lo que quise hacer con esas prosas. ¿Te ha lastimado su crudeza como a otros? ¿Sabes que antes me ofrecieron el Liceo de San Bernardo? Tuve miedo de dos de dos cosas; estar cerca de ti y luchar con ese pueblo, que me han pintado como malo y chismoso. ¿Quieres que me vaya allá? Hoy me llegó carta de Vigil, el que te corrigió el verso. Me llama para Marzo a Buenos Aires. Me duele un poco la cabeza. Ha hecho mucho calor. Te miro largamente y te perdono, voy perdonándote mientras te miro. L.

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