Cátedra Gabriela Mistral

Todavía, Miguel, me valen, como al que fue saqueado, el voleo de tus voces, las saetas de tus pasos y unos cabellos quedados, por lo que reste de tiempo y albee de eternidades. Todavía siento extrañeza de no apartar tus naranjas ni comer tu pan sobrado y de abrir y de cerrar por mano mía tu casa. Me asombra el que, contra el logro de Muerte y de matadores, sigas quedado y erguido, caña o junco no cascado y que, llamado con voz o con silencio, me acudas. Todavía no me vuelven marcha mía, cuerpo mío. Todavía estoy contigo parada y fija en tu trance, detenidos como en puente, sin decidirte tú a seguir, y yo negada a devolverme. Todavía somos el Tiempo, pero probamos ya el sorbo primero, y damos el paso adelantado y medroso. Y una luz llega anticipada de La Mayor que da la mano, y convida, y toma, y lleva. Todavía como en esa mañana de techo herido y de muros humeantes seguirnos, mano a la mano, escarnecidos, robados, y los dos rectos e íntegros. Sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, dueños ya de claridades y de abras inefables o resbalamos un campo que no ataja con linderos ni con el término aflige. Y seguirnos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos, hacia la cita e ignorando que ya somos arribados. Y del silencio perfecto, y de que la carne falta, la llamada aún no se oye ni el Llamador da su rostro. ¡Pero tal vez esto sea ¡ay! amor mío la dádiva del Rostro eterno y sin gestos y del reino sin contorno! (Del libro Lagar)

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