Uruguay: Latinoamérica
27-08-2000
Psicólogos señalan que «el deseo de no ser identificado con una ideología» y la sensación de un «persecutor sin forma ni rostro» deambulan entre los uruguayos víctimas de la represión.
Hace dos meses una mujer se presentó a la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y dijo que fue arrestada junto a su esposo y su hijo en la década de 1970. Ella salió en libertad, su marido no. Su hijo tiene hoy 40 años, pero era un niño cuando sufrió la detención militar y cuando otras personas le informaron que a su padre lo habían asesinado. La mujer nunca pudo hablar con su hijo de aquellos hechos porque él se niega a recordar el doloroso episodio: «Tiene un trauma» contó la mujer a la organización. El cuerpo del hombre detenido nunca apareció y ahora su nombre figura en una de las carpetas que investiga la comisión para la paz.
La negativa a hablar de hechos traumáticos relacionados con la dictadura es una de las típicas reacciones de una persona dañada por la represión militar. No obstante, expertos en salud mental detectaron «marcas» de ese tipo a nivel general en la sociedad uruguaya. Un documento que contiene las conclusiones de un seminario denominado Reflexiones sobre las secuelas de la dictadura cívico militar en la salud mental —en el que participaron psicólogos y psicoanalistas del Servicio de Rehabilitación Social (Sersoc)—, describió «síntomas» de la ciudadanía que revelan afectación biosicosocial como consecuencia del período de facto.
Los técnicos del Sersoc se dedican desde hace 15 años a la atención de personas presas y torturadas durante la dictadura. «Prevenir significa conocer y comprender lo que sucedió para que no vuelva a repetirse. Prevenir los males, los dolores, las secuelas, las violaciones a los derechos humanos, las marcas individuales y colectivas supone la existencia de una vida sana», señala el documento al que accedió El Observador. Añade que «sólo es posible superar» la afección de la ciudadanía «si trabajamos lo que nos duele, si no omitimos que algo nos duele, si no somos indiferentes, si recordamos y socializamos nuestra memoria».
Uno de los «síntomas» que registraron los profesionales es «la pérdida de la capacidad de actuar» que se relaciona con «el deseo de no ser identificados con una ideología o una práctica que cuestione lo establecido, lo cual significa no comprometerse, no exponerse socialmente». Así mismo, existe la «desconfianza hacia los otros (y) la sensación de estar siempre perseguido por un persecutor que no tiene forma ni rostro definido», dice el documento.
Los profesionales observan también «un manejo inadecuado de las relaciones de poder y particularmente del verticalismo, mecanismo perverso del poder».
«La consecuencia es la impotencia, la rabia mal canalizada, la violencia familiar y social, el deterioro de los vínculos, las depresiones. Se impregnó en la sociedad la pasividad ante las diversas formas de impunidad», señala el Sercoc.
Otra de las «marcas» que detectaron los técnicos es la «imposibilidad de utilizar un lenguaje directo para comunicarse» y el uso de eufemismos. Argumentaron que de esta manera «internalizamos la autorrepresión que nos impuso el autoritarismo. Es en definitiva el miedo a la libertad de expresión. Esto a su vez deteriora y empobrece la comunicación y el intercambio social».
Fuente: El Observador
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