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- Título del autor, BBC News Mundo
- Fecha de publicación 6 junio 2026
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Sentado en el estadio, observas hacia la derecha y ves que se acerca con intensidad creciente: está por pasar la ola.
Cuando te alcanza, te levantas y alzas las manos, haciendo el ruido que consideres adecuado. Luego vuelves a sentarte y la ola sigue avanzando.
Esta tradición se repite en diversos estadios deportivos alrededor del mundo.
Hasta ahora, el Récord Guinness señala que la ola más grande se realizó en Bristol, EE.UU., durante un evento de NASCAR en 2008, con 157,574 participantes; mientras que la ola más larga continua duró 17 minutos en un concierto en Japón en 2015.
Este sábado, en el marco de la cuenta regresiva para la Copa Mundial de la FIFA 2026, Ciudad de México intentará batir el récord oficial de la mayor ola humana realizada hasta el momento.
El escenario elegido para lograrlo es un entorno urbano perfecto para crear una ola visible y constante: la icónica avenida Paseo de la Reforma, ese corredor histórico, financiero y cultural inspirado en bulevares de Europa.
La ciudad misma resulta idónea. Precisamente ahí, en el Estadio Azteca, la famosa manifestación de entusiasmo colectivo alcanzó fama mundial hace 40 años.
Desde entonces, muchos la vinculan con México, tanto que en varios países es conocida como «la ola mexicana», a pesar de que su origen no es mexicano.
De México al mundo
Existen diversas versiones, pero generalmente se atribuye la creación de esta coreografía de aficionados al estadounidense George Henderson, conocido como Krazy George.
La primera ola documentada tuvo lugar el 15 de octubre de 1981 en un partido de béisbol entre los Oakland Athletics y los New York Yankees, en California.
«Los Oakland A’s ya habían perdido dos juegos fuera de casa. En la tercera entrada decidí intentar algo nunca visto antes. Dividí el estadio en tres secciones y comencé a explicar mi idea», relató Henderson en varias entrevistas.
Los primeros dos intentos no tuvieron éxito, pero en el tercero la ola recorrió todo el estadio. En el cuarto, logró convertirse en una ola ininterrumpida.
«El ambiente era una locura», señaló el animador.

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Dado que el juego fue transmitido por televisión, esta forma divertida de animar al equipo ganó popularidad y aficionados de otros deportes la adoptaron. Incluso apareció en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984.
Sin embargo, fue en el Mundial de 1986 en México, el primer gran evento transmitido en vivo para una audiencia global masiva, donde la ola alcanzó notoriedad mundial.
Por primera vez, seguidores de otras regiones presenciaron algo que los mexicanos ya habían adoptado y nombrado como «la ola».
Quince años después, ese fenómeno de mareas humanas atrajo la atención de un grupo de científicos en la Academia Húngara de Ciencias en Budapest.
Proyecto peculiar
Al observar a las multitudes realizando la ola en eventos deportivos, tres físicos emprendieron lo que podría parecer un proyecto inusual de verano: tratar de entender cómo miles de personas pueden sincronizarse para crearla espontáneamente.
Finalmente, este estudio se convirtió en la investigación más profunda sobre el tema.
Un miembro del equipo fue Tamás Vicsek, uno de los pioneros en física de sistemas complejos y comportamiento colectivo.
«En un momento de mi carrera me interesó modelar el comportamiento colectivo en situaciones simples», comentó a BBC Mundo.
«Había publicado trabajos relacionados y me fascinaba el concepto de simular multitudes con computadora», incluyendo uno sobre cómo los aplausos pueden transformarse en oleadas sincronizadas, «una impresionante muestra de autoorganización social».
«Con el Mundial de Fútbol 2002 acercándose, parecía natural construir y analizar un modelo de la ola mexicana», explicó Vicsek.
Junto a Illes Farkas y Dirk Helbing, intentaron identificar las reglas que generan la ola.
Como físicos, sabían que partículas que siguen reglas simples pueden originar fenómenos complejos.
Para su artículo, publicado en Nature en 2002, analizaron videos de olas en estadios de fútbol con más de 50,000 espectadores.

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Los resultados fueron notablemente exactos.
Encontraron que la ola humana común se desplaza a aproximadamente 12 metros, o 20 asientos, por segundo.
Además, mientras avanza entre la gente, la ola suele tener una anchura entre 6 y 12 metros, lo que equivale a alrededor de 15 asientos, manteniendo un perfil bastante estable.
Pero el descubrimiento más interesante fue la masa crítica requerida: en estadios grandes, solo entre 25 y 35 personas parándose al mismo tiempo pueden desencadenar la ola.
Es decir, un pequeño grupo de entusiastas puede contagiar a decenas de miles.
El modelo matemático que desarrollaron no era un concepto nuevo.
«Utilizamos una versión modificada de un modelo antiguo, originalmente creado a finales de los 40 para simular las ondas de excitación que recorren el corazón», señala Vicsek.
La diferencia es que en lugar de células cardíacas, el «material excitable» eran personas.
«Lo que más me asombró fue que, aplicando valores realistas a los pocos parámetros libres como el tiempo de reacción o el espacio ocupado por cada persona, obtuvimos un modelo de ola humana con tamaño y velocidad muy similares a los observados en los estadios».
Sin embargo, quedó una pregunta sin resolver relacionada con la dirección de la ola, cuenta el físico a BBC Mundo años después.
«Se especuló que la ola se movía en sentido horario porque la gente respondía más a lo que ocurría a su derecha, dado que la mayoría son diestros y las normas de tránsito. Pero aparecieron casos en contra», apunta Vicsek.
No obstante, los científicos encontraron otra cosa que cualquier aficionado podría haber sospechado: la ola tiende a darse más cuando no sucede gran cosa en el estadio. Esto conduce a una paradoja interesante.
¿Símbolo de pasión o señal de aburrimiento?
La ola es considerada universalmente un emblema de euforia colectiva, una señal de comunidad y alegría compartida.
Como explica Erik Salazar Flores, profesor de Psicología en la UNAM, «al realizar la ola mostramos que no estamos solos».
En ese sentido, es una manifestación física y visible de la identidad colectiva.
Sin embargo, existe una contradicción interna.

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Aunque puede ser una manifestación de apoyo, la ola también puede indicar desinterés de los espectadores o hasta un reclamo para que los jugadores actúen.
Incluso, como comentó a la BBC Chris Hunt, autor de World Cup Stories, puede servir para aprovechar el evento (valga la redundancia).
«Cuando un partido decae y no ocurre nada emocionante, los aficionados ven en la ola una forma de sacar el máximo provecho al dinero pagado por su entrada», explicó.
Si el encuentro está 1-1 en los minutos finales de una final mundialista, probablemente no habrá ola. Pero si es un amistoso con el local ganando 5-0, es más probable que sí.
La ola aparece con mayor frecuencia en momentos de aburrimiento del partido.
Claro que no siempre.
También surge en situaciones de euforia antes del partido, durante el calentamiento o cuando el marcador ya está definido y la celebración se desvincula del juego.
No obstante, resulta revelador que este «fenómeno espontáneo» más famoso en estadios ocurra precisamente cuando la acción en la cancha no logra captar la atención del público.
La psicología de multitudes explica que cuando la atención colectiva carece de foco (como cuando el juego no entretiene), el grupo crea activamente su propio estímulo.
En esas situaciones, la ola no expresa el entusiasmo, sino que lo genera.
¿Sigue en la cresta?

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Cuatro décadas después de consagrarse en México, la ola sigue recorriendo estadios en todos los continentes, aunque su percepción se ha vuelto más compleja.
Tras su auge en los 80, ha ido perdiendo protagonismo y aparece con menor frecuencia en eventos deportivos del siglo XXI.
En algunos deportes, particularmente el béisbol en EE.UU., ha generado debates intensos.
Por ejemplo, en 2014, en el estadio de los Washington Nationals, se lanzó una campaña para eliminar la ola, promoviendo camisetas con el lema #killthewave («mata la ola») y cartas describiéndola como «falta de respeto», «ofensiva» y «una distracción».
En 2019, el entrenador de los Green Bay Packers, Matt LaFleur, pidió a sus seguidores no hacer la ola cuando su equipo estaba en posesión del balón, y el quarterback Aaron Rodgers apoyó la petición, sugiriendo que los fanáticos «eligieran mejor el momento».
La cuestión fundamental sería: ¿se asiste al estadio para ver el partido o para participar en el espectáculo? La ola lleva cuarenta años demostrando que es ambas cosas, a veces simultáneamente.
Más allá del debate, mantiene algo que ningún crítico puede negar: su capacidad para generar momentos de alegría y unión multitudinaria sin necesidad de instrucciones.
Solo hace falta estar presente, observar a los alrededores y dejarse llevar.

